Milena Vodanovic

Milena Vodanovic

Periodista y magíster en gestión de negocios. Hace décadas trabajó en las revistas Apsi y Solidaridad y luego en Revista Paula, medio que dirigió entre 2007 y 2015. Actualmente ejerce como profesora universitaria en la UDP y la UAH; es miembro del directorio del medio de comunicación multiplataforma Pauta y consejera de Comunidad Mujer. En los últimos años ha iniciado un nuevo camino de exploración en la creatividad. Publicó el Libro La Vida a mano (Editorial Hueders, 2016), con dibujos, bordados y estampados de su autoría, y pasa muchas horas en su taller de ceramista, construyendo piezas utilitarias y escultóricas.

Hola, soy un virus y vengo a enseñarte algo

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No me imaginé nunca que iba a escribir algo como esto. Hasta hace una semana miraba esta pandemia como algo que pasa por allá lejos  -así como el Ébola, o el Sars; o el tifus, que mata a miles en África o la malaria – o sea, como algo de lo que no tenía por qué preocuparme. Es impactante cómo lo seres humanos creamos parcelas en nuestros cerebros para que no nos importe aquello que ocurre a más de un metro. Nos volvemos voluntariamente estúpidos. Habrá que entender la razón tras ese mecanismo sicológico.

Pero de repente desperté. Ando despertando demasiado últimamente. Y es un tanto incómodo.

Abrí los ojos cuando Trump suspendió por un mes los vuelos desde Europa. Al margen de sus pillerías electorales, me di cuenta de que nunca antes en mi vida, que ya es bastante larga, había vivido algo así. Y que estamos hablando de las naciones más desarrolladas del planeta. No de las pobres, no de las olvidadas.

¿No más vuelos, por un mes, desde Europa a Estados Unidos? ¡Uy!

Entonces me di cuenta: esto es global. Y global quiere decir que nos llegará. Global implica que nos afectará. ¿Queríamos comercio global, ideas globales, moda global, redes globales, cultura global? Bueno pues, virus globales también. Tapita, como se decía en mis tiempos.

Y acá, una vez más, nos refugiamos en la  tontera. Una falta de criterio, sobre todo ABC1, que constato un poco escandalizada y que tiene dos patas: la primera es la histeria hipocondríaca: que no me vaya a dar a mí, ni a mi guagua, ni a mi hijo. Chuta, “mi mamá o mi papá tienen más de 80”. “Mi mamá, mi papá”, no todos los adultos mayores del país. “Cresta, la Andrea, la Camila venían de España y comí con ellas el viernes”. “La Andrea, la Camila”, no el descalabro comercial y total que significa la restricción de comunicación con estos países para toda la nación, para todos los chilenos. La segunda pata es la de “no va a pasar nada”. Entonces, como no quiero ser una exagerada ridícula, voy y saludo de beso porque, chuta, no puedo ser “descortés”. Celebro igual el cumpleaños, el matrimonio, la fiesta, porque “qué rico juntarse, no es para tanto”.

A ver, entiendan. Hoy la vida social es una irresponsabilidad total.

Y lo dice una fan. De juntarse. Quien me conoce, sabe.

Al final, son dos caras de lo mismo: individualismo. Incapacidad de ver este fenómeno como un suceso colectivo donde cada movimiento mío afecta al resto. No poder entender que si celebro el cumpleaños, o la fiesta, o la reunión o lo que sea, soy un agente de contagio. Que al ser un agente de contagio multiplico la velocidad de expansión de la pandemia. Que al hacerlo contribuyo a colapsar los servicios de salud y a precipitar medidas más extremas. Que ello no me va a afectar mucho a mí, total no tengo 80 años, total tengo la despensa llena, total tengo el seguro de La Alemana, o de Las Condes. Pero con una incapacidad absoluta de darse cuenta de que cada acto mío -válgame la enseñanza budista de esta peste- afecta al resto y que repercutirá sobre todo en los más débiles. Porque, si se decreta cuarentena generalizada por la falta de conciencia individual, ¿cómo van a subsistir los miles y miles de chilenos que viven al día? ¿Esos que no pueden acaparar no ya porque moralmente lo condenen sino porque simplemente no les dan las lucas para comprar más de tres plátanos, un kilo de pan y un poco de queso al día?

