Recomendados

Recomendados

Gloria de la Fuente, en El Mercurio de Valparaíso: “La ciudadanía no cree más en el camino de la reforma, lo que pide es un cambio de fondo”

Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Por Patricio Tapia // Contenido publicado en El Mercurio de Valparaíso

“Hay varias formas de medir el desarrollo, profundidad o calidad de la democracia”, dice Gloria De la Fuente, cientista política, presidenta de la Fundación Chile 21, miembro del Consejo para la Transparencia y analista en distintos medios, que acaba de publicar dos libros con trabajos de vatios estudiosos de las ciencias sociales y políticos, chilenos y extranjeros: “El Pueblo en Movimiento: del malestar al estallido” (Catalonia), en coedición y autoría con Danae Mlynarz; y “Calidad de la democracia en América latina” (FCE), coeditado con Marianne Kneuer y Leonardo Morlino.

El libro sobre la calidad de la democracia es un trabajo de muchos años y justamente, hablando de los distintos índices para medirla, en él precisa que “hay índices como el que desarrolla el ‘The Economist’ que ha situado muchas veces a Chile como una democracia defectuosa, hasta el año pasado que producto del estallido social nos puso por primera vez como una democracia plena. Otros índices, en cambio, nos han puesto en el contexto latinoamericano, como una democracia de alta calidad”.

-¿Hay alguna manera de saber si una democracia está funcionando bien o mal o si va a ser durable o no?

-Evaluar si una democracia funciona bien o mal dependerá de la manera en que decidamos evaluarla, aunque hay grandes consensos, al menos, respecto a los mínimos. Más difícil es saber si una democracia será durable o no, aunque en la literatura de la ciencia política hay cierto consenso en que, por ejemplo, la experiencia o tradición democrática de un país es un buen predictor de la calidad y proyección de ésta.

-Menciona estudios que señala han que el mejor desempeño en calidad de la democracia en la región lo tienen Chile, Uruguay y Costa Rica. ¿Eran estudios demasiado optimistas?

-No es cuestión de optimismo, es la manera en que se miden las democracias. Siempre he pensado que la comparación, por ejemplo, con Uruguay, está muy fuera de foco. Uruguay os un país que tiene, por ejemplo, mecanismos de participación institucional muy relevantes como plebiscitos y referéndums y también una densidad del debate político que es mayor que el nuestro. Desde mi punto de vista, esto hace la diferencia entre los sistemas políticos y creo que los estudios sobre la democracia debieran prestar más atención a los aspectos participativos y deliberativos de la democracia así como a la densidad del tejido social, no sólo a la existencia de instituciones.

-En el libro cita a Morlino. “Una buena democracia es ante todo un régimen ampliamente legitimado”. ¿Qué pasó en Chile, donde hay una fuerte crisis de legitimidad?

-Justamente eso, creo que el “castillo de naipes”, para usar la frase célebre de un ex ministro, se empezó a derrumbar cuando empezaron a emerger escándalos de corrupción en la política, en las Fuerzas Armadas, Carabineros, la Iglesia y el mundo empresarial. Cuando se instala la percepción de que no se puede confiar en instituciones que son pilares en la vida social y, como consecuencia de ello, crece la percepción sobre el abuso de poder de las élites, no es de extrañar que lo que se ponga en tela de juicio sea la legitimidad del orden político-institucional que nos hemos ciado. El punto es cómo, en este cuadro, encontramos un camino conjunto para salir adelante y el único posible es, paradojas del destino, la vía institucional, si lo que queremos es recobrar la confianza y la legitimidad en un pacto social donde nadie sienta que se queda fuera.

-Una crisis como la de octubre responde a problemas profundos. ¿Cómo lo ve y qué responsabilidad tiene el sistema político en su conjunto?

-Hay una responsabilidad compartida de no haber atendido las primeras señales. Esto es algo que trabajé muy intensamente en otro libro que acabo de publicar en conjunto con Danae Mlynarz y la colaboración de una serie de cientistas políticos y sociales, “El Pueblo en Movimiento: del malestar al estallido”. Nuestra tesis central es que había suficientes señales en los movimientos del 2006 y 2011, que no sólo fue estudiantil, luego en el movimiento feminista y en cierto malestar que se venía incubando y que fue olvidado o ignorado sucesivamente. En tal sentido, en el gobierno de la Presidenta Bachelet había buenas intuiciones no sólo respecto a las reformas estructurales, sino que principalmente respecto al proceso constituyente, pero finalmente este quedó trunco.

-¿El actual proceso constituyente ayuda a una mejor democracia?

