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Javier Solana, en El País: “En el mundo de hoy necesitamos cooperación, pero obtenemos confrontación”

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Por Jesús Ruiz Mantilla // Contenido publicado en El País

u mentalidad científica le lleva a la concreción más que a la abstracción. Aplica principios y reglas matemáticas a la siempre difusa línea de la diplomacia. ¿Su fórmula? Nunca llegar a situaciones límite en la mesa de negociación. Pero en algunos casos ha visto cómo la ecuación rompía el equilibrio del mundo, caso de la guerra de Irak. No existe un político español con el currículum internacional de Javier Solana (Madrid, 1942). Tras haber sido el único ministro que sobrevivió en diferentes carteras a todos los Gobiernos de Felipe González, fue nombrado en 1995 secretario general de la OTAN hasta 1999, en tiempos donde se jugaba la congelación de la Guerra Fría. Después ocupó durante una década el cargo máximo en la política exterior y de seguridad de la Unión Europea hasta 2009. En ellos fue testigo de la guerra de los Balcanes, influyó en los tableros de Oriente Próximo, posibilitó con Obama el pacto antinuclear con Irán que Trump se cargó nada más llegar, impulsó la ampliación de la UE, desempeñó un papel fundamental con Rusia en relación directa con Putin mientras lidiaba con los presidentes de Estados Unidos. Hoy contempla el panorama inquieto. No le gusta la actual bipolarización española, que cree producto de la global. De su fórmula basada en la cooperación hemos pasado al desequilibrio de la confrontación, dice. Acaba de sobrevivir al coronavirus y nos recibe en su despacho de presidente del Patronato del Museo del Prado con mascarilla, pero dispuesto a lanzar a la pinacoteca a su segunda gran ampliación en el siglo XXI en la apuesta del Salón de Reinos.

Pregunta. En su estancia en el hospital para afrontar el coronavirus dice que la música le ayudó mucho.

Respuesta. Sí, mira, se lo dije a Rosa Torres-Pardo, buena amiga y magnífica pianista. Además, estoy suscrito a la Filarmónica de Berlín: retransmiten los conciertos estupendamente. Había momentos en los que tuve buena capacidad de concentración. Escuchaba música y leía. Tuve la prevención de meter en la maleta el Kindle y el iPad. Era plenamente consciente y estaba atento además a lo que se hablaba. Tuve una suerte tremenda con el equipo del Ramón y Cajal. Pese a los dos ingresos en la UCI, no me inquieté; he pasado mucho por los quirófanos.

P. ¿Es usted buen enfermo, entonces?

R. Muy buen enfermo. Hago lo que me mandan. No guardo recuerdos dramáticos. Me parece que la enfermedad es parte de la vida. Lo asumo con una cierta naturalidad, aunque fundamentalmente soy muy sano, deportista y activo.

P. Pero usted, como científico, querría entender al ­detalle qué le ocurría.

R. Sí, y lo llegué a entender. Además, en este momento de mi vida, tras dejar todo lo que he dejado atrás, he vuelto, de manera importante, a la ciencia. De joven yo tuve un objetivo: ser catedrático en la universidad. Sentía gran amor por mi padre: fue expulsado, pero le recuerdo con su bata blanca. Era químico. Yo hice las dos carreras: Física y Química. Estuve fuera, volví cuando se crearon las universidades autónomas y lo hice de la mano de Nicolás Cabrera, hijo de don Blas, con quien estaba en Estados Unidos. En esa época buscaban recuperar cerebros y tuve la suerte de regresar con él. Él sí era un cerebro, que se trajo su cerebrito; en este caso, a mí.

P. Antes de la pandemia poníamos mucho el foco en la tecnología, pero la necesidad nos ha devuelto a la ciencia. ¿Estaba injustamente abandonada?

R. La ciencia siempre lo necesitará. En España lo llegó a tener. Al menos mientras fui ministro de Educación, porque debíamos ganar muchos años de retraso y nos concentramos en eso. La ciencia es todo: incluso este bicho monstruoso. Hoy, con dos datos ya le han puesto hasta nombre. Sabemos quién es y cómo. La vacuna llegará, con cautela.

“Viví una parte bonita de nuestra historia. No estoy muy contento con el panorama político hoy. Ni en mi país, ni en otros sitios. Me gustaría ver una España más serena, más constructiva”

P. Hablaba antes de su padre, don Luis Solana. Le marcó para que usted luego se comprometiera en la lucha por la democracia. ¿Cuánto ha pensado en él ahora?

