Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Incertidumbre y miedo

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Todo se ha vuelto incertidumbre, miedo, todo es un tanto surrealista. Todo ha cambiado.

Escribo estas líneas después de diez días de cuarentena voluntaria, y a horas que se decrete la cuarentena obligatoria en comunas del sector oriente de la capital, lo que significará, al menos, siete días más encerrado.

Un tercio de la población mundial a estas horas se encuentra en sus casas en confinamiento.

Lugares tan distantes como Chile, Costa de Marfil, India, España, Rusia encuentran a 2.600 millones de personas varadas en sus hogares, confinadas a su espacio más íntimo, solos o con sus familias, con miedo, con angustia, sin saber si podrán sobrevivir el mes que viene, si estarán enfermos o no.

Nunca, desde la II Guerra Mundial, se habían suspendido en tiempos de paz los Juegos Olímpicos. Ni los ataques de Munich en 1978 lo lograron con el asesinato del equipo israelí. Hoy Tokio 2020 se transforma en un lejano sueño que ya ha sido postergado para 2021, por solo mostrar un detalle de la excepcionalidad de este momento en la historia mundial reciente.

La economía del mundo se detiene y se proyecta en una recesión de la que costará mucho salir, pero lo más dramático no es por lejos aquello.

Miles de personas mayores en Europa firman documentos que comparten por correos electrónicos solicitando no ser conectados a ventiladores mecánicos en caso de enfermar para privilegiar a gente joven, otros no pueden despedir a sus muertos, aparecen macabras órdenes para comprar cientos y miles de bolsas para guardar cadáveres que son sepultados sin la dignidad mínima solos, sin nadie que les un último adiós.

El asesino anda suelto, no lo vemos, es microscópico, y quedamos impávidos ante la vida, absolutamente expuestos a nuestra finitud y fragilidad, a la enfermedad, al encierro, a las noches en silencio.

Silencio, la ciudad suspendida en la noche. Silencio. El tiempo se vuelve más lento, estamos detenidos ante nuestra pequeña humanidad, escuchamos nuestras pulsaciones, pensamos en esa muerte que se pasea impasible e invisible a nuestros ojos. Cruzamos miradas, evitamos encontrarnos.

Las certezas construidas se derrumban. El mercado regulador de una sociedad de consumo cede paso a la necesidad de la protección de un Estado jibarizado al mínimo en las últimas décadas en Chile, nos sentimos aún más lejos, hay menos comunidad, nadie nos sostendrá si todo cae.

Sentimos lo que otros no sienten en otras latitudes, donde el Estado de Bienestar se ha preocupado por años de prepararse para enfrentar no solo la crisis, sino la normalidad en forma, con ayuda, con apoyo y preocupación por la sociedad, por todos.

Los sacerdotes del neoliberalismo en Chile nos han enseñado a “elegir” y a garantizar dicha libertad. El derecho a elegir como consumidores se desmorona. Los que podemos elegir somos unos pocos y eso se desnuda con la más brutal de las injusticias, nos golpea en la cara para decirnos que algunas vidas valen más y otra menos, algo que subyace un subtexto macabro de esta sociedad de consumo.

Algunos pueden y podrán siempre elegir, pase lo que pase, otros podremos hacerlo un par de semanas más escondidos en nuestras casas. Otros, la mayoría no tienen derecho a alguno a elegir, tendrán que seguir confinados en el transporte público mañana temprano, exponiéndose, exponiendo a los suyos, porque al final del día no habrá nada para echar a la olla.

Más que nunca, como si la realidad nos golpeara con toda su fuerza se encarna con más fuerza la necesidad de repensar lo que hemos venido haciendo, lo que hemos creído y pensado hace mucho.

Urge como nunca un Estado moderno y democrático, con garantías aseguradas, un Estado de Bienestar, con capacidad de reaccionar con fuerza ante la especulación, el vicio moderno de algunos, la ludopatía bursátil y el abuso de precios, que pueda ayudar en tiempos de total crisis a todos, que mire el bienestar de la sociedad y no de lo poco que puede hacer constreñido en sí  mismo, es tiempo de volver a la comunidad y a educarnos en la misma.

No se trata de un Estado controlador, ni menos planificador, ya no estamos para nostalgias. Se trata, en síntesis, de un Estado pragmático, capaz de dar una oportunidad a quienes no tienen derecho a elegir, porque ese derecho no lo han tenido nunca y asegurarnos, al menos en parte, a pensar en mañana, en que no tendremos que exponernos para ganarnos el pan del día.

Todo deberá cambiar después de esta crisis. No hacerlo será conducirnos al suicidio colectivo. No es casualidad. El cambio climático nos venía dando el primer campanazo, éste es otro más.

En este momento de soledad para cada uno, busquemos un espacio de pensamiento que en éste confinamiento de fecha incierta de salida, nos ayude a entender que la libertad no solo es relevante para vivir, sino para hacerlo con dignidad y volver a mirarnos como seres frágiles y pequeños.

Ojalá de todo esto algo de esperanza renazca al final del túnel, aún es pronto para saberlo.

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