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Ernesto Rodríguez en La Tercera: “Chile se ha emancipado de la culpa, pero no de la beatería”

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Por Daniel Hopenhayn // Contenido publicado en La Tercera

“Qué salvaje, soy una pura arruga por todos lados”, es lo que primero que dice Ernesto Rodríguez, con un vozarrón inmune al paso del tiempo, al ver su imagen en la interfaz de Zoom. “Qué le voy a hacer, si tengo 90 años”.

No es la mejor edad para atravesar una pandemia, pero menos aún para un hombre viudo que vive solo en un séptimo piso y cuya rutina solía contemplar dos o tres encuentros diarios con algunos de los centenares de amigos que ha hecho en el camino. Profesor hace 58 años en distintas escuelas de la UC de Valparaíso y de Santiago (no tiene profesión y sus cursos, “enredos de poesía y filosofía”, funcionan en cualquier carrera), anfitrión de foros públicos que han sentado en la misma mesa a pensadores y creadores de toda índole, fundador de colegios y clubes de rugby, Rodríguez aborrece la chapa del “maestro choro”, pero es difícil encontrar a un exalumno o conocido suyo que no se declare deudor de su entusiasmo. Nunca se atrevió a escribir un libro y quizás por eso hizo de la conversación su obra en progreso, o su versión mundana de esa república que, desde niño, soñaba conducir desde la política. Declaraba antes de la pandemia: “Yo almuerzo con millonarios y con jóvenes del Frente Amplio que quieren botar el capitalismo. Y si puedo juntarlos, los junto. Y si los puedo curar, los curo”.

Nada de eso pudo hacer desde marzo pasado, pero es parco ante la pregunta que lo invita a lamentarlo. “Sí, lo pasé muy mal. Tuve un mes entero muy malo en que confundía los días, no sabía si era lunes o miércoles o domingo. En fin, ya está terminando todo eso”, corta en seco, dando a entender que los avatares de la pandemia no son su tema.

Su salida del CEP, que le fue comunicada en diciembre después de 35 años dirigiendo ciclos de conversaciones, lo enfrenta en cambio a reflexiones que abarcarán, hacia atrás y hacia adelante, una vida entera.

“Fue bastante sorpresivo, no me lo esperaba. Me fui en buenos términos, pero quedé sin el espacio donde yo armaba mis cosas y ahora tengo que pensar qué mono armo en los cuatro o cinco años que me pueden quedar lúcido. Porque después de los 95, lo más razonable es pasar a lo desconocido. Pero no tengo ganas de apurar ni demorar ese momento, así que en marzo tendré que empezar a armar esta última navegación de mi vida, a ver si todavía puedo manejar mi propio bote. Aunque, debo admitirlo, me sigue me dando vueltas lo del CEP, porque esto en la vida me ha pasado siempre. No he tenido ningún puesto donde las cosas no hayan terminado más o menos de la misma manera”.

Hace algunos años lo decías con menos diplomacia: “A mí me han echado de todas partes”.

Sí, es como un sino. En el colegio, que lo hice en los Padres Franceses de Valparaíso, yo era presidente de la Academia Literaria y tenía que preparar un acto solemne en homenaje al 14 de julio. Y no hice nada. Absolutamente nada.

¿Por qué?

Porque el deber me paraliza. En cambio, la distracción me dispara. “Ernesto −me dijo el padre rector del colegio, que era un hombre muy bueno−, me has obligado a hacer algo que nunca se ha hecho en la historia del colegio: estás destituido de tu puesto, porque no has hecho nada”. Y el día de la ceremonia, que era muy formal, me salió mi otro lado, el distraído rebelde. Cuando va a terminar el acto me paro en la tribuna y empiezo a hablar en francés, un francés champurreado, pero con buen acento. Y digo que quiero hablar de Francia pero no de la Francia oficial que estamos celebrando, sino de la Francia de François Villon, el primer poeta maldito, desterrado y candidato a la horca, de la Francia que no colaboró con los nazis y de los maquis que lucharon en la Resistencia… Esto era causal de expulsión inmediata. Pero termino de hablar y se levanta el cónsul general de Francia, me abraza frente a todo el colegio y me dice: “Yo también fui de los maquis”. Y así me salvo. Esa tendencia a salir con una payasada también me ha acompañado siempre, me brota, no lo puedo impedir. Tengo fama de loco, ¡y no estoy loco! Pero al final me echan. Y estoy muy agradecido del CEP, deseo que les vaya bien, pero ahora tengo que inventar cómo me voy con mi música a otra parte.

