Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Encender el fuego

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El poeta irlandés y premio Nobel de Literatura, William Butler Yeats solía repetir a sus aprendices: “La educación no es llenar un cubo, es encender un fuego.”

Un maestro hace eso, enciende el fuego de la curiosidad, corrige, trabaja con la libertad para que quien aprende explore, se equivoque. Es una guía sobre la base de su experiencia más que sobre su saber. Lo que vale en un maestro es el tiempo aquilatado en su cuerpo, en el alma, eso es lo que transmite, más allá de imponer un determinado conocimiento expone su vida al alumno, conecta su alma, enciende y aviva ese fuego.

En mi vida he tenido varios amigos que se han convertido en maestros, en gente que con paciencia, libertad e inteligencia me han ayudado a dudar, porque pensar es dudar, cuestionarse todos los días si aquello que uno da por obvio lo es o no. Algunos de estos guías han sido más o menos conocidos, hemos tenido momentos de amplia cercanía e intensa conversación, otras veces nos alejamos, heridos, enojados o bien el tiempo y sus circunstancias impusieron otros ritmos.

El último tiempo, en un lapso corto varios de ellos han partido, todos curiosamente en un Chile muy distinto, el país de hoy con sus desafíos y esperanzas, con sus riesgos y abismos.

Todos ellos tuvieron algo en común. Los valores que me enseñaron son precisamente los que hoy paradojalmente están en peligro, los que hay que defender, los que tenemos que aislar de los fanatismos y el paroxismos de una locura amplificada que asusta.

Ellos me habrían dicho hay que mirar más allá del ruido, más allá de los gritos, sostener los valores y principios de siempre, habrían intentado darle dos o tres vueltas más al análisis a los diagnósticos y siempre habrían dejado abierta la gama de posibilidades.

Ellos se jugaron todo, en tiempos muchísimo más complejos y difíciles que traumatizaron a su generación, pero de la cual ayudaron a construir un final que es siempre incompleto e insuficiente, pero que aseguró a Chile una aventura cuyo juicio es injustamente tratado hoy por quienes son hijos de tiempos convulsos, duros, quizás los más duros de la historia republicana de nuestro país.

El primero en partir fue Mario Verdugo. Abogado constitucionalista, maestro, amigo, conversador, bohemio, amante de la vida. Con don Mario (como lo llamaba más con el respeto del cariño) fue mi profesor de derecho político y constitucional en una transición eterna, cuando en las escuelas de derecho el debate constitucional era solo incipiente y algunos solo soñábamos con eliminar enclaves autoritarios, discutir un texto con amplitud, algo que por entonces ni se soñaba, quedaban muchos muros y barreras que saltar. Cada enclave que caía después de largas conversaciones era motivo de celebración, nada era fácil entonces. El me enseñó los entresijos de la compleja y traumática historia constitucional chilena. Fue parte del grupo de 24 abogados que hicieron una propuesta constitucional que no fue aceptada por la dictadura, el único mínimo espacio de disenso con la Comisión Ortúzar que por aquél entonces escribió la actual Constitución de 1980.

Pero don Mario era mucho más que eso, saxofonista, jazzista eximio, amante de la amistad, de la conversación, me formó, me ayudó y cobijó en tiempos de dudas, de dificultades, siempre tuvo tiempo para uno en un café en el viejo centro de Santiago, en el patio de la facultad en pleno invierno. Ahí estaba siempre para un consejo. Su sabiduría y sobre todo su humor inagotable le permitían siempre reírse con unos pequeños ojos achinados tras sus anteojos con mucho aumento.

Don Mario no tenía enemigos, solo adversarios o contradictores de ideas. Por el contrario, su capacidad de siempre dialogar, llegar a acuerdos le permitía confiar en la amistad cívica incluso en tiempos difíciles. Cuando integró el Tribunal Constitucional, era compañero con mi tía abuela, Luz Bulnes Aldunate –quien también ha partido recientemente-. Bulnes había sido una abogada constitucionalista y de las pocas mujeres integrantes de la Comisión Ortúzar. Gran profesora, muy distinta a Verdugo, de derecha profunda, precursora, mujer brillante y aguda, siempre tuvo preciosas palabras para su contradictor en el Tribunal, palabras que no eran las de buena crianza, eran de verdad, don Mario lo mismo hacia ella. Convivieron muchos años en el Tribunal en posiciones muy distintas, pero siempre con amistad, respeto y mucho cariño.

Por esos años conocí también a Pepe Zalaquett. Nuestra conversación se inició en temas de derechos humanos. Pepe era un tipo de auténtica erudición. Un hombre completo, antes que notable abogado, un humanista autentico, un hombre amante del arte, de la lectura, de la literatura y la poesía. Pepe sabía y mucho, de mucho, de todo. Pepe me enseñó con su historia y experiencia que los derechos fundamentales son consustanciales al ser humano, y no es una línea en un texto, es una realidad que se hace carne en la experiencia, en el dolor. Su experiencia en la transición chilena, su aporte es innegable, su aporte en Sudáfrica poco conocida a la verdad y la justicia en un país que como el nuestro fue asolado por el horror.

Dejo para el final a un amigo muy personal que partió hace pocos días. Escribo además estas líneas, mientras Mariano Puga, otro cura de verdad, un pastor abierto e inteligente agoniza.

