Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

En el abismo

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El Presidente John F. Kennedy, quien conoció de cerca el abismo durante su breve pero icónica presidencia solía repetir una frase, de muchas, que en esta hora cobra sentido: “El cambio es ley de vida. Cualquiera que mire solamente al pasado o al presente, se perderá el futuro”.

Cierto es que Kennedy, en sus tres años en la presidencia de Estados Unidos, enfrentó su liderazgo sereno, tranquilo en las horas, quizás más peligrosamente oscuras de la Humanidad, como la crisis de los misiles cubanos en 1962, que puso al mundo en una escalada de tensión que solo la fineza de la negociación, los riesgos, las concesiones, la profundidad que deja de lado frivolidades accesorias, y los pragmatismos, pudieron poner a prueba en la tensión máxima la continuidad de la especie y el momento final de la guerra nuclear.

El abismo, siempre ha llamado la atención del hombre, es parte de nuestra alma. Ese momento donde jugamos el todo o nada –o al menos eso creemos-. Cuando miras al abismo, la profundidad del abismo mira hacia ti.

En política hay momentos donde el abismo se produce en el descalabro, en la caída, en un despeñadero en que el poder, que tiende a repeler el vacío llena rápidamente.

Por el contrario, casos de éxito, hay muchos, uno de mis favoritos, el momento de tensión máxima en el Congreso de los Diputados de España donde la tarde el 23 de febrero de 1981, se jugó la democracia española. La imagen grabada de parlamentarios bajo sus escaños protegiendo sus vidas –más no sus dignidades- bajo la amenaza de las balas del coronel Tejero, en un momento dramático donde España y su democracia se jugaban el todo o nada, volver al franquismo edulcorado o avanzar a ser la sociedad moderna y democrática que se logró construir a partir de 1977 y la Constitución Española de 1978.

Esa noche, la imagen del Presidente del Gobierno, Adolfo Suarez, apoyado contra el respaldo, con un dejo de entrega sin temor a nada, demostró la dignidad del talante del cual está construido un líder indiscutido, de la entonces democracia naciente. Con él, Santiago Carrillo, líder del PCE, quien esa tarde también quedó sentado con resignación y lleno del momento histórico comenzó una larga conversación secreta con Suarez. El resultado la capacidad de construir una democracia virtuosa que modernizaría España y la llevaría a dejar de ser la vieja y atrasada provincia. África parte en los pirineos era el viejo y odioso dicho francés, que dejó de ser el límite entre el desarrollo y la pobreza y el atraso de la España franquista.

Suarez y Carrillo apostaron todo con generosidad y desprendimiento, y lo más interesante en sus proyectos, en pos de salvar a España del abismo, sacrificaron –no sin dolor ambos- sus carreras políticas. Suarez terminó confinado por su propio grupo parlamentario a la caída y nunca pudo recuperar el poder habiendo siendo maltratado por el Rey incluso públicamente. Por su parte, Carrillo, hombre de visión extraordinaria, sacrificó con el concepto del eurocomunismo y el desmarque de Moscú el fin de su larga carrera política. Ambos se retiraron al silencio, y el caso de Suarez a una larga enfermedad que lo hizo, incluso, olvidar su rol en la historia.

Un tercer caso en que el líder se encuentra con el abismo es el de Nelson Mandela. Mandela quien había sido encarcelado durante 27 años, en las formas más inhumanas y degradantes, se convirtió en el líder mundial conocido, cuando recuerda a fines de los ochenta, es sacado de la prisión para ser operado.

En el silencio de una pieza de hospital, convaleciendo de su dolencia, solo y sin la cercanía de sus compañeros, Mandela otea los destinos del mundo, la Perostroika y la Glasnost terminaban la hegemonía de Moscú, venía el fin de una era. Jugando todas sus cartas, escribió secretamente al ministro de Justicia de la época, e inició un diálogo indirecto y después directo con Freederik De Klerk, el primer ministro blanco del apartheid. Lo más notable del episodio, es que Mandela reconoce haber tomado el riesgo sin haber preguntado a sus adherentes y sus compañeros presos. Calculó, meditó, corrió riesgos y atravesó el abismo. Si esto se acababa y se sabía, su larga, indiscutida y sacrificada carrera pública estaba acabada frente a la ANC su partido y los demás líderes encarcelados como él. Tomó riesgos, tendió puentes, demostró que mover las fronteras de lo posible se puede. Incluso anecdóticamente improvisó una excusa en caso que su gente se enterase. El pobre viejo, después de tantos años estaría mal de la cabeza al iniciar conversaciones contra las consideraciones los más exaltados e intransigentes miembros de su colectividad.

