Laura Gallardo

Laura Gallardo

Laura es de la U: su *alma mater* es la U y es, orgullosamente, profe de la Escuela de Ingeniería y Ciencias. También y, a pesar de todo, es de la U desde mucho antes que las S.A, más bien desde los pretéritos clásicos universitarios. Científicamente le ocupan los impactos humanos sobre el Sistema Climático y los cambios paradigmáticos por los que debe atravesar el mundo y la ciencia. Esto último viene de su otra influencia: la U de Estocolmo donde se formó como investigadora.

En la crisis ¡Vamos por las rosquillas!

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Como ya se ha dicho tanto, el modelo capitalista y neoliberal ha impregnado todo, incluso la manera de pensar del “progresismo”. [Digresión: ¡Pero si hasta la denominación es como una manifestación de la “alianza para el progreso” que en su tiempo inventó Kennedy! (No Jackie…Johnny)]. Y así, quedamos convencidos de la bondad del PIB y de la necesidad imperiosa de hacer crecer al sacrosanto PIB. Y así, la tragedia de la pandemia no son la gente que se enferma o se muere, o siquiera los aprietos para parar la olla de buena parte de l@s ciudadan@s, sino que la gran tragedia es la caída del PIB. Y si el Ministro de Hacienda vende un par de bonos soberanos se cae el mundo porque cae el PIB. Y como la “people” está encerrada en su casa, típicamente NO sin hacer nada, el PIB cae.  Y si la otra “people” arriesga el pellejo por ir a trabajar a una empresa tabacalera (¡pésimo para la salud!), eso resulta ser una industria de primera necesidad porque, igual que los choques o los terremotos, esas cosas terminan haciendo crecer el PIB… y eso es bueno, dicen. ¿Será cierto? Posiblemente. ¿Será cuerdo? No creo. 

Afortunadamente, entre los endiosados macroeconomistas, empiezan a aparecer voces que cuestionan los axiomas o más bien los dogmas de fe. Resulta que un planeta finito no aguanta un crecimiento del PIB infinito. Ni siquiera si se le agrega un anexo por dióxido de carbono o un motor de hidrógeno. Por otro lado, es evidente que, así como están las cosas, lo que tenemos hoy no satisface las necesidades básicas de agua, comida, techo, educación, salud, etc., etc., etc., de la mayor parte de la humanidad. ¡Y eso que el PIB mundial nunca ha sido tan alto como en estos tiempos, décimas más o menos por “sorpresa pandémica”! 

Y aquí surge la idea de la rosquilla. Una economista poco ortodoxa llamada Kate Raworth, [Digresión: ¡qué buen nombre para una economista!] quien después de estudiar en la vetusta Oxford, se dio una vuelta larga por eso que llaman “development work” (de los pobres del mundo), el trabajo internacional y una organización no gubernamental. Parece que las altas matemáticas de la optimización multidimensional del PIB no eran lo que soñaba hacer. Quizás soñaba con eso de “cómo satisfacer las necesidades de la sociedad humana…”, como hasta el mismísimo Adam Smith decía [Digresión: el pecado de Smith no es la mano invisible, sino que haber tratado de darle a la economía, algo muy volitivo y opinable, un toque “racional”, como la mecánica de Newton…En fin, eran los tiempos]. Ciertamente, ni la economista inglesa ni las otras economistas –sí, ellas, de gametos grandes– ni Adams, se imaginaron esto de reducir la economía a cómo hacer crecer un indicador inventado en tiempos de la “alianza para el progreso”. ¡Si hasta Adams debe haber sabido que la máquina de movimiento perpetuo no existe! ¿Y qué propone la economista inglesa?: pensar que el espacio de la economía es como una rosquilla (doughnut en gringo), una donde por un lado se satisfacen las necesidades humanas (¡hasta el soberano derecho a soñar!) y, por otro lado, se respetan los límites planetarios. ¡Vamos por las rosquillas!

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