Pia Lombardo

Pia Lombardo

Cientista Político de la Pontifica Universidad Católica de Chile, con estudios de postgrado en Relaciones Internacionales, Seguridad Global y Derecho Internacional. Académica del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile desde el año 2002. Internacionalista, con especial foco en Análisis de Política Exterior de América Latina y Resolución de Conflictos. Desempeño en gestión de internacionalización de la educación superior. Miembro de la International Studies Association.

Epico ona

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Llevaba días caminando. Días contra un viento que corta la cara, y el alma. ¿Qué la mantenía en pie? El miedo. El odio quizás. No quería volver. Había descubierto la verdad. Ya no había vuelta atrás.

Había tomado lo poco que alcanzó a recoger antes de escabullirse en medio de la ceremonia. Una instancia tan común, tan esperada, tan conversada en tardes de adolescencia en torno a la hoguera. El sueño se había esfumado. Y el dolor de la verdad le rasgaba el alma.

Toda una vida se había quebrado. Todo lo que había escuchado desde que pequeña. De su abuela, de su madre, sus tías. La Luna, Kreen, había reinado. Y ahora, su esposo Krenn, el sol, la perseguía incansablemente para castigar su atrevimiento. Los hombres pintados. Los hombres pintados solo eran eso: hombres pintados. ¿Debías temer? Sí. Quizás. Pero no a lo que buscaban hacerte imaginar, sino a la idea de hacerte creer que debías temer.

El temor había marcado su vida. Sus pasos. Su despertar. No debía pensar, ni cuestionar. Ellos tenían el mandato de Krenn, y sus destinos dependían de su luz. Una y otra vez, armar y desarmar precarias carpas para luego moverse en canoas de un lado a otro. Eso era lo que se debía hacer. No era malo. Madre siempre estaba ahí. Ella indicaba lo que debíamos hacer, cuándo y cómo. Madre es dulce. Como la Luna, está y no está a veces. Pero sabes que volverá. Que siempre está ahí, aunque a veces no la veas plena. Ella nos guía. Sus tiempos son los nuestros. Kreen está en nosotras. Siempre lo ha estado.

Pero, no lograba comprender por qué la habían castigado. Kreen, la luna, reinaba. La mujer, la vida, la matriz, comandaba. La vida, la fuente de vida era venerada y respetada. Pero, su marido, el sol, no logró tolerar su poder. Todas ellas murieron, por orden del sol. Para que olvidaran para siempre lo que sabían en sus almas: que la vida depende de ellas.

Quizás sea una locura escapar. Estás sola. En medio de la nada. Quizás conviene continuar haciéndoles creer que crees. Pero no.  ¿Dónde vas, mujer? ¿Qué crees que encontrarás? ¿Qué buscas? Pero… hay algo que te dice que no renuncies. Que no te hagas parte de un círculo como las estaciones, que tienen un comienzo y un final. Una otra vez. Una certeza que hipnotiza, y da certezas acerca del tiempo.

Caminaba hacia el norte, con el viento en contra. Pero sabía de otras mujeres. Otras que podían escucharla. Que quisieran escuchar su historia. Había decidido abandonar lo conocido para adentrarse en lo ignoto. Sentía una llama en su pecho, ardiendo noche y día, y se movía guiada por eso. Empezar una vida diferente. Quizás reunir a esas mujeres. Quizás construir sus propias tiendas y canoas. Por ahora, la mera idea le hacía temblar más que el frío. Llevaba consigo un morral con herramientas para cazar y pescar, y para curtir cueros. Algunas raciones de pescado seco, un par de flechas y pedernal. Era lo suficiente para comenzar.

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