Mi amigo Percival Cowley ha partido hace muy poco. No nos despedimos, no lo hicimos. Conocí a Percival siendo un niño, me enseñó, me guío por la lectura de uno de sus favoritos Chesterton y varios más, intentó hacerlo muchas veces por la fe, don que siempre me ha sido siempre esquivo.

De Percival recordaré siempre su inteligencia inagotable, su defensa valiente contra un Iglesia que cometía tropelías y delitos que escondía y que él denunció desde muy temprano, antes que muchos, ello le valió ser marginado, relegado. Percival era un polemista agudo y duro, no uno vacío, sino uno que hacía pensar que te desafiaba a rebatir con inteligencia, pero sobre todo con profunda humanidad, humor y sensibilidad.

Se ganó muchas veces el mote de duro y conflictivo por ser valiente, por enfrentar por decir lo que nadie decía. Tuvo un rol indudable en defensa de los derechos humanos, la justicia y la dignidad en dictadura desde la Parroquia Universitaria, lugar donde cobijó a todos.

Por cierto, Percival era un inglés de cepa. Hijo de un británico llegado a Valparaíso, y nieto por el lado materno de un joven grumete que peleó en la La Esmeralda junto a Prat, sobrevivió para contarlo y hoy yace en el monumento en la Plaza Sotomayor.

Inglés y monárquico, chileno y profundamente republicano (fue siempre la única contradicción curiosa que tuvo reconociendo sus dos Patrias), lo recuerdo en su rol público recibiendo a cada miembro de la Familia Real inglesa en los gobiernos del Presidente Lagos y la Presidenta Bachelet en La Moneda, una reverencia monárquica de respeto y luego los saludaba diciéndoles “soy el único súbdito de su Majestad que trabaja en esta casa”.

Así era Percival, lo veo sentado en su casa, rodeado de toneladas de libros, papeles, recortes, escritos conversando por horas, sacando sus cigarros mentolados de la manga, y si salíamos a ver a la orquesta de Fernando Rosas tocar, ir a comer para seguir la conversación que discurría entre la religión, la política, la fe, junto a su infaltable Martini o el whisky (sus mejores y más humanos vicios). Éramos adolescentes, teníamos un grupo de amigos que lo celebraba de noche en noche con largas conversaciones hasta el amanecer cuando Percival nos enseñó a reconocer cuando se debía dejar de tomar en una noche, era un caballero educado a la inglesa. Cuando leí la invitación a su funeral me reí, como lo habría hecho él: hoy descansa en el Cementerio de los Disidentes de Valparaíso, una maravillosa paradoja de lo que Percival fue dentro de su propia Iglesia, un disidente que buscó en el amor de Cristo y de su fe orientar, enseñar, proteger a los jóvenes, a los desvalidos, jugarse profundamente por Chile en tiempos de dolor y dificultad. Percival fue un disidente cuando la Iglesia a la que amó, se derrumbó por delitos horribles que él denunció con valentía y dureza y que por cierto le valió el rechazo de los poderosos de siempre. Percival escribió a favor de la tramitación de la Ley de Divorcio en su hora, como el fin a la mentira institucionalizada legalmente y del aborto tres causales como una necesidad de salud pública inevitable frente a realidades dramáticas y dolorosas. Nunca dudó un segundo en hacerlo, en enfrentar a los que todos conocemos, a sus miserias y dobleces.

Porque si algo destaco en Percival es que nunca jamás tuvo la doble vida hipócrita y delincuencial que tuvieron a los que denunció con fuerza y que lo acusaban con violencia, con miseria, Percival fue siempre uno, el mismo en todas sus posiciones, tuvo una vida y una manera de enfrentarla y vivirla, no sin dolores, pero siempre con transparencia y honestidad en la humanidad que todos tenemos, pero que él, como hombre de fe, siempre conservó cumpliendo con sus deberes de pastor y con lo que su Iglesia a la que siempre obedeció dócilmente aceptó pese a su carácter. Percival fue siempre consecuente con su fe y sus principios.

En tiempos convulsos, la partida en meses de todos ellos en una secuencia, coincide con un momento crítico del país por el que ellos dieron tanto en construir.

Los tres tenían una devoción por la democracia, no solo la procedimental (por cierto también) sino de los valores democráticos, de la creencia en la razón, el amor, el respeto, las libertades públicas, la amistad cívica.

Los tres se jugaron por otros, por los Derechos Humanos no como testimonio únicamente, sino como la forma de proteger y cuidar a los más desposeídos, a los que los necesitaron, los tres se esforzaron, ni dóciles, ni doblegados a construir el país de los últimos treinta años y la democracia sobre la que hoy nos paramos (con sus virtudes y defectos) para construir el futuro. Los tres fueron en su forma y medida disidentes, sacrificaron sus comodidades, se entregaron. A los tres debemos honrarlos, los tres, estoy cierto querían cambios profundos, pensados, debatidos, rebatían cualquier fanatismo aplastante, creían en el valor del dialogo.

Llegó nuestro tiempo. Llegó el tiempo de poner en práctica el fuego que avivaron en nosotros, paradójicamente se van juntos, nos cobraran la palabra donde se encuentren, ya los tres se jugaron por su tiempo, hoy es nuestro tiempo.

Quedo suspendido mientras escribo pensando en los tres y me pregunto por dónde empezar.

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