R. Es una sensación curiosa. No sé si necesito pensar tanto en él porque realmente forma parte de mí. Yo decidí ser científico, sin duda, por las conversaciones que mantenía con él. Fue un hombre muy tranquilo, pacífico, extraordinario conversador y discreto. Recuerdo que me hacía experimentos en la cocina. A mí, de todas formas, cada vez me sorprende más quien mira hacia atrás y encuentra claves a su vida. Yo soy un científico. Las cosas son como son. Un 80% depende de dónde hemos nacido: en qué país y en qué entorno. Es algo terrible e injusto, pero resulta muy difícil cambiarlo, y el esfuerzo que requiere no se hace.

P. Malo, pues.

R. En efecto. Yo soy una persona muy cariñosa, a lo mejor a algunos les puede parecer que no, pero no finjo el cariño: me sale. Me gusta la gente, me gusta tertuliar, escuchar. Me siento parte de una gran comunidad: la especie humana. Pero tenemos que darnos cuenta de algo. Todo lo que existe en el universo es una composición de aproximadamente cien cosas, el sistema periódico de los elementos. Las combinaciones entre ellos producen el virus que nos afecta y el cerebro que lo combate. No hay más. No nos hagamos líos. Podríamos pensar que existe antimateria, pero, si es así, la podríamos visualizar a través de los espectros de la luz. Creo que no hay más que eso. Si partimos de esta base, tenemos gente buena o mala. Pero somos todos lo mismo.

P. Habla usted de la bondad y la maldad. ¿En el ámbito de la ciencia se sintió entre lo mejor y en la política de lo contrario?

R. Yo he sentido la miseria humana en el conflicto. Después de la caída del Muro parecía que nos encaminábamos a un periodo de paz universal, pero duró bastante poco. Surgieron los conflictos en los Balcanes, Irán, en Oriente Próximo, los genocidios en África. Conocí a Milosevic, a Karadzic, tuve que hablar con ellos.

P. ¿A ellos se refiere al hablar del mal?

R. Bueno, no es que el mal estuviera en ellos.

P. ¿Ni como personificación de una ­corriente?

R. Es que entramos en temas que…

P. ¿Demasiado abstractos para una mente científica como la suya?

R. Difíciles de canalizar… Yo me siento una partícula.

P. Importante en la reciente historia de España.

R. Bueno… Pero conforme me voy acercando a mi fin, más me siento una partícula.

P. Usted entró en política para transformar a mejor las cosas. ¿Experimentó pronto un desengaño?

R. Los primeros años me resultaron muy ilusionantes. De un gran entusiasmo, pero no personal, colectivo. Me tocó vivir una parte bonita de la historia de España.

“La Unión Europea ha reaccionado mejor que en la crisis de 2008. Estamos muy afectados a partes iguales y debemos salir de ello en pie de igualdad. Una salida común y equilibrada”

P. ¿Hemos pasado de una dinámica constructiva a otra plenamente destructiva?

R. No estoy muy contento hoy. Para empezar, entonces éramos todavía un país extraño. No formábamos parte de la Europa unida. Vale la pena mirar y examinar de dónde venimos. Los cambios han sido extraordinarios. La gente no quería regresar atrás. El contexto hizo posible una actitud, ahora la actitud no la entiendo. Pero ni en mi país, ni en muchos otros sitios. Me gustaría ver una España más serena, más constructiva, sí. Hemos logrado momentos muy buenos y deberíamos hacer un esfuerzo por recuperar eso que nos hizo pasar de la autarquía a la globalización. Si hoy no formáramos parte de la UE, qué sería este país. Puntos suspensivos…

P. ¿A qué se debe esa, digamos, ruptura generacional?

R. Es cierto que existe. Nos hemos ido separando demasiado. Observo cortes profundos.

P. Para resolverlo, si antes el contexto dio lugar a una actitud, ¿no deberíamos construir una actitud ahora que desembocara en un mejor contexto?

R. Es que el contexto de ahora, polarizado, es global. La tecnología nos ha aportado cosas buenas y malas. Ha aumentado la desigualdad. Y eso genera tensión. Es muy malo. El desarrollo debe ser siempre inclusivo. ¿Qué echo en falta respecto a nuestro país? Existió un pacto social. Lo hemos perdido. La desigualdad crece.

