Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

Gritar para que no se escuche el silencio. Reflexiones después de leer a Gabriel Alemparte

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Ayer, Gabriel Alemparte escribió aquí mismo una columna titulada “La izquierda de la estridencia”. Comparto la sustancia de esa columna: su crítica a la pose radical de una izquierda que renuncia a la reflexión y al debate, se refugia en la consigna y le teme la confrontación con la evidencia. Esa izquierda prefiere descalificar todo matiz u opinión distinta, tildando de traidor o amarillo a quien la plantee, en lugar de interesarse en el intercambio y confiar que dará lugar a mejores ideas que la unanimidad. Al lado suyo, actores políticos que vienen de una izquierda con otra historia se desperfilan en actitudes condescendientes, acomplejadas, tratando de arrimarse al árbol que se ve más fuerte. La columna concluye diciendo que espera ver a la izquierda en la batalla por las ideas en lugar de la batalla por los sentidos, asumiendo que ésta última es una forma de política que se conforma con movilizar subjetividades y emociones, aunque no logre convertirlas en soluciones y propuestas transformadoras.

Me hizo pensar la columna de Alemparte, y sobre eso quisiera hablar en esta columna. 

La estridencia, creo, es una consecuencia de la desorientación. Curiosamente, cuando se tienen muchas preguntas, tantas que resultan abrumadoras, se producen reacciones contraintuitivas. Cuando nos quedamos sin palabras, y se puede sentir el silencio de nuestras dudas, hay un reflejo natural a ocultarlo metiendo mucho ruido, no sólo para que los demás no lo sientan sino, especialmente, para no sentirlo nosotros mismos y no tener que confesarnos las dudas que tenemos y la falta de certezas. Hace unos días dije en un seminario que había frente a nosotros un mundo para el cual no teníamos respuesta, que nuestras recetas necesitaban ser replanteadas, que debíamos atrevernos a pensar otra vez sobre cosas que dábamos por obvias: cómo se construye equidad en el mundo de hoy, cómo se lidia con el tipo de capitalismo global que tenemos para evitar que sea tan concentrador, cómo se revierten las nuevas desigualdades, cómo repensar las instituciones de la democracia adaptándola a sociedades fragmentadas, globales, exigentes y tan diversas como las de hoy. Una de las personas que participó en el seminario comentó que le había gustado mi presentación, pero que había que evitar decir cosas depresivas, como que no teníamos respuestas. Muchas personas piensan así y parte de lo que necesitamos hacer es transformar los desafíos de nuestro tiempo en un momento creativo en lugar de un transe angustioso. Estamos asistiendo a un cambio de era, y la política que lo asuma y se haga parte de esa transformación de forma abierta, desprejuiciada e innovadora, será la política que sobreviva para el mundo que viene.

Mi segunda observación es sobre el concepto de moderación. Ser una izquierda moderada no es lo mismo que ser moderadamente de izquierda. Ambos términos tienden a confundirse y por eso no me gusta usarlos. Ser una izquierda moderada es estar abierto a descubrir pedazos de verdad en los que piensan diferente. Es aceptar que tu enfoque de izquierda te da una orientación, pero no te entrega todas las respuestas, y tampoco te otorga el monopolio de la razón, de lo justo y de lo bueno. En cambio, ser moderadamente de izquierda es serlo, pero no tanto, serlo hasta por ahí no más. Lo delicado de este concepto es que asume que son más de izquierda los que están, por ejemplo, por estatizarlo todo, los que descalifican la importancia del crecimiento económico, los que piensan que cualquier esfuerzo de orden es una represión injustificada, los que creen que toda acción es legítima si promueve la causa de la justicia social. Asumir que los que piensan y actúan así son más de izquierda lleva a un terrible equívoco, porque supone que lo propiamente de izquierda es ese tipo de ortodoxia. Al contrario, pienso que la radicalidad de la izquierda debe juzgarse por su capacidad de transformar la sociedad hacia estadios que se acerquen más a los ideales en los que creemos, y la experiencia nos ha mostrado que esa forma de ortodoxia que mencioné sólo lleva a resultados que están en las antípodas del pensamiento de izquierda, y se transforman en los mayores desastres para el pueblo, para la equidad y la democracia, para la libertad humana y la posibilidad de una vida digna para todos. Así como hay dos maneras de relacionar la moderación con la izquierda, también hay dos formas de entender la radicalidad. En un caso es ortodoxia y fanatismo, en otra es compromiso total con los resultados.  

Mi tercera y última observación es para reivindicar la estridencia. No aquella que se constituye en la actitud dominante o en la forma natural de aproximarse a la diferencia y de procesarla intentando aniquilar al otro. Me refiero, en cambio, a la estridencia que tensiona a la sociedad ante las injusticias, las postergaciones, los abusos, los abandonos. Esos no se hacen visibles porque un estudio los demuestre o un político proponga buenas ideas para enfrentarlos: se ven cuando alguien grita, desafía, empuja. Sin esa dosis de conflicto, la sociedad no avanza. Y el conflicto no es un mar de buenos argumentos y sabias evidencias, es una lucha de poder, que tiene algo de feo, de exagerado, de doloroso, de estridente. En Chile le tememos mucho al conflicto. Nuestro sueño es no tener que enfrentarlo jamás, y cuando se presenta, inevitable e ineludible, con facilidad confundimos esa confrontación con una contienda de enemigos. Saber pelear es tan importante como saber ponerse de acuerdo. La prisa por los acuerdos sin el arte de una buena pelea, leva a la inmovilidad. El gusto por la pelea estéril, útil solamente para autoafirmar que se está en el bando de los buenos, lleva a frustración.

Cuando se reivindica el valor de los consensos que tanto influyeron en la etapa de la transición, se olvida que descansaban en acuerdos que se hicieron en un contexto donde el conflicto estaba tan castigado (había riesgo de que volvieran los militares), era tan inútil (había binominal, designados y quorum supramayoritario, así que ganar era imposible), y los chilenos estaban tan cansados (aunque nadie lo quiera admitir, por años nadie quería más guerra, ni más marchas, ni más peleas, sólo un poco de tranquilidad). Entonces, los acuerdos de los 90 no fueron realmente acuerdos, fueron un acto de realidad de un sector que encabezó el país en condiciones muy particulares, y que tomó una opción nada de fácil: priorizó gobernar esa realidad de restricciones en lugar de testimoniar cuán desconforme estaba con ella. Lo malo fue que a algunos les quedó gustando, se acostumbraron a no pelear demasiado y dejaron de mirar a esa sociedad que entremedio cambió profundamente, tanto que al tiempo después se empezó a preguntarse ¿por qué esta gente que elegimos no pelea más por nosotros?.

Hay que hacer un poco de silencio. Escuchar esa incertidumbre que es el signo de nuestros tiempos. Calibrar el tamaño de la transformación que estamos viviendo, un verdadero cambio de era que le tocó a nuestra generación vivir. No son tiempos para los que se angustian ante las interrogantes, son tiempos para los curiosos, los desprejuiciados, los creadores. Los marcos de lo correcto, lo que funciona, lo deseable, están cambiando, y esa transformación tendrá roce, es un deporte de contacto, no es ajedrez ni salto alto. Este será un tiempo de conflictos y estridencia, será necesario para procesar los cambios, pero no tenemos por qué transformarlo en un tiempo de odios, de fanatismos y mentiras. Si abrimos bien los ojos y lo vemos de frente, dejará de ser un vacío de certezas y podremos verlo como un mar de posibilidades. Y no tendremos que gritar, podremos hablar y escucharnos.

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