Patricio Hidalgo

Patricio Hidalgo

Abogado, profesor de Derecho y escritor. Ha publicado «Idealista sin ilusiones. Conversaciones con José Zalaquett» (2017, Lolita editores y 2020, editorial La Pollera, junto a Constanza Toro) “Besala como sabés” (2015, Editorial Llanto de Mudo, Córdoba, Argentina, junto a Agustín Lucas), “Soy de la Unión” (2013, Lolita editores), el “Diccionario ilustrado del fútbol” (2011, Lolita editores, junto a Francisco Mouat e Ilustraciones de Guillo).  “Acto de fe. Testimonios de la vida de Gerardo Whelan en Chile” (2010, Publicaciones de la Congregación de Santa Cruz) y “Give me a Break. Conversaciones con Diego Maquieira” (2008, Editorial Universitaria, junto a Daniel Hopenhayn)

En honor al Poeta Cohete

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Un día como hoy, hace 100 años, murió José Domingo Gómez Rojas. Las siguientes palabras sirvieron para presentar el libro “Subversivos” de Nicolás Vidal, pero también para traerlo al presente.

Recuerdo con detalle la clase de Historia en la que me contaron que Federico García Lorca había sido asesinado. En cuanto el profesor dijo, con cierto tono solemne que reservaba para las grandes ocasiones, “entre Viznar y Alfacar”, levanté la mano para puntualizar que eso era parte del ramo de Castellano, en consecuencia no podía ser “materia” de su clase, ni menos entrar en un eventual “examen”. Don Fernando Marín, cuya amistad me distingue hasta el día de hoy, solo atinó a recordarme mis apellidos españoles, algo sobre historia y poesía y sobre todo me auguró un enorme futuro en alguna facultad de Derecho de este país.

Había poetas que no distinguían entre un ramo y otro, eso estaba claro. Escritores que se resistían a la imagen del varón sentimental infatuado, con una boina calada, con una pluma en ristre, esperando el canto de las musas. Ciudadanos que querían cambiar el mundo y tenían prisa, y que seguramente escribían apurados entre mitin y mitin, en alguna libreta borroneada, sintiendo humo de barricadas. Me pasé de la imagen de la casa de Neruda en Isla Negra, que mis papás me llevaban a visitar todos los veranos y que cada año estaba más ordenada que el anterior, a la vida peligrosa de la calle, que al parecer reservaba materiales poéticos que no cabían en los libros. A propósito de esto, y adelantando la tarea. En el verano de 1914 José Domingo Gómez Rojas tomó unas pilchas de ropa y partió caminando, junto a un par de amigos anarquistas, hacia Buenos Aires, para conocer al poeta argentino Alberto Ghiraldo. Atravesó la cordillera a pie, pero sólo pudo llegar a Mendoza. Ni siquiera había cumplido los dieciocho años, pero se quedó dos meses allá. Pero nos estamos adelantando.

Desde entonces, nunca dejé de coleccionar historias de escritores asesinados por los regímenes oficialistas de turno. A Rodolfo Walsh llegué por una canción de Andrés Calamaro, en el caso de Roque Dalton fue una frase de un tío en una sobremesa y con Pier Paolo Pasolini hizo su trabajo la semana santa sin TV Cable. No había Wikipedia y a José Domingo Gómez Rojas lo conocí recién en mi primer año de universidad.

Si me preguntaran por qué José Domingo Gómez Rojas no es un héroe de la patria, por qué no está a la altura de los más grandes, apenas podría balbucear una respuesta. Poeta, anarquista, encerrado y muerto por el Estado chileno a los 24 años. Fue víctima del fascismo, el nacionalismo y la mentira, esa trifecta ese que hoy vuelve a asomar. A lo mejor en algunos años se empiecen a hacer poleras con su cara o se ponga su nombre sobre el edificio de la Telefónica. Por ahora, nuestra tarea es divulgar el libro de Nicolás Vidal.

Tengo fuertes discrepancias con el discurso meritócrata como competencia de sufrimientos, pero en un contexto en que eso que llaman “ganarle a la vida” es un valor absoluto, la historia del Poeta Cohete es inigualable. Su padre se fue al poco de que nació, por lo que vivió toda su infancia con su madre analfabeta y sus dos hermanos. Desde ahí, en un par de décadas consiguió no solo estudiar Derecho en la Universidad de Chile y Castellano en el Pedagógico, sino que al mismo tiempo trabajaba como oficial dactilógrafo en la Municipalidad de Santiago y además daba clases gratuitas en el Liceo Nocturno Federico Hansen. También era un activo miembro de la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional y de la Federación de Estudiantes, además de ser parte del vigésimo cuarto Consejo de la Federación Obrera de Chile. Incluso, dentro de esta vorágine, conseguía darse el tiempo de estudiar derecho en francés sólo para aprender el idioma. ¿Cómo llegó en 24 años a protagonizar uno de los funerales más multitudinarios que recuerde nuestra historia? Dos compañeros de ruta ofrecen buenas explicaciones. Dice Manuel Rojas: “Sus conocimientos literarios eran muy superiores a los míos y me dio consejos, que me parece no haber aprovechado, animándome a seguir un camino que a él le fue cortado en plena repechada”. Añade González Vera “Aunque estaba a cinco metros de distancia del sitio que yo ocupaba lo sentí tan lejos, tan inaccesible, como si hablara desde una colina y yo me hallara en la llanura. Espiritualmente, era verdad”. Parece mentira que un chico en ese lugar y a esa edad leyera y entendiera a Nietzche.  Pero no solo eso. Podía declamar sus versos o dar discursos de dos horas: siempre había una multitud congregada a su alrededor. Durante la visita de la feminista española Belén de Sárraga, leyó dos de sus poemas desde los balcones del Hotel Oddo, siendo vitoreado por el público.

