Pablo Velozo

Pablo Velozo

Abogado de la Universidad de Chile. Magíster en Dirección de Personas y Organizaciones de la Universidad Adolfo Ibáñez. Socio fundador de ANVE abogados. Ex secretario general y ex presidente del Tribunal Supremo del Partido Socialista de Chile.

Intento por no repetir lo obvio

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Es muy difícil, en estos momentos, escribir sobre lo ocurrido en los últimos días sin insistir en los lugares comunes que circulan por todas partes.

Intentémoslo y comencemos por desmentir algunos mitos, tales como “en Chile NO pasan estas cosas”. Y las matanzas periódicas de obreros y trabajadores, Santa María de Iquique, la matanza del Seguro Obrero, la de Puerto Montt, y tantas otras. Es decir, protestas sociales, la mayoría pacíficas, que terminaron en matanzas.

Sigamos con la sucesión de gobiernos, asonadas y golpes de estado en los dos periodos llamados de “Anarquía”, tanto en el siglo XIX como en el XX. Las guerras civiles de 1851 y de 1891, y rematando con el bombardeo de La Moneda, la muerte en ésta del Presidente de la República y el inicio de una barbarie permanente que duró 17 largos años.

Es decir, el enfrentamiento y el levantamiento en Chile, han sido una constante histórica. Y los últimos años, la salida masiva de los escolares (los pinguinos) el 2006, los saqueos violentos y continuos en la región del Bio Bio después del terremoto y la marcha permanente del 2011, por nombrar sólo algunas.

Otro aspecto, es que no queremos hacernos cargo que la gran mayoría de los chilenos teníamos cierto grado de conciencia que vivimos en un equilibrio muy frágil, y a todos nos aterroriza correr el tupido velo que todos cultivamos para no ver lo evidente; esto es, que la especie humana está lejos de superar los impulsos rancios, pues seguimos y seguiremos sintiendo la pulsión de la violencia.

A eso sumémosle que hace mucho tiempo que los ciudadanos vivimos en una contradicción muy fuerte, a saber, que ya nadie cree en las soluciones colectivas a los problemas comunes, se desprecia la capacidad de contener, encauzar y dar respuesta por parte de los Estados, los gobiernos, de la política; en definitiva, a los problemas de la vida en sociedad.

Y por otro lado, exigimos a todo pulmón que el Estado haga lo que debe hacer, pero descreemos de él, de sus motivaciones y posibilidades, al punto que en nuestra conducta cotidiana pareciera que lo despreciamos. Es decir, esperamos y deseamos la acción de aquello que repudiamos y desconfiamos. Es así como una de esas problemáticas que negamos, pero de la cual requerimos solución, aunque a la vez estemos convencidos que no la tiene, es la ira social que generan estos niveles de desigualdad, injusticia y pobreza que campean en Chile. Esa misma, dicho sea de paso, que hoy nos explota frente a las narices.

Los tumultos, desordenes y actos muchas veces brutales, nos despiertan hoy de la siesta, corriendo por escasos momentos el tupido velo, para que todo vuelva a empezar. Y de nuevo comenzamos a subir la piedra hasta la cima para, como lo expresara Ortega y Gasset en su visita a nuestro país en la década del treinta: tiene este Chile querido algo de Sísifo, ya que como él está condenado con su esfuerzo a levantar 100 veces, lo que también 100 veces se destruyó.

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