Paula Vial

Paula Vial

Abogada penalista, viajera impenitente, lectora voraz, con amor ecléctico por la música y defensora de alma. Amante del fútbol, las galletitas, el campo y el café. Mamá de cuatro, por elección y amor y mujer de un huaso leguleyo. Feminista, pésele a quien le pese, con hambre por la justicia y la equidad y necesidad de ver, escuchar y leer a más mujeres. #másmujeresalpoder

Es la democracia, estúpidos*

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En los últimos años nos hemos hecho expertos en dejar de ver aquello que es evidente. Pero la crisis que ha explotado y que nos ha tenido en vilo en las últimas 5 ó 6 semanas, ha hecho imposible seguir actuando como si nada pasara.

La fuerza sorpresiva e inesperada, aparentemente, con que las reivindicaciones sociales nos han estallado en la cara hizo que muchos señalaran al inicio que no lo habían visto venir. Bastó hacer un breve recuento de los movimientos sociales de los últimos años -pingüinos, No + AFP, Patagonia sin represas y muchas pero muchas marchas- para darnos cuenta de que si era así, simplemente habíamos elegido estar ciegos y sordos.

En cada una de las marchas, periódicamente la tierra se sacudía bajo nuestros pies y no quisimos ver el terremoto que amenazaba remecer nuestros cimientos. Y no nos preparamos para recibirlo.

No hubo nueva Constitución Política. No se avanzó decididamente hacia la equidad en una sociedad con mayoría de mujeres. No se adoptaron políticas sociales de alcance profundo y extendido, en materias tan sensibles como las pensiones o los medicamentos, la salud o la educación, que favorecieran a la mayor parte de la sociedad. No se interiorizó en la derecha que los Derechos Humanos son de todos, pero se violan por los agentes del estado, que tienen el uso legítimo de la fuerza. No se reformó Carabineros de Chile, modernizando una institución que veía su prestigio institucional caer en picada.

Y estallamos. Unas semanas de caos permitieron avances y compromisos que hicieron nacer la esperanza de lograr cambios que se debían hace años. Se podía celebrar entonces un acuerdo por una nueva Constitución, nuestra, que fuera forjada desde nuestras entrañas. Se aprobaban cambios en las pensiones y dejaban en el olvido polémicas reformas tributarias. Y aún faltaba tanto, un esfuerzo real, doloroso para las arcas estatales pero que trajera consigo verdadero bienestar a los menos favorecidos, o más aun, a una clase media golpeada por la realidad, que no quiere migajas. 

Estos modestos logros, además, quedaban en la sombra frente a una violencia excepcional, que creíamos haber dejado atrás, enterrada y olvidada. No, estaba ahí. Ejército y Carabineros desnudaban vacíos y vicios morales, déficits formativos, prácticas miserables de atropello a los derechos humanos de manifestantes que querían hacerse ver y oír. 

Y el gobierno, lejos de condenar duramente los excesos criminales de sus agentes, y de mandatar el término inmediato de estos atropellos, se dedicaba a destacar la violencia de algunos manifestantes o los duros saqueos o incendios intencionales, condenables por cierto y que deben terminar, y se perdía en la semántica y la odiosidad política entre los informes de organismos internacionales que constataban las violaciones a los derechos humanos en nuestras calles y en nuestro país.  

¡Si no son incompatibles el respeto a los Derechos Humanos y el resguardo del orden público!

La urgente necesidad de empoderar a carabineros para poder terminar con la violencia no puede pasar por el chantaje de la impunidad garantizada o el silenciamiento de la crítica a sus actuaciones desmedidas. La evidencia de sus fragilidades, errores y horrores debe ser superada con altura política y mando firme y sin ambages, que los instruya a actuar desde la legitimidad, con un compromiso por el genuino cuidado por la paz, el respeto a los ciudadanos y el trabajo por recuperar la confianza y el prestigio social.

Basta de anuncios de agendas de seguridad, que no se necesitan y solo pretenden disimular la tremenda ineficacia policial. Suficiente de anuncios por goteo de medidas sociales cuando se requiere de una agenda completa que tienda a la justicia y la equidad, con un esfuerzo doloroso para nuestro presupuesto.  

Porque no alcanza, se requiere verdadera justicia social, propiciada por una intervención política contundente, que convoque, desde el ejecutivo, a todos los actores sociales. Gobierno, oposición, parlamento, organizaciones sociales -ya reunidas y representativas de un malestar transversal- y alcaldes, como figuras fulgurantes que conectan con la comunidad y su realidad. 

Todos movilizados por el interés y la preocupación social, todos activados en la capacidad de escuchar al otro, de honrar la palabra, convocados por el diálogo y el respeto, tan ausentes en este tiempo de posiciones polarizadas. Una convocatoria a la construcción de la confianza, que ha sido horadada por la mezquindad política, el cálculo pequeño, el logro espurio o el anuncio ambiguo y con letra pequeña. Porque la confianza y la unidad se requieren para el buen funcionamiento de la democracia, que se va fragilizando y debilitando sin estos elementos.

Es que Presidente, Ministro, me disculparán, pero… es la democracia, estúpidos. Sí, es la democracia la que está en juego. Y vale los mayores sacrificios, los mayores esfuerzos, las más grandes gestas.

*El título hace referencia a la frase utilizada en la campaña electoral de Bill Clinton en 1992, “la economía, estúpido”, acuñada por su estratega comunicacional, James Carville y que buscaba que su campaña se concentrara en las cuestiones que resultaban esenciales para la realidad estadounidense. Este lema interno se popularizó y se utiliza desde entonces, con otros conceptos, como en este caso, para enfocarse en lo esencial.

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