P. ¿Cómo se ataja?

R. Los grandes problemas son globales. El agua, las pandemias, el cambio climático, el dinero… Deberíamos establecer un acuerdo en torno a eso, coordinarnos para ello en estructuras globales. La Unión Europea lo hizo. Los bienes públicos deben gobernarse con esa perspectiva. Hay cosas que se gestionan de esa manera muy ejemplar: el espacio aéreo. Pues eso, no somos capaces de hacerlo a pie de tierra, en la energía o la sanidad.

P. ¿Cree que tal aspecto, tras la pandemia, cambiará?

R. Soy un optimista, creo que sí. Debo creer que sí.

P. Usted formó parte de la llamada Acta Fundacional que acabó con los bloques de defensa en Europa y dio lugar al fin de la Guerra Fría. ¿Hemos vuelto a la antigua dinámica ahora con Rusia?

R. Yo negocié aquello con los rusos, junto a Primakov. Y acabó con lágrimas en los ojos. Las relaciones entre el mundo occidental y Rusia creí que iban a ser más constructivas. Y de que no haya resultado así tenemos la culpa todos, pero un poco más nosotros que los rusos.

P. ¿Por qué?

R. En una conversación que tuvieron Clinton y Bush durante su traspaso de poderes, y que yo presencié, el entonces Bush electo le dijo al saliente que sus objetivos en política exterior eran Sadam Husein y la defensa nuclear. Ahí dejó claro que no lo harían conjuntamente con los rusos.

P. ¿Con la intención de humillarlos?

R. De ser superiores. No considerarles a la altura. Las dos cosas las hizo además sin contar con el Consejo de Seguridad de la ONU.

P. ¿En una dinámica de desprecio?

R. Todo ese acuerdo entre Rusia y Occidente, que se dio en el Acta Fundacional y siguió con el G20, se rompió. Fue en una Conferencia de Seguridad en Múnich, en 2007, cuando Putin lo avisó: así no vamos a seguir. Deberíamos haber tratado aquello de una manera más civilizada.

P. ¿Y respecto a lo que puede ocurrir con China?

R. Lo que ocurre con China es fascinante, pero aquello que comentaban ya de la Guerra del Peloponeso, lo de resolver conflictos de manera violenta entre potencias, no se va a dar. Hoy es perfectamente evitable. Estaríamos locos.

P. Aunque seguimos siendo imprevisibles. ¿Cómo explicar si no la irrupción de Trump y sus amigos?

R. Son de las cosas más raras y peligrosas que han ocurrido, sí. Cuando ganó, me llevé un gran disgusto, pero Hillary Clinton se equivocó con la campaña.

P. ¿Y ahora Biden?

R. No… Se dará una campaña extrema, pero tiene posibilidades y podrá llegar a cambiar algunas cosas, principalmente las que tocan a la desigualdad. Me preocupa mucho lo que ocurra en esas elecciones. En el mundo de hoy, donde necesitamos cooperación obtenemos confrontación, y en eso tiene mucha culpa hoy Estados Unidos.

P. En su época como responsable de la diplomacia europea se dio la ampliación al Este. Vista la actitud de Polonia y Hungría, ¿fueron demasiado optimistas?

R. No. Polonia ha sido un país devastado al que había que ayudar, pese a que sean tan peculiares y muchos de ellos tan antitodo. Otros muchos nos han dado también varios quebraderos de cabeza. El desequilibrio en este sentido existe. Yo soy partidario de una Europa a más de una velocidad. Sí debemos tender a que dentro del círculo, cada uno se sienta cómodo en su radio. Le pasó a España y superó la prueba. Ellos vienen de más lejos… Además, Estados Unidos era partidario de que entraran en la órbita occidental, tanto en la OTAN como en la Unión, pero, a ver, tampoco fanáticamente.

P. En su etapa como secretario general de la OTAN tuvo que dar la orden de bombardear los Balcanes. ¿Es lo más duro que le ha tocado decidir en toda su carrera internacional?

R. La orden la dio el Consejo, pero fue duro, sí. Jamás esperé enfrentarme a esa situación. Yo llevaba mucho tiempo negociando en los Balcanes y siempre creí que podríamos llegar a acuerdos antes de pasar por ahí.

P. ¿Lo lleva aún muy dentro?

R. Me afectó mucho, sin duda.

P. ¿En qué aspecto?

R. Bueno, en esa duda que siempre queda entre si ejecutas el bien o el mal, si creyendo que haces una cosa provocas otra. Las decisiones límite, que siempre son las más difíciles.