“Crítica y Celebración” se llama la cátedra que Rodríguez hizo por más de tres décadas en el CEP.

¿Cuál ha sido esa música?

La música se refleja en el título que les puse a mis ciclos de conversaciones: “Crítica y celebración”. ¿Y eso qué significa? Que siempre hay que estar distinguiendo los caminos que tomas y no tomas –porque eso es la crítica−, pero al mismo tiempo celebrando que estamos aquí, en este mundo tan inexplicable y tan potente. Si tú dices “primero la crítica y después la celebración”, la música no se oye, la vida pierde la forma del juego. En el fútbol y en el rugby, que me han gustado mucho, tú estás permanentemente decidiendo qué hacer con la pelota, midiendo tus pasos, improvisando, pero sabiendo que muchas veces la vas a perder. Y en ese permanente estar decidiendo, y eventualmente equivocándote, está el gozo de jugar. Curiosamente, yo vine a comprender en un bote a vela que el recto camino que señala Aristóteles es también una permanente deliberación: el que lleva la caña del timón no la lleva fija, está siempre jugando con ella, cambiando de lado si se equivoca. Dice mi poeta querido, Hölderlin: “A mí no me educaron con prudencia los maestros mortales. Me educaron los celestes, que dicen que el hombre lo pruebe todo, y que nutrido por una savia más fuerte aprenda a ir adonde quiera y a dar las gracias por todo”. Crítica y celebración, eso es lo que hecho en la vida.

Pero vienes del catolicismo conservador, conoces bien la culpa.

Ah, claro que sí. Pero uno aprende con el tiempo, si es que aprende, a quererse como es. “Llegar a coincidir con uno mismo”, decía Ortega. Y Nietzsche, el gran maestro liberador, te dice amor fati: ama tu destino, ama la figura de tu vida, la vida no es una obligación, es una oportunidad de encontrarse. Déjame con Nietzsche.

¿Has logrado no llevar la vida como una obligación?

Con el tiempo, creo que lo he logrado. Quizás haberme aceptado como un distraído tiene que ver con eso.

A mí siempre me gustó navegar, y gracias a un amigo que exportaba frutas pude viajar varias veces en buque de Valparaíso a Filadelfia. Y en el bar de un buque británico encontré una propaganda del whisky Black and White, donde un perro decía: “Puedo resistir cualquier cosa, menos la tentación”. Y sentí que eso era lo que me pasaba. He sido un alma, digamos, tendiente a los arrebatos.

Me digo: “Ya, voy a estudiar dos horas seriamente”. Pero en realidad estoy esperando que suene el teléfono. Suena el teléfono y me disparo. Saca de mi vida las distracciones y no queda nada. Pero si el estúpido, dice William Blake, persiste en su estupidez, termina siendo sabio. A lo mejor algo de eso hay, ¿no? A las cosas hay que buscarles el lado, por algún lugar se entra. Como en La flauta mágica de Mozart, una ópera que me ha llenado de felicidad: con la musiquita, los malos terminan bailando.

¿En qué se convierte un culposo que no resiste la tentación?

En un hombre con pocos bienes pero con muchos amigos. Y con más de algún encuentro gozoso en el mundo de Afrodita, que ojo: siempre se ríe. En la Divina comedia, cuando Dante está llegando al Cielo y llega a ver lo que podría llamarse Dios, dice: “Y ese Dios sonríe”. Ese sonríe lo inventó Dante y es lo que hace posible la vida. Spinoza, otro liberador, sugiere vivir con sólo dos proposiciones: hacer las cosas bien y perseverar en la alegría. ¿Se te ocurre algo mejor? Si tú lees eso y después contemplas el espectáculo que están dando los políticos en Chile, te das cuenta de lo lejos que estamos. Hacen las cosas mal y son incapaces de alegría.