Cito estos casos del abismo, pues, creo como nunca estamos en el borde del mismo.

La explosión social, el quiebre de una era, el fin de una etapa que comienza, poco a poco, a demostrar sus profundas desigualdades, la incapacidad del modelo de gobierno, las violaciones graves a los derechos humanos y la violencia son el caldo final en que Chile se debate en estas horas difíciles y trascendentales respecto de la sociedad a la que aspiramos ser.

Solo algunas consideraciones. El abismo permite observar el talante de los líderes, esos que en silencio y sin estridencias saben mantener cabezas frías, desafiar convenciones, tender puentes, cruzarlos y ser capaces de ofrecer incluso más de aquello que no querían dar. En efecto, el liderazgo que concede ante el abismo, no se humilla, explora, reconoce en otro, dos principios esenciales para todo debate. El primero nadie tiene una verdad, sino que la verdad de uno es reconocer la práctica de la mesura y la sensatez, de reconocer en el otro parte de su verdad, aceptarla y trabajar para acercar los puntos del desencuentro. El segundo acepta su cesión y entiende que es necesaria para avanzar. Ceder no es retroceder, es por el contrario, avanzar, mover los muros de lo posible.

Pero las dificultades, las crisis profundas son capaces de hacer observar la total falta de empatía, la estridencia, el comportamiento fuera de lugar de líderes que –lejos de serlo- apuestan a la estridencia de la irresponsabilidad. Otro poderoso momento del mal liderazgo en tiempos de crisis es la desconexión, la incapacidad de escuchar, dejarse ayudar, provocar, hacer bravatas, demorar las soluciones y sobre todo practicar la irresponsabilidad inexcusable a la dignidad que ostenta un liderazgo, que además en horas difíciles se permite ejercerlo con liviandad y cierta frivolidad que es demostración de su crisis y confusión total.

Lo anterior, como supondrán del párrafo anterior, tendrá para largo, tenemos un Presidente paralogizado, enojado y frustrado con lo que él cree es una desconsideración del pueblo, esa rabia y frustración lo acompañarán, espero equivocarme y que así no sea. La incapacidad total del Presidente Sebastián Piñera de anticiparse, ir más rápido inició la crisis con la mecha que encendió todo un polvorín ocupado hace años por humillaciones y miserias. Las señales estaban ahí. Lo inaceptable ha sido la abulia, lenidad, lentitud, incapacidad y frivolidad, con que, con cierta soberbia, aún personeros de Gobierno –afortunadamente cada vez menos- siguen demostrando una suerte de altanería como si éste no demostrase, con todo lo ocurrido, ostentar la crisis más brutal de violencia desde el retorno a la democracia. La lentitud para abordar la crisis, para realizar cambios, adoptar medidas a tiempo y sobre todo ofrecer una salida política que en un diseño constitucional corresponde al Presidente de la República, y conducir en el dialogo, se ha visto por la imposibilidad, afectada por la pérdida de la realidad e incluso la retórica de la guerra. Cada conferencia del Presidente se ha convertido en un festival de lugares comunes, cada intento de conversación una fotografía de personajes que están lejos de ser representativos de las demandas de la ciudadanía.

Lo mismo, más que nunca se hace necesario, abordar una agenda social robusta, con inversión pública focalizada, con gasto público eficiente, con la capacidad de ejecutar el gasto ha sido una serie de medidas con cuenta gotas que se diluyen en el ruido de la calle.

Pero no todo está perdido. Liderazgos como los demostrados por el ministro de Hacienda, Ignacio Briones, los senadores Ricardo Lagos Weber y Carlos Montes, además de los que comenzarán a mostrar en las próximas horas en los acuerdos, Mario Desbordes, Felipe Harboe, entre otros, han demostrado sentido republicano y pragmatismo.

En menos de una semana se resolvieron acuerdos en materia tributaria (de manera desideologizada y pragmática a las necesidades) y en el Presupuesto de la Nación que considera un aumento sostenido y muy importante al gasto social que incluso recurre a los fondos soberanos de Chile en el exterior.

