Pablo Morris

Pablo Morris

De profesión sociólogo. Me apasiona la investigación social, las políticas públicas y los temas laborales. Padre de una linda concertista de violín. También músico, escritor, maratonista y aprendiz de cocinero y jardinero. Soy chileno, migrante interno y externo. Optimista, quiero un país más justo igualitario y solidario, donde las personas puedan cumplir libremente sus sueños. Fui jefe del departamento de estudios de la Dirección del Trabajo y antes trabajé en SENCE, Asesorías para el Desarrollo, Fundación Chile y Fundación Chile 21.

Juzgadas por nacer

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Como lo hemos mostrado en columnas anteriores, la crisis económica, social y laboral provocada por la pandemia del COVID-19 está precarizando la vida de cientos de miles de hogares chilenos. El efecto neto de ello es el aumento generalizado de la pobreza y la desigualdad. Junto con esta tendencia, se profundiza la brecha de género, marcando un retroceso de casi cuatro décadas respecto de los avances en inserción laboral, ingresos y calidad de vida. Lamentablemente, y una vez más, la crisis tiene rostro de mujer.

Pero no sólo en el ámbito del trabajo ni sólo a propósito de la contingencia pandémica actual se expresa la diferencia social entre hombres y mujeres. La brecha es de más larga data y abarca casi todas las áreas de nuestra vida en sociedad. El movimiento feminista, que tuvo su momento de máxima expresión masiva en las calles el 8 de marzo del 2020 (sólo una semana antes de que comenzaran las primeras cuarentenas), es expresión de la masiva conciencia ciudadana de la necesidad de igualdad de trato, oportunidades y reconocimiento.

En mi trabajo de tesis para obtener el grado de magíster en políticas públicas (parte de una investigación mayor co-dirigida por Claudia Sanhueza y Emmanuelle Barozet) se hace un análisis de los determinantes sociales del involucramiento cívico de las personas jóvenes en Chile. Tema relevante dada la disminución constante de la participación electoral juvenil en las últimas décadas, el aumento de formas de organización y participación juvenil no convencionales y la coyuntura del estallido social de octubre del 2019.

La conclusión es que también en esta dimensión existe un sesgo de género significativo y robusto. Las mujeres que inician su enseñanza media tienen mayores niveles de conocimiento cívico y participan más en la escuela, pero tienen menores expectativas de participación cívica en el futuro. A la variable género, se agrega además una brecha por nivel socioeconómico. Esto significa que en el ámbito de la educación y el ejercicio de la ciudadanía se observan fenómenos similares de desigualdad a los que afectan al ámbito laboral, hoy más evidentes producto de la pandemia.

¿Cuáles son las causas de la brecha de género? Hábitos, tradiciones, costumbres y relaciones de poder domésticas y públicas arraigadas por siglos. A esto cabe agregar que el sesgo beneficia a unos (hombres) y perjudica a otras (mujeres). Por lo tanto, no puede ser resuelto desde la posición históricamente dominante, por muy buenas intenciones que pueda tener el género masculino. La corrección pasa por la autonomía, libertad y voz propia de las mujeres. Y ese proceso cultural, lento y complejo, redefine también la propia posición del hombre. Desde la política pública se puede ayudar con medidas afirmativas que reduzcan la brecha.

Chile está frente a una ventana de oportunidad histórica. El inicio del proceso de debate nacional para redactar una nueva Constitución Política de la República, a partir del plebiscito del 25 de octubre del 2020, es un momento propicio para volver a poner en el centro la necesidad de una marco institucional y medidas específicas afirmativas que apunten a reducir las brechas de género en todas las dimensiones de la vida social. Nacer mujer debe dejar de ser un castigo.

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