Estaría mal visto un político alegre, eso sí.

Totalmente mal visto, es verdad. Yo dejé ahí una vocación guardada. Siempre quise ser político, desde niño.

¿Por qué?

Porque era buen orador y me cuesta poco ponerme en el terreno del otro. De hecho, tengo más amigos en la derecha que en la izquierda, pero mis amigos de derecha dicen que piso con la izquierda.

¿Se equivocan poco o mucho?

Creo que podría ser izquierdista si no fueran tan negados para la economía. Yo soy negado para las matemáticas, esa parte del cerebro no la tengo, pero uso la que tengo. ¿Algún día entenderán mis amigos socialistas que la economía es real, que necesitan producir recursos además de sacarles plata a los ricos? Paula Narváez, que parece ser una excelente persona, dijo una cosa que a mí simplemente me paraliza: que se terminó la política de lo posible y ahora viene la política de lo necesario. ¡La política es el reino de lo posible! Pensar que lo necesario está por encima de lo posible ha sido siempre un error de personajes trágicos; no malignos, pero trágicos. Entiendo lo que Narváez quiso decir, esa frase refleja una intención más que una filosofía, pero alguien que aspira a ser presidente tiene que tomarle el peso a lo que dice.

Si estuviste 35 años en el CEP, conoces a la derecha chilena. ¿Cómo sientes que ha pegado en ese mundo todo lo que pasó desde el 18 de octubre?

Yo creo que, para buena parte de la derecha, ver la marcha del millón y medio fue como ver su propia caída del Muro de Berlín. Les pasó lo mismo que a muchos comunistas el año 89: tuvieron que ver ese espectáculo con sus ojos para darse cuenta de lo perdidos que estaban. Yo tuve poco contacto con los políticos, porque el CEP no se usaba para reuniones políticas. Pero conozco de primera mano a todos los economistas que llevaron adelante, durante la dictadura, una visión muy economicista de la sociedad. ¿Son malvados? Yo creo que fueron honestos, pensaron que hacían algo bueno para todos. Entonces, más que juzgar, hay que pensar: la sociedad, como el timón de un bote, requiere un permanente sentido crítico de sí misma. Y por falta de esa cualidad, ellos cometieron una gigantesca equivocación.

¿Cuál?

Primero, no se dieron cuenta de que la dictadura que apoyaron estaba destruyendo a la sociedad como tal. Después, no se dieron cuenta de que habían propiciado una transferencia desmesurada de poder y de riqueza. Mario Góngora, ese gran historiador, me dijo un día: “Ernesto, creo que me equivoqué apoyando el golpe. Los militares han terminado entregándoles el poder a los comerciantes”. Ni los comerciantes como tales, ni los sofistas como tales, pueden gobernar. Y por último, tampoco se dieron cuenta de que sus políticas económicas les abrieron los ojos a los que sufren para llegar a fin de mes. Yo soy bastante viejo y comparar este Chile con la pobreza de hace 40 años es impactante. Pero hoy la desigualdad se nota. ¿Y cómo reaccionó la derecha? Plegándose al Rechazo. ¿Me puedes explicar para qué? Si a te va muy bien, estás muy rico, has trabajado y, si además vas a misa, Dios te ha premiado, y de repente viene un temblor grado seis, ¡no lo conviertas en terremoto! Como mucho, algunas fortunas van a vacilar, habrá que pagar más impuestos y vamos a tener un Chile un poco más pobre pero posiblemente mejor. ¡Juégate por eso!

Pero al decir “un poco más pobre pero posiblemente mejor” estás trastocando varios sentidos comunes.