-De todas maneras, si gana el Apruebo en el plebiscito y especialmente la convención constitucional, esta será la posibilidad de sentar las bases de un nuevo pacto social que será una construcción de largo plazo, pero que tendrá como hito fundante que por primera vez en la historia los ciudadanos serán parte de esa decisión en el plebiscito de entrada, de salida y en la elección del órgano constituyente. Es importante cautelar que este proceso sea transparente y que los ciudadanos sientan que efectivamente esta es una oportunidad de iniciar un proceso de cambio y que exista apertura desde todos los sectores para que ello efectivamente ocurra. En esto la confianza en el proceso es tan importante como el resultado.

-¿Por qué considera mejor opción la convención completamente elegida?

-Me parece mejor la convención constituyente, porque entre otras cosas, nos garantiza un órgano paritario y ojalá con escaños reservados para pueblos originarios, la posibilidad que las personas elijan a quienes tendrán que proponer un nuevo texto constitucional y un debate más inclusivo.

-¿Cómo se siente con que Pablo Longueira se declare partidario del apruebo y Lavín, socialdemócrata?

-Creo que hay una lectura política astuta, pero no sé si tendrá los resultados que esperan. Evidentemente la opción que se impone en todas las encuestas, aún con las dificultades de la pandemia, es el “apruebo”, nadie va a querer ser parte de asumir esa denota y por eso creo que el discurso ha transitado hacia abandonar la bandera del “rechazo” y centrar los esfuerzos en el órgano constitucional.

Por su parte, esto de vestirse con la bandera de la socialdemocracia, si entendemos por ello el reconocimiento a derechos universales en lo económico y social, antes que la política focalizada, es ni más ni menos que sintonizar con lo que la calle nos viene diciendo desde el estallido social yen base aun diagnóstico de la orfandad que existe de figuras con gran despliegue en ese sector.

-¿Reconoce algo de responsabilidad de la centroizquierda en el vaciamiento del concepto de socialdemocracia en Chile?

-Sin duda, y me remontaría tanto ala discusión nunca resuelta a fines de los años 90 entre autoflagelantes y autocomplacientes, como a la dificultad de construir un relato coherente, con sus luces y sombras, entre la Concertación y la Nueva mayoría. Creo que faltó resigniflcar ese proyecto, dotado de épica y construir un relato largo de cómo el país de principios de los 90 estaba listo para ir asumiendo nuevos deudos de cara al siglo XXI. No se soltaron las banderas, pero se fue bastante tibio en defender las bases que se sentaron en los 90 y los 2000 con sus cosas buenas y malas.

-Seria tan democrático que gane el apruebo como el rechazo, pero ¿cree que haya posibilidad de que gane el Rechazo?

-Ambas opciones son producto de un proceso democrático y hay que respetar su resultado. Si miramos lo que ocurrió en octubre, veo escasa posibilidad que se imponga el rechazo porque la ciudadanía no cree más en el camino de la reforma, lo que pide ahora es un cambio de fondo.

-¿Los principales desafíos que plantea este plebiscito son sanitarios o también políticos?

-Sanitarios sin duda, estamos en medio de una pandemia y se requiere que las decisiones y medidas de las autoridades estén en sintonía con la necesidad degenerar todas las condiciones suficientes para que las personas concurran seguras a las urnas. Pero el desafío es también político, porque hay que cuidar el proceso y entender que las heridas de este país se irán sanando en la medida que todos seamos capaces de abrirnos ala posibilidad de hacer un cambio y que estemos disponibles a colaborar con ello, siempre por la vía institucional, que es el único camino que nos puede garantizar paz social y respeto de la diversidad de nuestra sociedad.

-¿Considera que la elección será, según dicen las encuestas, entre Lavín y Daniel Jadue; o cree que podrían surgir nuevas?

-Si comparamos con procesos electorales anteriores, este es muy particular, no sólo porque a un poco más de un año de la elección no hay figuras que sobrepasen el 20% de las menciones, sino que porque estaremos en medio de un proceso constituyente. Es un escenario inédito y cualquier cosa puede pasar. No descarto que aparezcan nuevas figuras y también que se reconfiguren las alianzas. 

Más del autor

Más para leer

Del dolor al reconocimiento de toda vida

Si creo que esta experiencia que merece ser rescatada, es porque, de algún modo, nos ha vuelto a relacionar con el concepto de igualdad, pero desde su lugar más primario: frente al dolor somos todos iguales, más allá de cualquier condición −socioeconómica, racial, sexual, de nacionalidad, en fin− que nos acompañe.

El desafío constituyente

Una constitución que “unifica”, en cambio, se forja en la necesidad de dar sentido de comunidad, de guiar una sociedad pluralista y democrática, de buscar la convivencia de fuerzas amigas o, en todo caso, no inexorablemente hostiles entre sí. Una Constitución que, lejos de ser un “ajuste de cuentas entre enemigos”, opere como “coordinación entre amigos”.

Quién sabe, hay que preguntarle a Radomiro

Suscríbete a nuestro Newsletter

¡Mantente al día con las novedades de Entrepiso y suscríbete para que la información llegue directamente a tu correo electrónico!