Claudia Sarmiento

Claudia Sarmiento

Abogada. Licenciada en Derecho por la Universidad de Chile y LL.M. en teoría legal por la New York University. Fue investigadora del Centro de Derechos Humanos y Editora del Anuario de Derechos Humanos de la Universidad de Chile. Jefa del Departamento de Reformas Legales del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género y asesora del Ministerio Secretaría General de la Presidencia durante el segundo Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet. Colaboradora de los Programas de Género y Constitucional del Instituto Igualdad, e integrante del Directorio de la Asociación por las Libertades Públicas. Socia del estudio de abogados Sarmiento & Walker y Profesora de Derecho Constitucional de la Universidad Alberto Hurtado.

Fragilidad y estabilidad

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Asumir la propia condición mortal es parte del proceso de maduración. Algunos hitos nos hacen verlo con más claridad. Para mi, ese momento se reveló con la vida de otro. Jamás tuve real conciencia de la cercanía de mi propia muerte, o de cómo ella podría afectar a otros, hasta que nació mi primer hijo. El parto es un momento que te conecta con la dimensión más animal y humana, en un sentido profundo y casi arcano, donde la transición desde el dolor desgarrador hacia la plena felicidad, se funden virtuosamente casi en un segundo. Ahí, mirando como la vida trasciende, también ves toda su fragilidad.

Las personas que hemos visto la vida y también la muerte sabemos que estamos acá de paso; que nuestra existencia está marcada por un tiempo que nos es dado y que sabemos cuando inicia, pero no cuando termina. Esta conciencia de la propia fragilidad nos empuja, al menos a mi, a mirar con cuidado aquello que sé que es preciado y delicado, a trabajar para construir las condiciones necesarias para mi propio cuidado y el de aquellos que amo.

Este natural sentido de autocuidado y de búsqueda de condiciones idóneas para la preservación de la vida es profundamente animal. No obstante, los humanos, a través de la cultura, la hemos sublimado al punto de contar con un sinfín de filosofías, teorías e instituciones que esperamos nos abriguen frente a la adversidad.

Hoy, vemos como la solidez de esas instituciones deviene en una singular fragilidad: tan solo un mes ha tomado para que aquello que creíamos firme, yo no lo parezca. Como muchos, he caminado por el centro de mi ciudad constatando con estupor la destrucción en la que ésta sumida. Con angustia, veo como la violencia más brutal se impone como una dinámica torpe y odiosa para resolver los conflictos.

La estabilidad de las instituciones y su posibilidad de trascender en el tiempo, a diferencia de lo que podría pensarse, es infinitamente más feble de lo que a primera vista se ve. Una percepción casi adolescente es la que tienen quienes creen que podemos tensionar el estado actual de cosas y presionar por una salida donde la voluntad de uno se imponga sobre la del otro; esa posición, esa gambeta, solo estará teñida de sangre. La madurez de los pueblos exige de éstos un razonable grado de adhesión al cuidado de las instituciones y la activa participación de todas y todos en la preservación del orden público.

Y es que el Estado, la economía, la política, las fuerzas policiales, las empresas, los colegios y universidades no están hechos de piedra, sino de las personas que las conforman y de sus actos cotidianos, pues éstos son las verdaderas piedras sobre las que se erigen. Las instituciones serán tan fuertes como las personas que las integran y su estabilidad lo será tanto como lo es la condición humana.

En estos días, solo hemos visto como la fragilidad nos sume un mar de miedo y ansiedad. Los miedos más atávicos de quienes vivieron la violencia el ´73 han vuelto a rondar nuestros hogares. En un país distinto, en un tiempo distinto, es el momento de pasar superar la miopía, de mirar hacia delante y encontrar en los otros la fortaleza colectiva que nos permita salir de esta crisis. El tránsito requiere madurez y generosidad de todos; requiere abandonar los intereses a corto plazo y pensar en el colectivo. Requiere alcanzar un acuerdo que sea mutuamente aceptable para todos. Esto, y solo esto, hará que nuestras instituciones vuelvan a gozar de la estabilidad moral que las dote de la legitimidad que necesitamos. Curiosamente, para salir de este minuto aciago, resulta indispensable conectarse con lo más animal de nuestras vidas: ¿Cómo preservaremos la vida? ¿Cómo queremos vivirla? ¿Cómo cuidar aquello que amamos?

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