Y también me puedo estar equivocando: puede ser más pobre y peor. Pero lo digo porque esta crisis va más allá de las injusticias: esta manera de vivir no es buena. Imaginar una sociedad de puros emprendedores ha sido otro error enorme. Sebastián Piñera, por quien tuve el olfato de no votar esta vez, no es un ser maligno, ni mucho menos un asesino como se dice de manera lamentable, pero forma parte de ese enorme error.

A los empresarios hay que tratarlos como yo traté a una yegua que me regalaron, la Candelaria, muy dura de hocico. Cada vez que la montaba era un combate. Pero con manos firmes, sin tirarle las riendas, pero sin aflojarlas, logré hacerme amigo de ella. A los empresarios no hay que ensalzarlos ni vilipendiarlos, hay que tratarlos con amistad y manos fuertes. No mano dura, manos fuertes. Si los tratamos así, te aseguro que entienden.

Ahora no saben qué hacer, porque tienen que apoyar a una derecha sin horizontes y defenderse de una izquierda cuyo único plan económico es sacarles la plata. ¡Si ellos aprietan un botón y se la llevan! Pero buscando por aquí y por allá, veo que por lo menos tenemos una media docena de políticos que saben lo que están diciendo. Tengo optimismo, creo que vamos a salir adelante.

Lograste llevar al CEP a muchos jóvenes de izquierda.

Sí, pucha que les costó, pero al final fueron. En la izquierda me tienen por un cuico.

¿Y no hay tal?

A mí me gusta el gin tonic, me invitan a la playa, cuido a mis caballos, tuve con mi mujer una casa preciosa en el campo, me pongo buenas chaquetas de tweed… está bien, seré cuico. Como esos conservadores antiguos, torrantes, que conocían a los ricos pero no tenían plata. Lo que traté de hacer en el CEP, y en cada lugar donde estuve, fue convertir el lugar de trabajo en un lugar de conversación. Convidaba a los izquierdistas y derechistas serios, eso sí, no a los fanáticos. Le tengo simpatía, por ejemplo, a una figura muy contradictoria que es Boric. Se equivoca una y otra vez, pero sabe equivocarse y poner la cara. Es un perro de pelea, un perro noble. ¡Si todos nos equivocamos! De ahí viene nuestro conflicto originario que la tradición religiosa llama pecado original. En el Génesis, Yahvé pone al hombre y a la mujer en el paraíso para vivir eternamente felices, libres de toda culpa. Pero les pone dos condiciones: que no piensen en lo que son ni se cuestionen sobre el bien y el mal. De esos dos frutos prueban, y por probarlos son expulsados. ¿Qué lectura hago yo de eso? El ser humano es el animal que se atrevió a preguntar, a conocer. Esa es su desdicha y esa es su alegría, la fuente de todas sus contradicciones y equivocaciones. Pero es la fractura que nos constituye y tenemos que quererla, porque es también nuestro gozo.

La religión que profesas ha tendido a privilegiar lecturas menos gozosas.

Pero este viejo católico se remite al oficio del Viernes Santo, cuando la Iglesia dice: “Oh, feliz culpa, que hiciste posible tan inmenso perdón”. Y el día que yo hice la primera comunión, mientras desfilábamos con una cinta blanca y una vela, el coro de la iglesia cantaba: “Alegrémonos, porque Dios nos ha dado un don que no les dio a los ángeles”. Ese es el don de atreverse a ser. Ese gran filósofo católico que es Dante ni siquiera deja entrar al Infierno a los que no se atrevieron a vivir. [Recita:] Ch’i’ non averei creduto che morte tanta n’avesse disfatta. “Nunca hubiera creído que la muerte deshiciera a tantos”. Y cuando se encuentra con Paolo y Francesa, pecadores sexuales, Francesa le cuenta su historia: “El amor que a ninguno que es amado le perdona amar, hizo que me enamorara de tal manera de este que está aquí, que, como ves, aún el placer no me abandona”. Y esto despierta tal compasión en Dante que cae como un cuerpo muerto. Ese es buen catolicismo: la providencia de Dios no puede lograr que lo que es deje de ser. De ahí viene mi apuesta, en política, a favor de eso que Carlos Peña llamó en un texto el “espacio liberal”, que para mí es muy anterior al liberalismo. Peña dice que la figura central es Kant y tiene razón, pero Kant restituye algo que ya estaba en Aristóteles: la ciudad libre formada por ciudadanos autónomos. Y esos son los que se atreven a equivocarse.

