Francisco Javier Diaz

Francisco Javier Diaz

Abogado y cientista político (U. de Chile, London School of Economics). Analista, columnista, ex-influencer y speechwriter profesional. Fue Subsecretario del Trabajo (2014-2018), ahora ejerce como abogado en materia laboral.

Esteban Paredes: placer culpable

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“Espero que esta columna sea desmentida en el Superclásico del día de mañana. Pero para un fanático azul como yo, Esteban Efraín Paredes es, en el fútbol actual, mi placer culpable.”

Las razones para admirar a Paredes, incluso desde la vereda contraria, son varias. Es un tipo amable, buen jugador, sencillo, correcto en la cancha. Es raro verlo enfrascado en un alegato con los árbitros; es limpio para jugar y, algo inusual en los pícaros delanteros chilenos, malo para el piscinazo. El tipo es bravo, pero no pega de adrede; es leal con sus compañeros de profesión y respetuoso del público.

Una vez le tocó ser vocal de mesa en una elección presidencial, y claro, se le olvidó ir a la primera vuelta. Obligado tuvo que ejercer su deber cívico para el balotaje, cuando ya todo el país estaba enterado de su primera falta, y las cámaras de TV esperándolo. Ahí estuvo Esteban Efraín, con paciencia de santo, todo el día trabajando de vocal, pero más que eso, sacándose una selfie con todos y cada uno de los votantes de esa mesa y de todo el recinto de votación. Dicen que el promedio de votación en esa mesa de Maipú alcanzó récord nacional. Aunque nunca quedó claro por quien votó el jugador.

A la U le ha hecho goles de todo tipo. Nos tiene de caseros. Una vez se llevó en velocidad por 45 metros a Vilchez e igual se dio mañana para meter una suave zurda. De cabeza, de derecha, de izquierda, con la espalda. Dos veces nos hizo goles literalmente con la canilla. En otro clásico, parece que nadie le contó al defensa de la U, Rafael Vaz, que Paredes era zurdo; este desbordó por la derecha y cuando Vaz esperaba el centro con la diestra, le pegó un enganche que dejó al pobre brasilero en Avenida Grecia, tomó posición y la metió de emboquillada con la izquierda, al segundo palo de Johnny Herrera.

Pero aun con todo ese sufrimiento, Paredes es mi placer culpable. Velocidad envidiable, tremendo enganche, gran capacidad de giro, y notable pegada de zurda. Ese es Paredes. Además, bien por arriba, buen olfato y, además, no rehuye su rol de capitán y levanta al equipo en momentos difíciles.

¿Pero es solo eso lo que causa admiración?

No es solo eso. Paredes causa admiración culposa porque nos recuerda una vieja estirpe de jugador nacional, aquella del goleador de raza. En época de punteros livianitos, se echa de menos al ariete del área, donde Paredes y Chupete Suazo fueron los últimos grandes exponentes. El Nueve clásico, el que juega entre medio de los aleros cuando hay que ir a la ofensiva, o en la punta central del rombo si la formación es más conservadora. El que marca la salida del arquero. El que recibe todas las chuletas en los córner, el que arrastra las marcas para que entre libre el 10 por el vértice del área.

Jorge Robledo, Carlos Campos, Carlos Caszely, Iván Zamorano y Marcelo Salas, entre los más destacados. Una constelación de cracks de área tuvo el fútbol chileno, pero hoy nuestro balompié solo genera buenos mediocampistas de marca. Por eso el placer culpable con Paredes, porque nos lleva al Nueve de la infancia. A aquel goleador que todos quisimos ser, pero que pocos pudieron serlo.  

Ya rompió el récor de otro delantero entrañable, como es Heidi González. Y empató también a otro grande, un 10, como es Chamaco Valdés.

Espero, sinceramente, que Paredes logre la marca y tenga su merecida celebración como goleador histórico del fútbol chileno.

Pero por favor, Esteban Efraín, no lo hagas mañana.

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