Ignacio Castillo

Ignacio Castillo

Abogado, Magister en Derecho penal y procesal penal y Doctor en Derecho. Actualmente cursando magister en filosofía en la Universidad de Chile.

¿Estamos salvando nuestro futuro? Una reflexión sobre volver a clases

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Hace algo más de un mes el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, lanzó la campaña “Save our Future”, con la cual busca generar conciencia sobre la amenaza que implica, para el futuro de los niños, niñas y adolescentes (en adelante NNA), la suspensión de la escolaridad en modo presencial. En el video de su presentación, que no dura más de unos minutos, el Secretario General logra expresar, con especial énfasis y algo de dureza, el enorme daño que causa a los estudiantes el cierre de los colegios. Se trata, en sus palabras, de una catástrofe generacional. En nuestro país –o en la gran mayoría de él- las clases se suspendieron en marzo y, por lo que se ve, pareciera que no se retomarían sino hasta el próximo año. ¿Será esa una decisión correcta? La respuesta, creo, hay que buscarla en el valor del colegio.

Y es que, más allá de las críticas a nuestro modelo por su carácter elitista y segregador, el colegio es, con su pretensión de universalidad y obligatoriedad, una de las instituciones más democráticas de nuestro país, y, además, una herramienta emancipadora que todavía resulta clave para el futuro de los NNA. A través de los colegios las sociedades –incluso la nuestra, con sus falencias- dan las primeras batallas contra la desigualdad y las carencias socio-culturales, y se esfuerzan por generar, en eso que se ha dado en llamar una mentira noble, un sentido meritocrático a nuestra trayectoria vital. Empero, en estos meses de “escuela virtual” eso no ha sido más que una simple ilusión: menos recursos tecnológicos, menos capital cultural de los padres y peores condiciones habitacionales generan un cuadro donde la educación a distancia no es sino una ficción, que la realidad se encargará de presentar como es, a saber, un paso a una mayor desigualdad social.

Por eso, la asistencia presencial y continua al colegio es vital para el desarrollo cognitivo y cultural de los estudiantes: el largo tiempo sin clases presenciales seguramente ya influyó en la capacidad de aprendizaje y en el adecuado crecimiento psico-socio-afectivo y emocional de los NNA, en especial de los más vulnerables. En lo más pequeños, probablemente ello impactará en el desarrollo intelectual y emotivo; y, en los más grandes, posiblemente, en el grado de adhesión, vinculación y permanencia en el sistema educacional.

La reapertura de los colegios pareciera, entonces, imperiosa. Pero no por ser urgente es algo que se pueda imponer ministerial ni escolásticamente, y de un día para otro, sino que debe involucrar a la comunidad escolar y, en especial, a los padres y madres. La pandemia del Covid-19 nos ha golpeado –y seguramente seguirá haciéndolo, aunque sea por un tiempo- de manera muy fuerte, y ello explica el natural temor y desconfianza de volver a clases. Sin embargo, ello no puede erigirse en un obstáculo para que los actores institucionales y sociales avancen y convoquen a una reapertura de los colegios, que sea acogedora, segura y reparadora del daño que ya se les ha causado a los niños y niñas.

El debate sobre las modalidades y riesgos de la reapertura son necesarios e inevitables, y con certeza apuntarán hacia la voluntariedad, parcialidad, seguridad e, incluso, reversibilidad. Pero la primera cuestión que debemos lograr como sociedad es asumir, siguiendo a Guterres, que la reapertura es una necesidad para los miles de NNA, en especial para aquellos cuya escolaridad está en peligro. Se debe lograr instalar un ánimo de confianza y credibilidad institucional en los padres y madres, en los escolares y en los docentes, de que el proceso –a pesar de sus riesgos- se puede realizar de una manera segura y cuidadosa.

Una responsabilidad principal en esto recae en el propio gobierno. Es fundamental transmitir un discurso claro, confiable y convocante, que vaya asociado a una serie de actos concretos de mejoramiento de la infraestructura y las condiciones escolásticas, que genere empatía en la ciudadanía. Y ello supone, por más que le pese al modelo de subsidiariedad, destinar los recursos necesarios en el sector público -y exigir lo mismo en el sector privado- para que las instalaciones (espacios comunes y salas) y las condiciones sanitarias (protectores faciales, mascarillas, alcohol gel y jabón) sean suficientes para la nueva realidad. En lo primero conviene ser creativos, como se ha visto en otros países, y usar espacios de la comunidad, como gimnasios, sedes comunales y sociales, reducir los tiempos de clases y alternar los cursos, algo imprescindible para poder avanzar con celeridad.

La pandemia nos ha recordado, con dolorosa claridad, que el riesgo cero no existe en las políticas públicas, y la reapertura de las escuelas no es la excepción. Es cierto que hay estudios que indicarían que los niños y las niñas no serían una fuente común de transmisión, que el riesgo de agravamiento en ellos sería excepcionalmente bajo y que el peligro de infección de los profesores no sería superior al del resto de la población, pero ello no impide que los padres y las madres tengan el legítimo temor de que, fuera del espacio protector de sus casas, sus hijos e hijas queden expuestos a la enfermedad. Sin embargo, y conviene volver sobre ello, para la gran mayoría de los escolares la ventaja de volver al colegio –en un contexto de control de la pandemia y seguridad institucional- supera enormemente el riesgo asociado a un contagio de la enfermedad.

Finalmente, no cabe duda que en los meses que vienen la cuestión sobre el contenido constitucional del derecho a la educación, el modelo de enseñanza y, en especial, el desarrollo de un sistema escolástico más igualitario se tomará el debate en Chile. Y bienvenido que así sea. Pero ese cambio puede ser muy tarde para un grupo que ya ve amenazado su futuro. El gobierno, creo, debería redoblar sus esfuerzos persuasivos para sumar más actores en la idea de retomar, cuando corresponda, la escolaridad, aunque se trate de un desafío complejo, difícil y, en parte, riesgoso. En lo que a todos nos cabe, deberíamos ser conscientes de que este es un esfuerzo que no podemos eludir, no cuando lo que está en juego es el futuro de nuestros hijos e hijas. Porque quizás, solo quizás, marzo sea ya demasiado tarde.

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