Somos seres básicamente egoístas acostumbrados a pensar que nuestra realidad es la de todos. Este sistema de libre mercado ha extremado ese chip absurdo: Es Italia, no es Chile. Es el Saint George´s, pero no el Santiago College. Como si el virus entendiese de esas fronteras humanas.

Como el poema de Bertold Brecht. Qué lata acordarme de ese lugar común. ¿Lo borro?

El hecho es que, por lo mismo, me han parecido débiles las medidas del gobierno. Los cambios de hábito no son fáciles de instalar. Qué importa exagerar un poco si con ello logro provocar un “click”. Más vale, en materia de salud pública, pasarse de listos que lamentar.

¿Por qué el Presidente no pudo sugerir -no obligar pues hasta que no se decrete un estado de excepción existe la libertad de reunión- pero sí “sugerir” que por dos semanas suspendamos las reuniones sociales innecesarias? Sus palabras tienen peso. Aunque esté desprestigiado y sus puntitos de apoyo sean mínimos, es la voz de la autoridad. Sus “sugerencias”, en esto, imponen conducta. ¿Por qué no pudo emitir un decreto que obligue a todo mall, supermercado, bus, tren y en los torniquetes del metro a poner alcohol gel antes de pasar? ¿Por qué no suspender las clases una o dos semanas? No sé cuán efectivo sea todo esto, pero sí que nos obliga a meternos en la cabeza que con esta pandemia no se juega.

Claro que hay que cuidar la economía y la productividad, y cómo paralizar el país y, bueno, todo eso. Pero no estamos en tiempos normales. Si fuera por los infectólogos, no se cansan de decirlo, nos meterían a cada uno en nuestras casas durante un buen rato… y ya. Algo sabrán.

Y en cuanto al test, ¿por qué no establecer como en Corea del Sur o en México, puntos externos a los establecimientos de salud, o incluso sistemas a domicilio vía llamado, para que quienes crean haberse infectado acudan sin rebalsar los hospitales y clínicas que más pronto que tarde se convertirán en paradójicos expansores del contagio?

No soy experta en salud. No tengo a miedo de que me dé coronavirus. No hablo acá desde la sicosis colectiva ni menos como aguafiestas. Pero si no se nos mete en la cabeza que este no es un problema individual, ni de mi familia, ni de mi barrio, ni de mi oficina o mi colegio, estaremos fritos. Es, igual que el calentamiento global, que la extinción de las especies, que la falta de agua mundial y que la contaminación de los océanos, un problema de todos.

Y, al igual que en esos casos, no estamos dando el ancho.

Una  vez más todos miramos nuestra pequeña parcela. Y las autoridades no nos ayudan a pensar en los demás ni a establecer nuestros límites en pos de un bien común.

Liderazgo es eso. Levantar la voz para decir que no podemos seguir jugando con las mismas reglas ni entendiendo las cosas del mismo modo porque la realidad cambió.

Y cambió.  Hay un coronavirus expandiéndose por el mundo.

Nada es igual que ayer. Eso obliga a mirar más allá del metro cuadrado, a sacrificarse un poco por los demás. A contenerse momentáneamente. Por el bien colectivo, para cuidar algo que es de todos. No solo para preservar la salud sino también la economía, la forma de relacionarnos, el intercambio cultural y mil cosas que resultan gravemente amenazadas cuando la peste señorea y la dejamos avanzar sin tenerle el mínimo respeto.

Pero parece que nada nos despierta.

Hola, soy un virus y vengo a enseñarte algo.

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