Alejandra Jorquera

Alejandra Jorquera

Muy malcriada y muy fóbica. Sobrina no reconocida de Radomiro

Evocaciones

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El olor de la ruda me recuerda mi niñez. En cada casa que he vivido los últimos veintitrés años, uno de mis ritos iniciales ha sido acarrear  tierra de hoja  nueva y plantar el macho y la hembra. Ruda y rudón, la pareja que dicen que espanta la mala suerte va conmigo para donde yo vaya. No lo hago porque crea que efectivamente me salvarán de los estropicios de la vida, sino porque es el único olor que me lleva a esos días en que, que aunque tenebrosos, otros niños como mi hermana y yo, nos cobijábamos en el campo de un amigo de mis padres en Pirque. Ahí estábamos a salvo de Chile; ahí subíamos cerros de arena, nadábamos en una piscina que nos parecía inmensa como un lago, comíamos moras hasta quedar con los labios púrpuras y en las tardes el aire se llenaba de ese olor que me he encargado de perseguir con agradecimiento, como quien le da las gracias a  la buena memoria de andar trayendo siempre un paraguas en los días en que existe amenaza de aguacero.

De mi infancia mexicana  –parte de mis decisiones de vida ha sido separar niñez de infancia aunque sean sinónimos-  el abanico de remembranzas es tan infinito que podría pasarme una semana entera describiéndolos y no creo que a nadie le importe más que a mí, así que no pretendo hacer el listado.

Hasta ahora estas letras parecen ir caminando una tras otras hacia un pañuelo de nostalgias arrugadas, pero no. La verdad es que necesité este preámbulo de olores que se recuerdan para llegar a un recuerdo que también es el resultado de una evocación, en este caso absolutamente inesperada y macabra.

Desde el 18 de octubre he visto cientos de imágenes y videos de lo que han sido estos días en que las violaciones a los derechos humanos han vuelto en gloria y majestad. Niños, niñas, adolescentes, mujeres y  hombres baleados, golpeados, con ojos sangrantes, con piel quemada, con perdigones incrustados en piernas, brazos y cuello, han desfilado por la retina de todos quienes hemos seguido diariamente lo que ocurre  y sigue ocurriendo  en nuestro país.  Sin embargo, no fue hasta ayer que llegó a mis manos un video, que aunque  en su momento fue muy viralizado, no había visto. Ocurrió en Los Andes durante los primeros días del toque de queda impuesto por el gobierno de Sebastián Piñera. La escena muestra lo siguiente: es de noche y una patrulla de militares golpea a un hombre en el piso. Un golpe, otro, otro y muchos más. Se escuchan las risas de los uniformados y de fondo una suerte de aullido de quien está siendo golpeado. De repente un silencio y una orden: “corre, vamos a contar hasta 10. 9, 8, 7…”, el hombre corre, mientras los militares avanzan en su dirección y comienzan a disparar. Este video fue grabado por una joven agazapada junto a su familia bajo una ventana de su casa. Se oye claramente el relato de la muchacha, también el de la madre y el de la abuela. Tres mujeres aterradas.

Viajo hacia atrás. Tengo 7 años y mi hermana 6. Es 12 de septiembre de 1973. Las persianas de mi casa se bajaron la misma mañana del 11 y las niñas tenemos prohibición de salir al jardín que da a la calle y tampoco nos permiten asomarnos por las ventanas. Es de día pero hay toque de queda. Pero hay veces en que el azar le juega malas pasadas a la cautela, y una de las persianas del segundo piso está semi abierta. Mientras estamos dibujando sentimos un auto que frena; desobedeciendo las órdenes maternas nos empinamos de rodillas para ver qué pasa: un hombre corre, soldados se bajan de una patrulla y le gritan; el hombre gira la cabeza, se tropieza y la ráfaga de balas lo recorre de pies a cabezas. Los uniformados se ríen: ya tienen su presa. Lo rodean, lo agarran como si fuera un bulto cuyo destino es la basura y lo suben a la patrulla.

Mi hermana y yo estamos mudas. Un monstruo salido de una pesadilla que nunca habíamos soñado se arrancó hasta nuestra ventana y nos mató también. Porque sí, en ese momento nos sentimos muertas. “Mamá, mataron a un muerto”, dijo una de las dos cuando volvimos a recuperar la voz.

Vuelvo a hoy, a este diciembre de 2019 que parece haber durado una vida entera. A estos dos meses que se han estirado más allá de donde uno distingue la línea del horizonte cuando se para frente al mar. A ratos  soy la niña de 7 años a la que le acaban de avisar que el miedo nunca se va a ir porque se queda pegado en la piel y la piel tiene memoria.

Ahora soy la adulta, que al igual que muchos y muchas, se ha sentido en una batidora de emociones que no para de dar vueltas. Rabia, desesperanza, fe, desconfianza y también ira. Sí, ira, ese sentimiento que tiene mala fama como todo lo que no se ajusta al patrón de la buena crianza y la supuesta sensatez. Pero como yo no tengo ganas de entrar en el juego de las palabras medidas, del centímetro que demarca la maldita corrección establecida como sinónimo de lucidez y templanza, reconozco en letras públicas lo que el resto se guarda para el comentario privado.

Pienso en este 24 de diciembre y me dan ganas de hacerme un letrero en la cara que diga NO TE ATREVAS, porque mientras haya muertos, heridos y ciegos, yo no tengo ganas de celebrar. El pesebre está vacío y ni la poesía es capaz de abrirse camino esta vez.

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