Claudia Sarmiento

Claudia Sarmiento

Abogada. Licenciada en Derecho por la Universidad de Chile y LL.M. en teoría legal por la New York University. Fue investigadora del Centro de Derechos Humanos y Editora del Anuario de Derechos Humanos de la Universidad de Chile. Jefa del Departamento de Reformas Legales del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género y asesora del Ministerio Secretaría General de la Presidencia durante el segundo Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet. Colaboradora de los Programas de Género y Constitucional del Instituto Igualdad, e integrante del Directorio de la Asociación por las Libertades Públicas. Socia del estudio de abogados Sarmiento & Walker y Profesora de Derecho Constitucional de la Universidad Alberto Hurtado.

En llamas

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Me gusta mirar el fuego tanto como le gusta al resto del común de los mortales. Ver arder algo, cualquier cosa, es fascinante. Los colores, los sonidos y la danza que se genera entre las llamas que abrazan y consumen todo a su paso. Pero, así como me gusta mirar el fuego, tengo certeza de que este placer debe ser controlado y que, tras esta hipnótica imagen, debe primar la contención del devastador poder que tiene el fuego.

Podría quedarme mirando como Santiago arde y abrazar la locura que supone la protesta social pura, dura y desbordada. Y, realmente podría hacerlo. Siento, al igual que muchos, que vivimos en un mundo injusto, un país donde la desigualdad cala tan profundo en nosotros que no vemos personas, vemos a un flaite, a un cuico, a un maricón, a un negro o a un indigente. Un Chile que es ciego al dolor que emana de la pobreza y que se sienta a esperar que las cosas se reparen solas. Una clase política que, incapaz de articularse en proyectos de largo plazo, solo es tributaria de sus propios intereses y no genera ni busca grandes acuerdos sociales. Entonces, si, podría sentarme a ver como todo arde, porque entiendo la rabia que este sistema cultiva. Pero no creo que esto valga de nada.

Me angustia qué pasará con quienes están ahora en el metro de Santiago, llamando a evadir los pasajes. Me asusta la respuesta de inusitada violencia que vemos de parte de as autoridades. Me aterra la idea de que un trabajador del metro sea golpeado por un enajenado. Sufro por las vidas que se perderán y las familias que extrañarán a sus hijos. Por que no soy ciega y el pasado nos recuerda, una y otra vez, que los costos de la locura recaen siempre en los mismos; en los marginados, en los excluidos, en aquellos cuyas bajas para la hegemonía no serán sino una anécdota.

Y entonces no: el sistema es injusto, eso me indigna y debemos hacer algo. Es, un descriterio y una miopía absoluta de la clase política el no haber anticipado que un alza significativa en los pasajes sería la semilla de la cual brotaría la revuelta. Mala y previsiblemente nefasta es la posibilidad de aplicar la ley de seguridad interior del Estado y militarizar Santiago. ¿Pero quién gana con toda esta violencia? Sin lugar a dudas no son los pensionados que, con dificultad, costean sus vidas, ni las personas que mantienen a sus familias con un sueldo mínimo que les garantiza una pobreza asalariada. Ganarán los liderazgos brutales, esos que se gestan en el barro del populismo y que nos dirán a quién odiar y como reprimirlo.

Ojalá, más temprano que tarde, prime la sensatez y que el diálogo y el pragmatismo apaguen el primitivo deseo de ver como todo arde.

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