Sospecho que si la FECH quiere volver a ser protagonista, debe mirar hacia atrás antes que hacia adelante. No es el gesto natural del cuerpo, ni menos es el gesto natural del estudiante. Todos sentimos el vértigo de escapar hacia lo desconocido, en línea recta. El ejercicio que propone Nicolás Vidal es el opuesto. Hacia abajo y hacia adentro. La educación como un derecho está en las escuelas nocturnas en las que hizo clases nuestro héroe. La mejor noción de igualdad imaginable estaba en el Café Los Inmortales, en Matta con San Diego, en donde intelectuales, anarquistas, poetas y zapateros compartían mesa y conocimiento. Allí es donde el rol del intelectual o del artista en la política se empieza a dar de un modo espontáneo y profundo, formando una estrecha vinculación que en Chile solo crece hasta 1973. ¿Será la historia de Gómez Rojas parte de aquellos cofres que no quisimos abrir durante la transición? No tengo la menor idea.

Pero este libro no es solo una biografía de Gómez Rojas. Nicolás Vidal da vida a personajes entrañables, como Esperanza, pero también revive a algunos oscuros pero no menos apasionantes, como el juez José Astorquiza. Sobre este último, sostengo que las funas nacen ahí, en su vida, y que sus deudas y líos matrimoniales no lo hacen digno de lástima pero sí del mayor interés por los sinsentidos y paradojas de la aventura humana. Sobre Esperanza, contarles que bien pudo llamarse Libertad, si es que se trata de mostrar el valor que homenajea en cada decisión que toma. Leyéndola uno recuerda la libertad que reside en los libros, pero también en el cuerpo. Conociéndola a ella uno acompaña en la rabia a Antonio, cuando le dicen “cada uno elige su propio camino, Antonio. Eso también es Libertad” y él atina a responder “nadie me preguntó si quería vivir de esta forma”. El autor también describe escenas de acción, como la destrucción de la FECH, de un modo que en el que uno puede sentir la pólvora y condolerse por la quema de incunables. Lo hace a uno indignarse con la mentira de ese modo al que no debemos renunciar cada vez que abrimos una red social, por más estéril que parezca el esfuerzo. Nos advierte sobre el nacionalismo y sus riesgos evidentes. Nos presenta una galería de secundarios admirables que escapan de la mera biografía para presentarse en tiempo presente, en acción, imprimiendo diarios o animando tertulias. Nos muestra la influencia de la iglesia católica en las vidas cotidianas con una cantidad de luces y sombras que hasta antes de leerlo pensaba reservada para los últimos 50 años de nuestra historia. Sin ceder a perfiles melodramáticos, muestra la brutal pobreza de nuestro país, más allá de los siempre generosos números de los economistas, allí donde el frío y el hambre son una posibilidad que se juega con la arbitrariedad de una moneda cayendo al piso.

Nicolás Vidal recrea el pasado siendo abogado, desde la clase de castellano pero apuntando a la de historia. Vuelvo al párrafo inicial, no solo por el ego del expositor que se solaza con la ilusión de la redondez, sino porque la trayectoria literaria de Vidal así lo amerita. En su anterior libro, Cambio de juego, incluso visita el ramo de educación física, para contarnos cuánto de poesía e historia hay en una cancha de fútbol y sus alrededores. Ahí está el equipo amateur del Frente Patriótico, la veta pelotera de Alberto Bachelet, la verdadera importancia de nuestro querido Palestino tinotino, la respuesta a por qué Arturo Fernández Vial es un equipo que siempre tenemos que mirar con simpatía, el motivo de la calvicie de Carlos Gustavo de Luca y cómo es que la mítica Villa San Luis tiene que ver, de algún modo extraño, con que la U siga sin tener Estadio. (Perdón querido Nico, no puedo evitar decirlo, ni menos luego del 3 a 1 que le propinó Unión Española hace menos de 48 horas)             Me entretengo con un chiste sin sentido y pierdo el necesario sentido de circunferencia de toda buena presentación. Vuelvo entonces al párrafo del inicio para recordar las palabras que Pablo Neruda le dedicó a nuestro poeta cohete en su muerte en el libro Confieso que he vivido: “La repercusión de este crimen, dentro de las circunstancias nacionales de un pequeño país, fue tan profunda y vasta como habría de ser el asesinato en Granada de Federico García Lorca”.

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