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Iván Jaksic en El Mercurio: “La historia intelectual permite debates con más peso”

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Por Juan Rodríguez M. // Contenido publicado en El Mercurio

Iván Jaksic (Punta Arenas, 1954), reconocido hace algunas semanas con el Premio Nacional de Historia, descubrió la belleza en el liceo, en la Escuela Industrial Superior de Puente Alto, donde estudió para ser mecánico industrial. Descubrió la belleza y un afán de buscar las conexiones entre las cosas. ‘Resulta que uno, en el trabajo mecánico, une la abstracción con la manualidad, y cuando realmente llega a hacer algo, llámese un tornillo o un engranaje, tiene que ser perfecto, en el sentido de la precisión. Porque sin esa precisión, hay un descalabro, un motor no puede funcionar con un engranaje que tenga un diente más corto que el otro. Ahí, en esa manualidad, encontré una fuente de belleza’, recuerda.

En 1971, Jaksic entró a estudiar Filosofía al Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. El golpe de Estado de 1973 interrumpió ese camino. Partió al destierro, primero a Argentina, luego a Estados Unidos; trabajó como mecánico, carpintero, descargando vagones de trenes y limpiando casas, para pagar sus estudios. En Estados Unidos se doctoró en historia con una tesis sobre la filosofía chilena, que luego convirtió en el libro ‘Rebeldes académicos. La filosofía chilena desde la Independencia hasta 1989’.

En esa obra, publicada en 1989 en inglés y en 2013 en español, Jaksic logró conectar la filosofía y la historia, las ideas con su despliegue en la realidad. Desde entonces, y todavía hoy como director del Programa de la Universidad de Stanford en Santiago, y como presidente del Consejo Académico del Centro de Estudios de Historia Política de la Universidad Adolfo Ibáñez, ha cultivado y promovido la historia intelectual.

Orden y quiebre
Cuando investigaba sobre la filosofía chilena, Jaksic leyó a Andrés Bello. Por supuesto que conocía al autor venezolano, probablemente el intelectual más importante de Hispanoamérica, pero lo conocía como se hace con los próceres: ‘Como decía Joaquín Edwards Bello, era un bisabuelo de piedra’, dice. Conversando con el historiador estadounidense, especializado en historia de Chile, Simon Collier, Jaksic se convenció de profundizar más en Bello. Hacía falta una nueva biografía. Y así, investigando su obra y su vida -en Venezuela, Inglaterra y Chile-, descubrió la carne y el espíritu bajo la piedra.

De ahí salió ‘Andrés Bello: la pasión por el orden’, un libro que muestra la unidad o sentido global de la obra del intelectual venezolano, desde la gramática a las leyes, desde la filosofía a las ciencias, desde la poesía a la historia, desde la política a la educación. Como en el liceo, Jaksic buscó las conexiones entre las cosas, entre las distintas áreas del saber y del hacer. ‘Todo este afán mecánico de conectar las cosas’, dice, y ríe, ‘me llevó a ver la íntima conexión entre los diferentes intereses de Andrés Bello’.

Aunque también se podría mirar el asunto al revés: como si, retrospectivamente, Bello le hubiese dado sentido al camino de Jaksic: ‘Ese aspecto de su pensamiento me remite a una experiencia muy vital, de siempre querer conectar el conocimiento, el pensamiento con un mundo muy diverso; y entendiendo, también, que de pronto no hay conexión posible, y que hay rupturas. Por eso a Bello también le interesaba muchísimo el tema de la física, tiene varias anotaciones, en el sentido de que no todo tiene un orden divino, sino que también hay acontecimientos en la naturaleza que de repente rompen algo, o interrumpen; cae un meteoro y se acabaron los dinosaurios. Se trata de estar consciente de eso, de que hay un orden, pero que es un orden que puede disolverse, que puede desintegrarse, hasta que la naturaleza misma vuelve a un equilibrio. Eso es lo esencial en Bello y es lo que, modestamente, he vivido como una experiencia de vida y lo que me conecta con su pensamiento’.