Siempre que después se hagan responsables, agregaría Peña.

Por cierto. Ser un ciudadano autónomo no es encontrar que las cosas están mal y decirle a un político o a un profesor “usted verá cómo las arregla, ese no es problema mío”. Tampoco es que cada cual haga lo que quiera, así sea deshacerse a sí mismo viendo tele todo el día. Max Weber lo dice muy bien: si no eres capaz de hacerte cargo de tu libertad, ¿por qué no vuelves mejor a las religiones tradicionales? Pero en un país que no tiene sentido del humor, donde los jóvenes salen del colegio sin haber leído nada que los alimente… Mira, el primer ministro inglés es un personaje muy discutible, pero recita de memoria pasajes largos de Homero y el respeto de ese país por las humanidades permite que tengan, para mi gusto, la democracia más sólida del mundo. Porque tú le puedes decir al primer ministro: “Boris, estás totalmente equivocado”. Y él te puede decir de vuelta: “Lo lamento mucho, pero el equivocado eres tú”. Ese juego tiene lugar. Yo reconozco entre mis varios defectos un cierto esnobismo británico, pero los encuentro muy admirables, qué le voy a hacer.

¿Qué les admiras?

Que inventaron una forma de jugar. Inventaron cambiarse de ropa según lo que están haciendo. Inventaron darle poder absoluto a una persona que no decide nada y que se llama the Queen. Es una locura. Hace muchos años, unos amigos británicos me convidaron a un pub un día domingo, en un paisaje precioso, a las orillas de un afluente del Támesis. Ellos iban al pub con sus perros. Y de repente pasan nadando unos cisnes debajo del puente. “Qué cisnes más lindos”, comento yo. Y mi amigo y su mujer dicen: “Oh, they belongs to the Queen”. Son los cisnes de la reina. ¡Qué juego más maravilloso! Están al borde de lo ridículo, sí, pero saben combinar ese juego con la exigencia de hacer las cosas bien. Eso lo tienen muy claro: no seas beato, haz las cosas bien. Y nosotros tenemos que emanciparnos de esa forma perversa de sentirnos mejores que es la beatería. Porque Chile se ha emancipado bastante de la culpa, pero no de la beatería. El sentimentalismo vacío del beato, que proclama sus valores absolutos y no se rebaja a discutir cómo podríamos hacer las cosas mejor, nos hace un daño feroz.

También hemos conocido la arrogancia del pragmático, cuando cree ser el único que sabe cómo se hacen las cosas.

Exacto, pero tan peligrosa como la arrogancia es la falsa humildad. Porque también quiere hacerse del poder, pero manejando las conciencias. Y si algo ha corrompido a la Iglesia, más que la pérdida del sentido de Dios, es confundir el apostolado con el manejo de las conciencias. Atreverse a ser supone dejar que el otro también se atreva a ser. Si no creemos en eso, vamos a caer en un autoritarismo disfrazado de liberación, cosa que un hombre viejo ya ha visto tantas veces. Un día dije cualquier cosa en una clase y una alumna se para y se va, nunca me había pasado. “¿Adónde va?”, le pregunto. “Profesor, es que usted me ha ofendido”. “No, no, siéntese y dígame en qué la he ofendido”. Es lo mínimo, ¿no? Al menos para mí, decir “los afortunados, las afortunadas y les afortunedes” es un despropósito, pero eso no tiene nada que ver con la revolución feminista, quizás la más grande en la historia de la humanidad. Y te puedo decir que mis mejores estudiantes en la universidad han sido mujeres. Me han tocado hombres con gran talento, pero los hombres talentosos no toman apuntes ni entregan las tareas a tiempo. Y las mujeres, cuando además de ser prolijas tienen talento, son una gloria. Pero ninguna de ellas anda ostentando la superioridad, porque esas sí que se emanciparon… Mucho más que nosotros.

