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Hugo Herrera en La Segunda: La presidencia y el pueblo

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Contenido publicado en La Segunda.

Ante la crisis de octubre, hay quienes piensan que el problema está en la Presidencia de la República y que se debe dar más poder al Congreso. Es menester, sin embargo, distinguir: la Presidencia y la persona del presidente.

La Presidencia es la única institución capaz de representar al país en su conjunto. Sus formidables competencias le permiten mantener la conducción política incluso en la crisis, algo de lo que el Congreso no es capaz. Consta que los períodos de despliegue nacional coinciden con una Presidencia fuerte. El tiempo del predominio parlamentario (1891-1925) fue comparativamente decadente y produjo una crisis honda.

El desempeño pertinente de la Presidencia requiere, sin embargo, lucidez sobre la institución y su tarea. Su labor fundamental es: «producir legitimidad» gracias a reformas y un discurso que expresen los anhelos y capacidades del pueblo. Se logra esa tarea y puede esperarse un despliegue nacional en los demás ámbitos, espirituales y materiales. Se incumple la tarea y el malestar se acumula, el pueblo deviene rebelde y el despliegue nacional se torna imposible.

En la falta de lucidez sobre esa labor básica de la Presidencia de la República cabe radicar los fracasos políticos de Piñera en 2011 y 2019. Asumió el cargo sin entender los alcances de su labor, circunscribiendo su acción al orden público y la gestión económica.

Un papel fundamental lo juega la visión de mundo del presidente. En la derecha está enquistada una concepción liberal extrema, para la cual el pueblo no existe y la sociedad es una aglomeración de individuos separados que ha de ser articulada mediante el mercado y un Estado eminentemente gendarme.

Tan estreñida visión permite explicar la actitud de Piñera ante la crisis de octubre: más que a reconocer el desajuste entre el pueblo y la institucionalidad, y a conducir la crisis proponiendo reformas generosas y un discurso integrador, quedó sumido en cuestiones de orden público. Tuvo que venir un militar a moderarlo y el Congreso (diseñado para discutir, no para conducir) a abrir la vía constituyente.

Reconocer al pueblo como fuerza difícil de auscultar y dinámica; al pueblo como experiencia de participación y significado; al pueblo como un conjunto de personas vinculadas por una mentalidad compartida y un destino histórico al que pretenden pertenecer; al pueblo abandonado por un Estado que no cumple labores fundamentales de integración; al pueblo como una fuerza eventualmente irreprimible, capaz de voltear un sistema político; reconocer a ese pueblo es condición de un desempeño pertinente de la Presidencia de la República.

Un pensamiento más amplio, consciente de la tarea comprensiva y conductora de la Presidencia, es condición de que la continuidad de la derecha en el poder signifique una contribución a los destinos del país en el momento de crisis epocal en que se halla.

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