Eduardo Vergara

Eduardo Vergara

Es Director Ejecutivo de Chile 21. Fue jefe de la División de Seguridad Pública del Ministerio del Interior y director del LabSeguridad.org. Fundó Asuntos del Sur. Cientista político (University of Portland) y MPA (Instituto de Estudios Políticos de París, Sciences Po). Editor del libro “Chile y las Drogas”, co autor del libro ¨De la represión a la regulación: Propuestas para reformar las políticas de drogas”. Es miembro del Observatorio de Crimen Organizado para América Latina y el Caribe (México).

Guerra contra los secundarios: Cortina de humo para ocultar la incapacidad de Gobernar

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Solo horas después del fracaso que experimentó el gobierno en garantizar la seguridad mínima para que la PSU se llevara a cabo, toma la decisión ir en contra de un nuevo enemigo. La Subsecretaría del Interior denunciará a los estudiantes secundarios que llamaron al boicot por ley de seguridad del estado. Tal y como lo hemos visto en las semanas posteriores al 18-O, el ejecutivo ha optado por desarrollar una estrategia comunicacional para indicar con el dedo a culpables con el objetivo de liberarse de culpas. Hoy, el enemigo de turno son los estudiantes secundarios que llamaron al boicot de la prueba.

Sería extremadamente injusto y poco sensato no condenar los llamados a boicotear la PSU. Es más, siendo actos que borden el fascismo y la superioridad moral, son un buen ejemplo de acciones que terminan por generar más costos que beneficios sobre la causa superior que supuestamente buscan. Que la prueba de ingreso a la universidad es un mecanismo segregado no cabe la menor duda y menos duda cabe que todo el sistema educacional chileno no es garante de igualdad y acceso.

Sin embargo, e independiente de la responsabilidad que tienen quienes llamaron a este boicot, la responsabilidad superior sobre la garantía que quienes quieran dar esta prueba la puedan dar en paz, es del Gobierno. Fue el Ministerio del Interior el que no tuvo la capacidad de hacer su trabajo y sucumbió frente a las acciones de una minoría. Es más, ya que este no fue un acto sorpresa, sino que públicamente anunciado meses antes, contaba con la información suficiente para planificar, prevenir y ejecutar acciones que perfectamente podrían haber garantizado que miles de estudiantes pudiesen haber rendido la prueba en paz. ¿Tanto costaba concentrar en pocas sedes para poder haber destinado estrategias de despliegue, perímetros de control y la presencia policial necesaria? La respuesta es que costaba bastante poco hacerlo.

Lo que quedó en evidencia, fue la ausencia de Gobierno. La inexistencia de inteligencia mínima y estrategias preventivas, o al menos la capacidad de haber elaborado protocolos previos que hubiesen permitido una preparación real para hacer frente a las amenazas de boicot de unos pocos intolerantes. La responsabilidad de la seguridad la tiene el Ministerio el interior mientras que Carabineros debe ejecutar lo que este planifica y mandata. Lo que vimos en esos dos días en que se intentó llevar a cabo el proceso, fueron coberturas policiales dispares, mientras algunos recintos contaron con perímetros y claros procedimientos, otros simplemente fueron entregados al total abandono. Incluso, los mismos apoderados en muchos casos tuvieron que asumir el rol de proteger, que le corresponde al estado.

Es así como el Gobierno vuelve a optar por la lógica de guerra, por la creación de un enemigo que terminará transformándose en un héroe, pero por sobre todo de inventar puestas en escenas para lavarse las manos de todo tipo de responsabilidad. Al final del día, es más fácil perseguir y castigar a estudiantes que hacerse cargo de su incapacidad de gobernar y garantizar seguridad.

Mientras el Gobierno siga abordando los problemas de seguridad solo con estrategias represivas y de control, y abandone su rol de prevenir, planificar y coordinar, es el mismo Gobierno el que está poniendo en tela de juicio los procesos democráticos que se vienen por delante. Su ausencia y omisión, nos está pasando la cuenta a todos y los hace hoy responsable de la profundización del miedo y la posibilidad que el caos puede volver a las calles.

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