Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Frivolidad

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Como agnóstico, no creo en los pecados, pero si en las faltas. Tengo la más absoluta convicción, que la peor de todas, en política es la frivolidad. Y es que acaso en el momento que vive Chile, hemos asistido a maravillosos actos de superficialidad, en tiempos que se requiere de seriedad, mesura y tranquilidad, precisamente en los actores públicos. Lo más grave no es solo el desplante de las formas, sin contenido, sino además de autoridades públicas que utilizan las instituciones que representan y estiran al máximo las normas que las conducen sometiendo a la institución a la superficialidad de su hacer, deslegitimando aún más las instituciones del Estado.

Mario Vargas Llosa señala que la frivolidad “consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante -la representación- hacen las veces de sentimientos e ideas.”


Esta tabla valórica invertida, y el desplante de la apariencia más que de la esencia, en las instituciones y las autoridades que las ejercen son también un hecho más, creo yo que ha conducido al estallido social y a la deslegitimación de las instituciones permanentes, último bastión de una democracia que cruje todos los días ante el desplante, la desfachatez y el uso desenfadado de atribuciones sin consideración a la dignidad de los cargos que se ostentan.

En el caso, revisemos algunos de estos hechos.

El Presidente de la República, Sebastián Piñera ha sido una constante figura que juega con esa representación de gestos llenos de liviandad que lo han llevado luego de este atolladero sin fin a un callejón que pareciera no tener salida.

El abuso de la dignidad presidencial es antigua en él, desde sus bromas de pésimo gusto, sus aterrizajes en helicóptero en mitad de la nada violando normas, sus regalos –banderas incluidas en otras, piedras, mensajes de mineros- a Jefes de Estado, como asimismo en hecho aún más graves tales como el nombramiento –o el intento- de llevar a parientes o hermanos a cargos públicos (Banco Estado y la Embajada Argentina), a los viajes con hijos a hacer negocios al extranjero, a chascos jurídicos mayores como una citación reciente al Consejo de Seguridad Nacional que justificó en un problema de orden público, hecho que fue representado por el Contralor y los presidentes de ambas Cámaras por no tratarse de una afectación a la seguridad nacional como lo establece la Constitución.

El abuso en el Congreso no ha parado. Desde acusaciones constitucionales, interpelaciones y comisiones investigadoras cuya ocurrencia, falta total de necesidad y resultados ponen en entredicho la institucionalidad, llevando al Congreso a ser una de las instituciones más deploradas por la ciudadanía, a veces con mucha razón, otra con brutal injusticia para quienes hacen su trabajo seriamente. Y es que en una corporación, el comportamiento de uno o muchos de sus miembros afecta al conjunto.

Lo mismo ha sucedido con los escándalos en el Poder Judicial, la Fiscalía, para que decir con las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile, desde actos de vudú, corrupción, alardeo comunicacional de fiscales que saben que nada lograran con sus causas, pero que se encandilan con una cámara prendida, todas situaciones a las que asistimos con pasmo semana a semana los chilenos.

Quiero detenerme, y no puedo no hacer un punto, en el último acto de liviandad brutal de Carabineros de Chile, para significar una vez esta suerte de crisis terminal del ejercicio de la autoridad con total desparpajo y superficialidad, que llevan a un espiral del que será muy difícil salir.

Después de 280 jóvenes con sus ojos reventados por balines en protestas, después de negar los informes de “una Universidad” como se esfuerza en desacreditar el General Director a la principal Universidad de éste país, fundada en 1842, Carabineros se da cuenta “que la ficha técnica” del proveedor de los balines no incluyó correctamente los materiales de los mismos y estos si contenían elementos más duros que el caucho.

¿Carabineros y el Ministerio del Interior necesitaron un mes de ojos desmembrados, de jóvenes ciegos, para darse cuenta que el problema no pasaba por la materialidad de los balines, sino porque de goma o plomo estos sacaban ojos y producían más daños irreversibles que en cualquier otro conflicto social en el mundo?

He solo nombrado algunos ejemplos de frivolidad en los gestos, de pequeñez, de insensatez, de falta de entender que la autoridad representa un cargo y por ende la potestad del mismo, pero que día a día se esfuerzan en socavar su autoridad y reventar la creencia de las personas, ya no solo en la eficacia de las instituciones, sino en la creencia social de la seriedad en las éstas, a un paso del caldo de cultivo del populismo y la locura que a ratos hemos visto en estos días.

Como correlato en tiempos de crisis vemos también gestos de grandeza política. El acuerdo constitucional, el tributario y el presupuestario, al que se abre también la posibilidad de pensiones y trato a los adultos mayores habla de la esperanza de entender por fin que los chilenos se aburrieron de tanta liviandad, de tanta falta de certezas, de tanto gesto sin sentido y abuso frívolo de las instituciones.

Por ello, acuerdos –aún débiles-  para construir una Nueva Constitución requieren de una mirada muy profunda respecto de la actitud de varios en días de conflicto. Ya lo decía en columnas anteriores en Entrepiso hoy estamos pagando no solo la superficialidad de las decisiones, sino el cortoplacismo que conlleva esa mirada plagada de gestos para las luces y de poca capacidad de reflexión profunda acerca del liderazgo. Hago un llamado porque en horas difíciles, sepamos observar con detención las actitudes de los tomadores de decisión en mitad de la tormenta, un buen capitán se reconoce no en tiempos de mareas calmas.

Por último, el cortoplacismo, cara de la misma moneda de la frivolidad, permiten preguntarse muchas cosas.

Cierro estas líneas mientras reviso una presentación del ex ministro Chadwick, en marzo de 2018 ante Icare, la cima de la política pensada desde Casa Piedra, que en estos días suena como una puerta desvencijada frente al frenesí de la calle, de las propuestas, de las personas participándo e informándose en juntas de vecinos, fabricas, asociaciones sobre lo que vendrá.

En esa Icare, denominada en ese entonces ¿Cómo viene el 2018? el flamante ministro del Interior (asumido solo cinco días antes) nos señalaba bajo el sugerente título de “prioridades del nuevo gobierno” cito textual: “Si hay algo que no queremos que avance es el proceso constituyente dejado por la ex Presidenta Bachelet, una Constitución es algo serio”.

Me pregunto, 23 muertos después, 280 jóvenes sin ojos más tarde, miles de heridos, torturados, presos y el sufrimiento de por medio que quedarán por mucho tiempo como una fractura más de esta sociedad.

¿Qué pasa si en ese entonces se hubiese dejado de lado el cortoplacismo para enfrentar los temas constitucionales, previsionales, tributarios y de aguas que ya se habían iniciado, habríamos frenado el estallido y la violencia? ¿Quizás sí, quizás no?, jamás lo sabremos, lo que si sabemos es quienes y como han enfrentado la realidad política y como por un motivo u otro, no la han sabido o no la han querido leer.

No vimos venir la crisis –dicen-. Sigo respondiendo, no la quisimos ver, eso fue todo. Es tiempo de repensar nuestras actitudes y observar con detención lo que viene.

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