Como si hubiera otra vida

Más allá de las personas que ya no están, ¿qué echas de menos del mundo en el que creciste?

Echo de menos cosas sencillas: la hora de almuerzo en la casa, ese momento en que el día se interrumpía. Y el almuerzo del día domingo, que era un gran rito: se hablaba de ciertas cosas, de otras no. Echo de menos ir a tomar té a la casa de un amigo, esas visitas con tiempo que eran todo un viaje. O las fiestecitas del último año de colegio, en Valparaíso, siempre en las casas de las niñas. Eran bien aburridas, la verdad. Unos boleros espantosos que cantaba Leo Marini, otras cosas insoportables de Los Quincheros y un clery con harta agua para que las niñas no se curaran. Pero también echo de menos las arrancadas, porque cuando todo está permitido nada tiene interés. Echo de menos que en el colegio no me echaran aunque tuviera malas notas y mala conducta, y aunque estuviéramos “atrasados”, como se decía, porque nos habíamos empobrecido. Cómo no voy a querer a esos curas. Al padre Mauricio Bertot, que nos llevaba a hacer excursiones por los cerros de Valparaíso, que estaban verdes entonces. Echo de menos el catolicismo de mi infancia, esa fe desnuda que comenzó a tambalearse, inevitablemente, a los 17 años. Yo soy un descreído, pero sácale el des y debajo todavía tienes un creyente. No sé qué es Dios, pero no me cabe duda de que es Dios, porque veo esa fuerza por todos lados.

¿Echas de menos que los demás tengan tiempo?

Claro que sí, están todos ocupados. Y si se ven desocupados, creen que están mal. Mira, un ser humano que no tenga, en el centro de su tiempo, un tiempo sagrado para no hacer nada, está perdiendo el tiempo. Aprender a estar sin hacer nada, por Dios… Yo viví 40 años sin televisión, oyendo música. De niño pasaba enfermo de asma y en Viña había una radio que se llamaba Unión de Recreo. Decían “aquí, Londres” y transmitían música de baile inglesa de los años 30: la orquesta de Carroll Gibbons, las canciones de Leslie Hutchinson. Un día a la semana iba a ver a mi abuela italiana, que también murió muy vieja, y después de almuerzo subía con ella a oír las canciones de Beniamino Gigli y Tito Schipa. Tomarle el sabor al tiempo, quedarse en el tiempo. Al final, como dice Rimbaud y como me ha pasado en la vida, “hay alguien que os echa”. Pero la gracia es haber sabido estar ahí, para que por lo menos te echen de tu paraíso. Que te eche la alondra que anuncia el amanecer, cuando Julieta le dice a Romeo “ya, cantó la alondra, nos van a pillar, ándate a tu casa”. Cuando dos jóvenes se encuentran y dicen “oye, vamos a echarnos un quickly”, hay algo que no alcanza a ser, porque antes de ser se convierte en intercambio. En eso Marx y los místicos tenían razón.

“Lo que traté de hacer en el CEP, y en cada lugar donde estuve, fue convertir el lugar de trabajo en un lugar de conversación”, dice Rodríguez.

¿Crees que existen filosofías más sabias que otras para enfrentarse a la muerte? ¿O el pensamiento no llega hasta ahí?

Eso te lo podría contestar alguien más sabio que yo. Pero toda filosofía real es una reflexión sobre el sentido de la vida y, por lo tanto, de la muerte. Cuando el hombre y la mujer son expulsados del paraíso, tienen que inventarse un mundo y descubrir que en ese mundo están condenados a morir. Pero de eso puedes recoger una gran alegría. Pensemos en los sonetos de amor de Garcilaso, de Quevedo, de Shakespeare, que tienen esta idea central: goza, goza este momento de la vida, porque luego vendrá la muerte. Mira, a mí se me han corrido los arrepentimientos. Hoy no me arrepiento de las pequeñas maldades que pueda haber cometido. Me arrepiento de mis pequeñeces. De las veces que arrugué, que me hice el leso, que no cuidé ni saludé a quien tenía que saludar.

