Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Jorge Millas y la ilegitimidad del Plebiscito de 1980

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El 27 de agosto de 1980 en el teatro Caupolicán tuvo lugar el primer acto masivo de oposición en siete años de dictadura. Miles de personas se reunieron a exigir democracia y a llamar a rechazar el plebiscito que tendría lugar el 11 de septiembre de ese año. El discurso principal lo pronunció Eduardo Frei Montalva, pero no fue el único. 

Otro discurso notable fue pronunciado por Jorge Millas, el filósofo, a juicio de muchos, más importante que ha tenido Chile. Millas ya había sido exonerado por la dictadura de la Universidad de Chile y de la Universidad Austral. Eran tiempos en que la libertad –de cátedra, de opinión y tantas otras– estaba anulada. Y enseñaba en su casa, a unos pocos estudiantes privilegiados, hasta poco antes de su muerte en 1982. 

Aunque el contexto era otro, las palabras de Millas sobre la democracia siguen resonando poderosas y vigentes. Y mucho tenemos que aprender de ellas a pocos días de este plebiscito que terminará por enterrar de una vez y para siempre ese otro que nació de la opresión y la mentira. 

Jorge Millas dirige su discurso a todos, incluso a los que hacen del país una “semi-república de ciudadanos a medias […] a los que creen que Chile, después de 150 años de régimen constitucional, no está preparado para la deliberación ciudadana”. 

Las palabras de Millas son sobre la legitimidad del poder. El poder no es aquello que nace del mando y cuya consecuencia es la obediencia y, por eso, la opresión. Sino que el poder surge del “orden verdadero que viene desde dentro de la vida nacional, de la convicción y decisión de sus ciudadanos libres que participan de su establecimiento, conducción y corrección. Y es allí donde puede surgir la auténtica autoridad en una comunidad política”. 

Esta frase podría ser pronunciada hoy mismo en Chile y tendría la misma pertinencia y vigor que tuvo en el Caupolicán hace 40 años. Necesitamos en Chile una renovación del poder político, legitimado por la participación y el reconocimiento de todas y todos. Primer paso para avanzar en justicia y encontrar la paz social. 

Un par de semanas antes del plebiscito, Millas tenía clara conciencia de “concurrir a un acto inválido”.  Para el cual no había otra salida que rechazar, decir que No. Consideraba el texto antidemocrático y el plebiscito, falso. Y las disposiciones transitorias perpetuaban por 16 años el régimen autoritario.  El filósofo no veía otra posibilidad que ofrecer un plebiscito auténtico, con las garantías propias de una democracia. Ahora, por fin, 40 años después, esa posibilidad se hace realidad. A pesar de todas las leyes de reforma constitucional, a pesar de que se abrieron la mayoría de los candados dictatoriales que amarraban la Constitución y al país a los resabios de la dictadura, la Constitución actual sigue siendo en su origen, ilegítima. 

Millas veía que el “problema actual” son los “estudiantes desplazados, los profesionales desplazados, las universidades desplazadas, los obreros y los empleados desplazados; en una palabra, la ciudadanía desplazada”. Hoy sabemos que esa misma exclusión es la causa final del 18-O y la causa inmediata de este plebiscito: los dolores de los ciudadanos que una y otra vez han quedado al margen de la deliberación y de las oportunidades.  

Millas no sólo expresa con meridiana claridad la ilegitimidad del plebiscito de 1980, antes que ocurriera, sino también dedica unas palabras muy bellas al sentido de la democracia. Entiende que los defectos de la democracia se corrigen con más democracia; con más libertad y más razonabilidad, través de las instituciones democráticas. Porque esa ha sido la historia de Chile, la del camino de evolutivo hacia la vida democrática. Comprende que la democracia es la ruptura del equilibrio creado día a día por nuestros desacuerdos y que ello implica reexaminar algunas de nuestras instituciones, reformarlas, pero no demolerla, no violentarla. Por eso la democracia consiste en convertir las desigualdades naturales en fuentes de dinamismo, buscando un mínimo de concordancia para vivir en común. 

“El problema de la Nueva Constitución seguirá siendo la gran tarea histórica de los chilenos libres”, apunta Millas hace 40 años. Son palabras vivas que nos invitan a votar Apruebo y Convención Constitucional este 25 de octubre. 

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