Juan Enrique Pi

Juan Enrique Pi

Abogado, 35 años, sudaca militante y entusiasta de la historia. Los fundamentalistas le dirán que soy un funcionario de la dictadura gay, pero solo quiero un país justo, donde podamos ser libres y vivir en paz.

Identidad de género y nuevos desafíos

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El pasado 27 de diciembre comenzó a regir la ley de identidad de género en el país, una normativa de crucial importancia en materia de derechos humanos, que afianza la autodeterminación de las personas como un valor fundamental de la vida en sociedad. A través de esta normativa las personas trans pueden, desde hace una semana, adecuar sus documentos de identidad mediante un procedimiento específico y reglado, que no requiere pruebas ni está sometido al criterio de jueces y tribunales para su aprobación.

Respecto a la ley misma, y más allá de los procedimientos que establece para la adecuación de documentos, la normativa determina garantías asociadas al ejercicio del derecho a la identidad de género, asimismo como principios que rigen su aplicación. Estas definiciones de la ley no son baladí, y de hecho, son uno de los aspectos fundamentales que muchas organizaciones de la sociedad civil insistimos en defender y aprobar de manera transversal. En materia de principios, probablemente el más importante es el de no patologización, que establece como aspecto primordial que las personas trans no puedan ser tratadas como enfermas, alinéandose de esta forma con las posiciones que distintas disciplinas, sociales y científicas, han adoptado sobre el asunto. A este principio se suman los de no discriminación arbitraria (incluso la ley agrega la expresión de género como categoría sospechosa en la ley antidiscriminación), de dignidad de trato, de confidencialidad, de interés superior del niño y de autonomía progresiva. Algo similar ocurre con las garantías consagradas: la ley establece como un derecho de todas las personas (y, por tanto, no como una mera cordialidad de terceros o del Estado) el ser reconocidas e identificadas de acuerdo a su identidad y expresión de género, y al libre desarrollo de su personalidad conforme a dicha identidad y expresión, permitiendo así su mayor realización posible.

Sin embargo, esta no es la única normativa que existe en el país relativa a la identidad de género, sino que viene a determinar el marco general que es aplicable a ésta como un elemento constitutivo de la identidad de las personas, y sobre el cual ya se habían manifestado distintos poderes del Estado.

En esta línea, el poder Ejecutivo ya había dictado en 2011, a través del Ministerio de Salud, una circular sobre el respeto a la identidad de género de las personas trans en consultorios y hospitales; en 2017, la Superintendencia de Educación hizo lo mismo respecto a establecimientos educacionales (públicos y privados) y estudiantes trans; y en 2019, la Superintendencia de Salud hizo lo propio respecto a las aseguradoras. Toda esta normativa, emanada desde el Ejecutivo, fue realizada por distintos gobiernos y en distintos momentos de la discusión del proyecto que hoy es ley vigente de la República, y por tanto, la forma y el contenido de cada uno difiere, en mayor o menor medida, de lo aprobado en la ley de identidad de género. Un buen desafío desde el Ejecutivo sería actualizar las circulares que han quedado debajo de la línea de respeto y dignidad que ha determinado la ley, para así expandir su ámbito de aplicación y protección; asimismo como identificar otros derechos respecto de los cuales las personas trans estén viviendo situaciones de vulnerabilidad o discriminación, tales como vivienda, trabajo, fuerzas armadas, privación de libertad –entre otros-, donde se requiera una orientación del Estado en las líneas que ha establecido el legislador y los tratados internacionales. Sin duda que la vigencia de esta ley es un gran paso en dignidad, reconocimiento y protección de derechos humanos de las personas trans, pero de ninguna forma ha agotado los esfuerzos que el Estado debe hacer para seguir buscando asegurar un mínimo de bienestar y dignidad para su ciudadanía.

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