Aún queda mucho por avanzar. Sobre la Constitución y el liderazgo en el abismo un par de notas adicionales:

En primer lugar quien pretenda imponer su verdad en una discusión constitucional no comprende el sentido y alcance de la discusión fundamental que se pretenden dar. Si la izquierda y la derecha de la estridencia y la intolerancia, presunta voz de la calle más radicalizada –y no de la gran mayoría que protesta pacíficamente- pretenden imponer sus verdades únicas y rebeladas, estaremos repitiendo el sino trágico de nuestra historia, recurrir a nuestra mala tradición constitucional de una Constitución sin ser interprete de la mayoría, que será comprendida no como un pacto común, sino como la imposición brutal de vencedores sobre vencidos, algo que llevan de manera indeleble las Constituciones de nuestra tradición constitucional de 1833, 1925 y 1980.

No vayamos a cometer el error que el fascismo de derechas nos lleve a transitar desde la Comisión de Estudios de la Nueva Constitución (Comisión Ortúzar) a nuevos espacios donde solo participan los que tienen “verdades reveladas” que plantea el fascismo de izquierda.

Los maximalismos, las declaraciones grandilocuentes, las palabras vacías y sobre todo los gestos de frivolidad, deben deponerse en horas de dificultad, todos debemos ser capaces que lo que nos jugamos aquí es mucho más que el Gobierno del Presidente Piñera o lo que venga después, nos jugamos ni más, pero tampoco menos, que la defensa de las libertades públicas, el destino de la República y sobre todo la institucionalidad democrática, por ello, es tiempo que todos revisemos el rol que nos tocará desde nuestras conversaciones y espacios a contribuir.

La historia nos juzgará. El futuro nos impone la necesidad de demostrar que es posible dialogar, nos obliga a ceder, a reconocer los trozos de verdad del otro, de observar sus miedos y empatizar. ¿No es acaso esto, para lo que tantos, han dado tanto?

Tres puntos finales.

Por una parte una observación atenta a los liderazgos políticos y sociales en esta hora compleja, difícil y dura, será una vara para medir quien estuvo o no a la altura de la crisis. Gobernar en tiempos de calma es simple, no perder la cabeza en tiempos de gritos es difícil, eso debe erigirse como cartabón para votar conscientemente en las próximas elecciones, para revalorar la importancia de la política y la capacidad, talento y preparación de quienes no llegan allí por casualidad, sino por el mandato de cada uno de quienes ejercemos el voto.

En segundo lugar, la paz como una necesidad, Chile requiere volver a ponerse a trabajar, volver a su normalidad a retomar sus actividades, a nadie le hace bien este nivel de incerteza, desde lo emocional, lo familiar y las certezas que requerimos todos,  pero también moderar toda sobre expectativa sobre la Constitución. Soy el primer convencido, hace muchos años, cuando hice del derecho constitucional una de mis actividades principales, que el cambio de la Constitución es un tema de legitimidad y reconciliación con nuestra historia, que nos lo debemos, pero tampoco atribuyamos como decía Diego Portales, artífice de la Constitución de 1833 que la norma haga la virtud.

Por último un punto aparte, pero no por último menos relevante. Las violaciones flagrantes a los derechos humanos constatadas en estos días deben terminar en todas sus formas. El nunca más no puede tener paréntesis o puntos suspensivos, y este Gobierno ha violado de manera flagrante los derechos humanos por medio de la represión policial brutal, hecho reconocido no solo por organismos no gubernamentales chilenos y extranjeros, sino por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y lo que es más increíble dado como verdad cierta y pública, por el propio Ministro de Salud del Gobierno. Fue éste quien dispuso el uso indiscriminado de la fuerza. Mutilaciones que han llevado a la ceguera a cientos de personas han violentado la consciencia de miles, torturas, vejaciones sexuales, abusos han demostrado que lo peor de nosotros sigue allí.

Es tiempo de parar, de escuchar el clamor de la inmensa mayoría silenciosa que ha querido estar presente en silencio diciendo con tranquilidad, aquí estamos para construir el país y la sociedad que vivirán nuestros hijos y nietos.

Termino éstas palabras con un verso del poeta chileno Oscar Hahn, que ilumina la hora del presente frente al abismo, que sea esta, la fuerza que nos dirija a la sensatez, al dialogo, a la paz y la razón:

No tienen ojos pero pueden ver

eso que solamente pueden ver los muertos

No tienen oídos, pero atentos oyen

la música sin fin del universo.

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