Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

Estas horas

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He escrito esta columna tres veces desde antes de ayer. Todo cambia demasiado rápido. En 48 horas nos hemos asomado al abismo y a la esperanza también. No puedo esperar el desenlace, tengo que terminar ahora, cuando el resultado es incierto y todo depende de ese acto humano que es ponerse de acuerdo.

La gigantesca energía desplegada por la ciudadanía exigiendo un cambio en nuestras reglas del juego y poniendo al centro la palabra dignidad ha movido el tablero, y mucho. El temor que ha levantado la violencia que hemos presenciado también ha cambiado las cosas. Ha sido una campana de alarma imposible de ignorar. Ojalá no se nos olvide cuando este momento pase, porque esa violencia dice de nosotros tanto como el espíritu cívico de los miles, millones, que marchan en paz.

Y como resultado, aquí estamos otra vez buscando un acuerdo. Lo sucedido cambió las cosas y se abrieron posibilidades insospechadas: nueva Constitución, Asamblea Constituyente, Plebiscito, palabras que eran innombrables para el oficialismo hace unos días, hoy están en la conversación.

En la oposición no parece haber habido cambios tan dramáticos, aunque quizás sí: la palabra acuerdo, tantas veces demonizada, hoy parece ser una parte imprescindible de la solución. Después de años diciendo que buscar acuerdos es sinónimo de renunciar a las convicciones, hoy parece evidente que sin ellos, las convicciones se vuelven irrealizables aunque se sigan enarbolando. Sólo queda el testimonio y el voluntarismo.

El problema no son los acuerdos, sino qué acuerdos, hechos bajo qué reglas y con qué poder. Cuando los únicos acuerdos posibles son los que obligan a una parte, siempre la misma, a ceder y aceptar las condiciones de la otra y esta última tiene el sartén por el mango porque puede vetar, entonces los acuerdos se vuelve el reflejo de una injusticia. Y cuando esos acuerdos tomados en desventajas deben aceptarse, por más insatisfactorios que sean, porque la alternativa es la permanencia de un orden de cosas impuesto sin preguntarle a nadie por la misma parte que está en ventaja, entonces no sólo estamos ante una injusticia, sino ante una tragedia. Y ese ha sido el escenario de la democracia chilena desde su retorno hasta hoy.

Cualquier teoría de juegos nos mostraría muy rápidamente que es vicioso un sistema de toma de decisiones en que las concesiones están cargadas más a un lado que al otro, y el costo por el fracaso del acuerdo deja las cosas en un punto que favorece a esa misma parte que está menos obligada a ceder. La discusión de estas horas sobre una salida constitucional, son en realidad conversaciones sobre la posibilidad de dejar atrás ese juego perverso. Se trata, en el fondo, de producir un escenario donde la búsqueda de entendimientos entre las chilenas los chilenos pueda ser un ejercicio de voluntad y diálogo, de respeto mutuo, y no el recuerdo permanente de una derrota sucedida hace décadas atrás, cuyas esquirlas siguen salpicando hasta hoy.

El acuerdo que se está buscando es el camino de salida de esta encrucijada en que hemos vivido por 30 años. La interpretación instalada hace un tiempo, que pone a los acuerdos como una práctica espuria, un acomodo indigno y entreguista, es otra de las dañinas consecuencias de lo esquivo que ha resultado corregir este orden de cosas. Aunque las conversaciones se hagan bajo esas mismas reglas que están en cuestión, el diálogo esta vez es distinto. Es la ciudadanía la que lo cambió todo, no las reglas aún, sino el poder y la voluntad, dos de los tres materiales que condicionan la posibilidad de acordar. Lo otro que cambió, del cielo a la tierra, es que esta vez los acuerdos no podrán ser para reemplazar la decisión ciudadana, sino para hacerla posible.

Pocas veces en la historia se producen momentos como éste. Hay un grupo de personas conversando, y de su coraje y su criterio dependen demasiadas cosas. Quizás es la primera vez desde el retorno de la democracia que hay una decisión de tal magnitud arriba de la mesa, y a pesar de que la política no pasa por sus mejores momentos, las circunstancias extraordinarias sacan de las personas capacidades insospechadas. Que así sea.   

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