Pablo Gutierrez

Pablo Gutierrez

Abogado con estudios en Derecho Constitucional y Derecho Regulatorio Ambiental, con una vasta experiencia nacional e internacional en reformas institucionales y cambios regulatorios en diversos sectores del Estado.

En un mundo de riesgos

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Durante muchas semanas y, probablemente meses, estaremos reflexionado sobre las “lecciones” que debemos aprender como sociedad sobre el impacto y efectos del COVID-19. Páginas y páginas referirán al “que hacer”, desde las apocalíptica-religiosas hasta a las revolucionarias, buscando mostrarnos el camino hacia un futuro más seguro, donde reine la felicidad y bondad humana.

En este mismo contexto, no pocos verán la muestra empírica de los errores del adversario, por un lado, aquellos que sostienen que el perverso modelo neoliberal destruye lenta y constantemente a la humanidad y, por el otro, como los injertos sobre un modelo perfectamente concebido, nos ha llevado a esta mortal situación de desesperanza.

Para quienes poco creemos en modelos, salvo que son una fotografía de un rollo de película antigua, nos parece más útil bajar la reflexión a una cuestión más elemental, que las ontológicas y oportunistas reflexiones del día a día.

Si utilizáramos el antiquísimo sistema de las preguntas que nos encaminan hacia la verdad, podríamos partir con un simple cuestionamiento ¿Es tolerable un modelo de país que no tiene la mínima capacidad productiva de generar mascarillas y ventiladores mecánicos? O siendo más generosos ¿qué no tiene capacidad de respuestas productiva ante necesidades tan imperiosas y urgentes? No quiero mirar el vaso medio vacío, dado que, hemos tenido capacidad de respuesta oportuna y sostenida a otras necesidades, como el abastecimiento alimenticio, energético y sanitario, pero parece central mirar con atención nuestras debilidades.

A estas alturas, releer el ensayo noventero de Anthony Guidenns “Un mundo desbocado” que, con una sincera sorpresa, nos detalla el futuro donde lo que gobierna es el riesgo, enternece la inocencia con que el autor se maravillaba por esta característica disruptiva de la humanidad. El riesgo es y será un factor central a considerar al momento de diseñar una estrategia de desarrollo, desde los negocios del mundo privado hasta las políticas públicas en los Estados, dado que, desde la primera Revolución Industrial, hemos construido un mundo artificial sobre nuestro entorno natural, cada vez más grande y avasallador…literalmente: desbocado.

Por tanto, entendiendo que el riesgo forma parte central de nuestra existencia, resulta difícil entender como algunas macro-decisiones, desde las grandes empresas al Estado, pueden aminorar la genética y multifactorialidad de esta condición perenne del desarrollo humano. La inocencia, improvisación o pánico, no son conductas admisibles en la presente realidad de nuestras comunidades, dado que, cualquiera de ella genera efectos nefastos en el tiempo.

Bajo este razonamiento, surge nuevamente la pregunta ¿Es razonable que un país no pueda responder con todos los requerimientos básicos de su población ante una situación como la actual? Y nuevamente surge la negativa: no, no es tolerable.

Dicho lo anterior, debemos realizar un inventario breve de los mínimos que debe contar una comunidad nacional para estar en un estándar razonable de respuesta. Primero, en materia de independencia energética, recién hemos ido avanzando en el cambio de matriz, pero muchas de nuestras actividades vitales dependen del petróleo y, en menor medida, del gas, que nos provee el exterior. Segundo, en materia de independencia alimenticia, Chile parece contar con condiciones razonables y una agroindustria desarrollada cuando se trata de cubrir su mercado interno. Tercero, los insumos básicos derivados de la tecnología parece ser el lado más flaco, al límite de escuálido y devela nuestra verdadera naturaleza de país extractivo. 

En resumen, puestos en la encrucijada existencial, nuevamente nuestras pobres capacidades científicas y tecnológicas, no por falta de mentes entrenadas, nos muestran a Chile expuesto a riesgos capaces de dañarnos en lo más caro de toda sociedad: la vida. En este sentido, la creación de un Ministerio, otro de la demasiado extensa lista de servicios públicos, parece ser una anticuada y napoleónica respuesta a los dinámicos desafíos que se nos imponen. Una gestión integrada de los esfuerzos estatales, sin necesidad de más burocracia, donde las becas doctorales, Universidades, estrategias integradoras y recursos del Estado, podrían generar respuestas a capaces de enfrentar este y otros riesgos que aún no somos capaces de imaginar, pero que nos jugaremos el presente y futuro. Si cree que esto no es así… ¿Quién podía anticipar hace seis meses atrás que, un mundo activo y lleno de vida, estaría globalmente paralizado contra su voluntad? 

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