¿En alguna etapa particular de tu vida?

Sí, me habría gustado gozar más mi juventud. En la vida de un ser humano, lo que se juega entre los 20 y los 25 años no se vuelve a jugar. Y si alguna revelación llegas a tener que te permita saber lo que vas a ser, la tienes ahí. No alcanzas a ser feliz, pero sí tienes muchos momentos felices que son como un anticipo de felicidad. De los juegos deportivos y de los juegos del amor sales todo machucado, pero son momentos felices.

No sé por qué te cuento esto, pero un día que me hicieron una operación grande al corazón, que duró ocho horas, llegó al hospital una señora a preguntarme si quería recibir la comunión. Yo le dije: “¿Sabe, señora? Me gustaría, pero no. Porque hay un pecado mortal del que no quiero arrepentirme”.

¿Y te quedan miedos a estas alturas, además de la muerte?

Me quedan miedos raros, físicos. Por ejemplo, nunca me he podido tirar un piquero en una piscina. Me paralizo. Y cuando me tratan mal también me paralizo, reacciono tarde. En cambio, no les tengo miedo a los terremotos, me entretienen. ¡Si somos seres catastróficos! Pero la muerte… no sé, no sabemos nada de eso. Yo sé que está muy cerca, he sobrevivido a un récord nacional de infartos, casi me maté en un accidente y quedé cojo, pero tengo ánimo todavía… ¿Y sabes qué? Me gusta pensar en mi entierro. Tengo unos sueños fellinescos, con seis mujeres vestidas de negro con unos velos: “Se nos murió Ernesto”. ¡Ja, ja, ja! Ahora veo en la pantalla que soy una máscara. Mira cómo me han crecido las orejas, eran chiquititas. Cuando morimos, decía Quevedo, es que hemos terminado de morir. Nuestros huesos son lo que le sobra a la muerte. Pero Quevedo también dijo: “Polvo serán, mas polvo enamorado”. No se puede vivir sin estar enamorado de. Y a estas alturas, te puedo decir, disfruto más de la amistad de mis amigas que de mis amigos. Cuando uno deja de ser un peligro, porque ya no le funcionan las partes móviles del cuerpo, hay una especie de real ternura con otro ser humano, que es más que amistad. Es una sensación muy bonita que sólo podrás tener a partir de los 80 años. Entonces practico una especie de poligamia imaginaria, virtual. Cuando todavía eres joven, el amor es más potente pero la amistad es más segura, porque no requiere exclusividad, ni aprobar la manera en que el otro vive.

Ni entenderse todos los días.

Claro, puedes estar diez años sin ver a un amigo pero los dos sabemos que el otro está ahí. John Keats, ese otro poeta gigantesco, decía que el primer deber político de un hombre es la felicidad de sus amigos. Eso para mí ha sido real. Y al decir esto, me acuerdo de Humberto Giannini. Con Humberto éramos amigos de hombre a hombre, de filósofo a filósofo, de enamorado a enamorado, de cristiano a cristiano. Él un poco más cargado a la izquierda que yo. Quise mucho a ese hombre… Sí, vendrá la muerte. La idea de que me voy a morir la tengo instalada hace varios años, pero hay un conflicto de interés, porque uno quisiera que este gozo de estar viviendo, de estar conversando, no terminara. Que esto termine es una cosa muy desconsoladora. Pero de que hay una cosa que no muere en el hombre, la hay. Y no puede morir. Don Miguel de Unamuno, que me despertó a los 17 años, decía: “Vivamos como si hubiera otra vida, y que si no es así, eso sea una injusticia”. Ahora que me toca hacer esta última travesía, que durará los pocos años que me quedan para gozar de la vida, la quiero vivir así. En otras palabras, hacer lo que siempre les dije a mis alumnos que hicieran, y que no siempre había hecho yo: atrévanse, atrévanse, el hombre es el animal que se atrevió a ser.

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