Alejandra Jorquera

Alejandra Jorquera

Muy malcriada y muy fóbica. Sobrina no reconocida de Radomiro

Hora de duelos

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Ando con un duelo pegado en la boca. Un duelo raro. Durante el día jugamos a las escondidas y me amparo detrás del estupor y una que otra risa forzada, pero el duelo siempre me pilla. A veces creo que me parezco a  un gato que se mete en una caja chica que le deja la cola al descampado esperando ser descubierto, esperando que el duelo vuelva y se me instale como patrón de fundo que toma posesión de lo que no le pertenece y sobre lo cual no tiene tutela.

Ando con un duelo que parece ceniza, catarata de cenizas. A ratos se me cuelan en los ojos y no hay agua en el mundo que me las pueda quitar. ¿De dónde vienen, cenizas malditas? No soy un crematorio, tampoco quiero serlo. No cargo con los muertos que han sido más allá de mi casa, que junto a mi infancia, es la única patria que reconozco como propia y que no necesita ni himnos ni banderas. No lo hago porque me parece que no tengo derecho a faltarles el respeto.

¿Qué es el duelo?, me he preguntado varias veces en estos días ¿Es pena en estado líquido? ¿Es acaso lo que describe descarnadamente Marcela Serrano en El manto, ciertamente el libro más dolorosamente duro y despojado de todo lo que ha escrito? ¿Es el luto eterno de miles de familias de este país condenadas hasta hoy a no saber dónde ir a llorar  a los que estando vivos les arrebataron, y de las más veinte que lloran a sus muertos después del 18 de octubre? ¿Es lo que viven todas las mañanas mi amiga Marcela y mi amiga Patricia? Probablemente sea una suma de todo y una mezcla de nada. Las emociones no se buscan en los diccionarios ni se definen bajo el alero tramposo de quien cree saber las respuestas.

Ando con un duelo que me adormece a ratos en el aturdimiento de quien siente haber caído en un silo vacío sin que nadie se diera cuenta y se resigna a que no se escuchen los gritos de auxilio.

Ando con un duelo que se niega a dejarme ser la que soy: la destemplada a la que-  hace mucho rato-  dejó de importarle lo que pensara el resto, que detesta el buenismo y que reivindica la ira, la propia y la ajena, porque en la rabia hay movimiento y ganas. Entonces vuelvo al correquetepillo y aprovecho esos segundos en que el duelo se distrae para seguir espantándome.

Maldito duelo, ¿por qué no viniste como caballero antiguo para, que en lugar de invitarme a la desazón, me llevaras a un campo abierto para batirnos como pares?

No sé si existe el duelo tribal más allá del rito y la mitología. Sí sé lo que he hecho yo con mis muertos: los he amarrado con cuerdas y solo los dejo salir un rato a dar vueltas por el aire como globos atados a mis muñecas. También me he colgado de la cosmogonía  de  los mayas,  tsetsales,  mixtecos y les he dado permiso para acurrucarse un rato como conejos que duermen en la luna. Ahí donde yo los vea; ahí donde ellos me vean a mí.

Pero hoy no se trata de ellos, aunque siempre se trate de ellos porque me dictan, me retan o se aburren mientras leen lo que escribo en este momento. Este duelo es distinto; no es ovillo ni posición fetal. Es seco, ripioso. Es mudo o yo estoy sorda, porque no nos dirigimos la palabra ni nos dejamos notas pegadas en el refrigerador.

No tengo veneno para matar este duelo que no me deja hacer el luto ni vestirme de negro. Tampoco distingo el hueco por el que se me escapó la pérdida, porque hasta ahora no tengo más pérdidas que las que ya viví.

Ándate luego, duelo cabrón, pienso, mientras busco mirra, almizcle, carbones, piedras y apago por un rato, solo un rato, el televisor.

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