P. ¿La clave de la gran política consiste en evitar ese tipo de decisiones?

R. Por supuesto. Hay que negociar hasta el último minuto. Siempre debes encontrar una fórmula. Volviendo a la negociación con los rusos, salió, y dándonos las gracias cuando al principio no querían ni sentarse en la mesa.

P. ¿Dónde queda ese acercamiento?

R. Lo mantengo, sigo teniendo trato con Putin. Nos teníamos un respeto mutuo. Aunque creía que yo le engañaba, nos llevábamos bien.

P. ¿Se transformó mucho o siempre ha sido igual?

R. Vamos a ver, él era coronel del KGB en Dresde… Cree que el mundo occidental no aceptó que Rusia podía volver a ser una potencia. Que no hubo un trato de igual a igual.

P. Su papel en la no proliferación nuclear de Irán ­también fue importante.

R. Tuve buena relación con el hoy presidente Hasán Rohaní antes de que llegara al poder. Era asesor de seguridad de Jatamí. Intuí que se podía llegar a un acuerdo con él después de la radicalización de Irán una vez pasara la etapa de Ahmadineyad. Él me invitó a su toma de posesión. Fui y me quedé tres días allí. Pude hablar mucho con él y quedé convencido de que podría arreglarse. Se lo dije a Obama expresamente y aquello acabó en una firma tras establecer una línea de negociación secreta. Los logros de Obama importantes en la política internacional fueron varios: el acuerdo sobre el tema nuclear y el referente al cambio climático, entre otros. Dos grandes éxitos diplomáticos globales que se carga Trump nada más llegar.

P. ¿Y esa relación entre Trump y Putin es tan inquietante como parece en términos internacionales?

R. Creo que no, que se limita a asuntos de relaciones en negocios. Pero no creo que busquen dominar juntos el mundo.

P. ¿Se pueden hacer buenos amigos en las altas esferas internacionales?

R. Sí, no solo se puede, sino que se debe: yo los he hecho. Por ejemplo, el actual presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, entre otros.

P. ¿Cómo ve la UE ahora?

R. Después de que Alemania y Francia se decidieran a mancomunar la salida de bonos el pasado 18 de mayo, mejor. Esas decisiones han sido muy meditadas. Que estos dos países abrieran la puerta para que lo hiciera toda la UE después, me parece muy interesante. Algo se abre ahí. La Unión ha reaccionado mejor que en 2008. Hoy nos encontramos ante algo que ha dañado a los países sin que sean responsables de la situación. Estamos muy afectados a partes iguales y debemos salir de ello en pie de igualdad. La salida debe ser común y equilibrada.

P. ¿Habla mucho con Borrell, a quien podemos considerar sucesor en su cargo de la UE ahora?

R. Sí, cada semana. Tenemos mucha confianza.

P. En su época comenzaba el terrorismo global. A él le toca además la guerra contra la desinformación.

R. A mí me cayó el asunto de Irán, también Oriente Próximo, donde pudimos hacer algo con el cuarteto de negociación junto al secretario de la ONU, Kofi Annan, pero Bush se opuso. Ya había elementos que podemos conectar en ese sentido. La ruptura que supuso la guerra de Irak fue terrible, se llevó a cabo basada en una mentira, además ­inútil. Ahí fracasamos, no hubo acuerdo. Eso rompió todo: países, alianzas, Naciones Unidas, todo.

P. ¿Así comenzó en la esfera internacional gran parte de la desintegración que estamos viviendo?

R. Echó abajo la convivencia en la ONU, hoy desactivada. No hay forma de que apruebe ninguna resolución.

P. ¿España se colocó ahí en el lado equivocado de la historia?

R. Sí, pero bueno, como otros tantos… El único país que de verdad se opuso a la guerra de Irak fue Francia.

P. Cambiando de tercio. Usted le dio un riñón a su hijo.

R. ¡Tampoco hay por qué destacar eso!

P. ¿Por qué?

R. Hombre, yo he pasado muchas veces por el quirófano y situaciones críticas, como he dicho. He sido fuerte y he aguantado. Incluso de esta última pude no haber salido. Yo no lo temí, pero otros en mi entorno sí. Bueno, vale, le di un riñón a mi hijo, ya con setenta y tantos años. Y ahora soy abuelo de tres nietos.

P. ¿Qué le gustaría que pensaran sus nietos de usted?

R. Ellos verán. Ojalá que he sido buena persona.

P. Al final, todo se reduce a eso. A una estela de bondad.

R. Pues sí. Oye, hemos hablado muy desordenadamente, ¿no crees?

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