-En el prefacio de ‘Andrés Bello: la pasión por el orden’, cuenta que la afinidad con él cristalizó al descubrir que, como usted, pasó dos décadas fuera de su país y lejos de su idioma. Él, exiliado en Inglaterra; usted, en Estados Unidos.

‘Empezando a leer las diferentes biografías que había sobre Bello, me di cuenta de que teníamos exactamente la misma cantidad de años en un ambiente anglosajón. Eso genera una serie de preguntas acerca de la adaptación, sobre el lenguaje, pero también sobre la separación, el destierro, que son cosas que uno trata de olvidar, no simplemente por entusiasmarse con el ambiente en el que uno está, sino para poder funcionar; uno trata de no vivir y revivir una y otra vez lo terrible que es el destierro. Y entonces, claro, haciendo esa reflexión me encontré con otro Bello. Un Bello reflexivo, impactado humanamente. Eso era lo que me faltaba, era el vínculo que necesitaba y de ahí me lancé, digamos, me puse a estudiar a Bello seriamente, y me tomé todo el tiempo necesario, diez años’.

Un autor colectivo
Una parte importante de su labor la ha desarrollado Jaksic en colaboración o coautoría, incluso a nivel internacional. Lo más reciente en ese camino es la edición de los cuatro volúmenes de ‘Historia política de Chile, 1810-2010’, donde confluyen distintos investigadores de diversas disciplinas, incluida la economía. Ya no es tiempo del gran autor, cree Jaksic, ese que por cuenta propia escribía historias generales. ‘Si tomas, por ejemplo, la historia de Francisco Encina, te diviertes con todas sus anécdotas y te enojas por su interpretaciones psicológicas peregrinas, de amateur. Pero al final de cuentas llegas a la conclusión de que por monumental que sea esa obra, y por informativa que sea, es la perspectiva de un historiador. Hoy lo que se requiere es consensuar’, dice.

‘En esta colección de los cuatro tomos -agrega-, una de las cosas que hubo que enfrentar fue el tema de la periodización, porque la periodización en economía es diferente a la de la política. Menciono simplemente como un ejemplo, pero hay muchos otros a propósito de dialogar con otras disciplinas. Así es que lo digo con profunda convicción: hoy un proyecto a lo Francisco Encina no es viable. Estábamos educados en la autoría, la autoría como algo individual, cuando hoy la autoría es algo más colectivo. Me considero una especie de historiador colectivo’.

-Al lado de otras tradiciones, como la historia social, que ha tenido más peso en Chile, ¿qué singularidad aporta la historia intelectual? O, al revés, ¿qué se pierde sin esa mirada?

‘El debate de las ideas, sobre todo en coyunturas, como la que estamos viviendo ahora, cuando estamos discutiendo acerca de una Constitución. Bello llegó a Chile inmediatamente después que se había promulgado la Constitución de 1828, que desembocó en una guerra civil. Hay un momento constituyente, los liberales están excluidos. Pero hay un debate de ideas, están aquellas más cercanas a un sistema monárquico, otras, a un sistema más republicano. Allí es donde un historiador intelectual, versado en teoría política, se pregunta por el origen de estas ideas. Para mí eso es un hilo conductor que nos trae hasta el presente. La historia intelectual no proporciona recetas, no hace propuestas específicas, pero sí nos permite hablar, por ejemplo, de una tradición reformista en el país, o entrar en los debates intelectuales con algo de peso teórico’.

-¿Sería importante discutir, por ejemplo, a propósito de la coyuntura constitucional, qué se entiende por neoliberalismo, o los Chicago Boys?

‘Exactamente. De hecho, en la prensa se está reflejando un mundo de ideas. Salió hace poco, en la página A2 de ‘El Mercurio’, una columna con cuatro autores, incluyendo a Sergio Urzúa, que se pregunta qué quieren decir con los Chicago Boys o qué significa neoliberalismo. Cuestionar ciertos términos, porque están desgastados o distorsionados, es parte muy importante de la claridad conceptual que debemos tener. En la Constitución de 1833 el tema del mercado no era el más relevante, quizás el comercio exterior. En cambio, hoy toda la filosofía que hay en torno al mercado es un tema que tiene que ser discutido’.

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