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Javier Sajuria, en La Tercera: Cancelar y reflexionar en espacios universitarios

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Por Javier Sajuria // Contenido publicado en: La Tercera

Para analizar la supuesta cultura de la cancelación en las universidades, tenemos que partir preguntándonos a qué nos referimos. Si por cancelación estamos hablando de que hay discursos prohibidos, visiones acalladas o personas censuradas, entonces la respuesta es sí. Si, en cambio, nos estamos refiriendo a la nueva tendencia en EE.UU., en que las personas son expuestas por declaraciones ofensivas que pueden haber hecho en el pasado, entonces la respuesta también es positiva, aunque en menor medida. Lo importante es destacar que ambas actitudes -o cancelaciones- presentan problemas al funcionamiento de la universidad.

Las universidades chilenas han tenido que recorrer un largo trecho desde ser espacios profundamente elitistas a espacios más diversos. Pero ese proceso no siempre se ha dado de la mano de una reflexión sobre las estructuras de poder de sus campus. Por ejemplo, no obstante que hoy componen una parte mayoritaria de la matrícula y que llevamos más de 120 años de mujeres graduándose de universidades, hay solo una mujer rectora en las 18 universidades estatales; ese número aumenta a dos si miramos las 30 universidades del Cruch. Asimismo, las mujeres tienen menos oportunidades de llegar a los cargos más altos de la carrera académica.

Las protestas feministas de 2018 son probablemente el mejor reflejo de estas estructuras de poder. Por meses, mujeres se tomaron los campus universitarios de todo el país para reclamar por la discriminación constante que recibían de académicos e instituciones.

Ejercer poder en el espacio académico tiene una serie de beneficios, entre ellos, una protección especial para plantear posiciones o críticas sin temer por nuestro trabajo. En esa libertad se basa la noción de que la universidad es un espacio de debate libre. Pero esa libertad, como todas, tiene límites y consecuencias. Su ejercicio no tiene el beneficio de convertir a nuestras opiniones en irrefutables o libres de críticas, sino que, todo lo contrario. Asimismo, para que sea un verdadero intercambio fructífero, debe ocurrir en espacios donde prime el respeto y la no discriminación.

Los recientes casos en Chile que han llamado la atención se refieren, en gran parte, a académicos que han manifestado opiniones ofensivas o, en algunos casos, abiertamente abusivas. La discusión nacional sobre cultura de la cancelación no ha sido sobre casos como el del profesor Croxatto, expulsado de la PUC por su defensa de la píldora del día después, o las expulsiones de los teólogos Van Treek o Costadoat de la misma casa de estudios por razones ideológicas. No, la discusión ha sido por profesores que, en uso de su poder, han hecho comentarios ofensivos o discriminatorios. Pretender que esos casos pasen desapercibidos es tratar de igualar la libertad académica con la impunidad.

Lamentablemente, la realidad es más compleja que estos casos. Y en eso radica el principal problema de la llamada de la cultura de la cancelación. El fenómeno norteamericano muchas veces lleva consigo una falta de reflexión sobre los contextos en los cuales se dan ciertos hechos u opiniones.

Es por eso que la pregunta sobre la libertad académica es una sobre la capacidad de ser reflexivos. Por parte de los académicos, se trata de reflexionar sobre cuáles son las estructuras de poder desde las que nos paramos. En simple, cómo podemos construir realmente espacios de libre debate de ideas donde quepan todos y todas, no solo los privilegiados de siempre.

Por parte de estudiantes y otros miembros de la comunidad académica, la reflexión requiere pensar el mundo fuera de posiciones maniqueas. O creer que el único parámetro para medir el pasado es el presente. Para criticar aquellas posturas que pueden generar opresión, es importante comprenderlas en su entorno y contexto, no solo anularlas y desconocerlas.

El desafío está presente y es una tensión ineludible y necesaria. La universidad, y la sociedad, tiene que crecer hacia un ideal de diversidad y respeto. Y el primer paso es discutir sobre los privilegios desde donde se plantea ese debate. Bienvenidos.

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