Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

La bala de la Alcaldesa

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Hace unos días el edificio de la Municipalidad de La Pintana recibió varios balazos, uno de los cuales fue a parar a la oficina de la Alcaldesa. Contra todo pronóstico, esta noticia no hizo arder las redes sociales ni encendió titulares y muchos pensamos que la razón era la discriminación de siempre: una bala en La Pintana no es noticia, ni siquiera si se incrusta en el despacho de la alcaldía. Algunos llamaron la atención sobre este doble estándar, que asume la violencia como algo inaudito en ciertos barrios y como algo normal en otros. Sin embargo, esa tesis se enredó cuando la misma alcaldesa Claudia Pizarro publicó un video en sus redes donde explicó que no había convocado a la prensa por este tema porque no le parecía que una bala en su oficina debiera ser más noticia que las balas que se disparan cada día en La Pintana. Los vecinos de la comuna que ella dirige conviven diariamente con las balas locas y cuando éstas no matan ni hieren a nadie, todos suspiran en lugar de escandalizarse. La alcaldesa Pizarro no se sentía distinta ni más importante que cualquier otro pintanino o pintanina, y no le parecía correcto erigirse en víctima cuando lo que había vivido no era distinto a lo que viven cotidianamente los vecinos de su comuna. 

Se puede criticar que la prensa debió darle mayor relevancia a este tema o que el mundo político debió mostrar más preocupación, pero más importante es detenerse en la reacción de la alcaldesa y su mensaje. Su actitud tiene un peso particular en estos días, en que nos asomamos a una decisión trascendental como país y atravesamos en el intertanto un pasadizo fantasmal, en que algunos esperan que el ambiente se enturbie para subir algunos puntos en una carrera electoral que saben perdida, mientras otros cruzamos los dedos para que no pase nada terrible y el plebiscito pueda desarrollarse correctamente. Aquí la alcaldesa Pizarro parece ser una especie de faro exótico: llama la atención por su esfuerzo de no llamarla. Por la consistencia más que por la estridencia. Por la sutileza significativa de su actitud más que por la alharaca panfletaria. Y quizás en su inesperada reacción está parte importante de la respuesta a los tiempos que estamos viviendo.   

Nuestro estallido de octubre, nuestro proceso constitucional y nuestra migración desde el oasis a la intemperie tienen muchas capas y explicaciones. Entre todas ellas, hay una que resuena en nuestro sentido común y es la sensación de una fractura que tiene a nuestra sociedad escindida. No es una escisión nueva, viene de antaño, de lejos, muy atrás, ha estado siempre ahí, pero ahora tomó un significado nuevo. 

Chile fue siempre muy desigual, tuvo una élite chiquitita y una discriminación gigante contra los de abajo, los morenos, las mujeres, los indígenas, los rotos, la chusma, los pungas y los flaites. Cada época tuvo su nomenclatura, pero el guión de fondo era igual: no somos lo mismo. Ese relato, por aberrante que fuera, era visto como parte del paisaje en tiempos pretéritos, cuando la pretensión de igual dignidad y de una ley que fuera igual para todos ya era una consigna, pero no una real exigencia. Hasta que llegó el día en que la sociedad fracturada ya no fue sólo injusta sino indigesta. Eso pasó en las últimas décadas de la mano del asentamiento de la democracia, de los avances económicos, del retroceso de la pobreza y de la expansión de la educación. Esos cambios, simultáneos y profundos, fueron ampliamente celebrados sin entender que su consecuencia era aparición de una sociedad muy diferente, que ya no aceptaría las desigualdades, los abusos y las precariedades, que se tomaría en serio la promesa de una sociedad de iguales y esperaría respeto y reconocimiento para todos.

En los próximos años nuestro debate transcurrirá alrededor de temáticas constitucionales que muchas veces parecerán áridos tecnicismos, pero cada palabra de la nueva Constitución puede ser una viga que junto a otras ayude a construir el puente que cruce esa fractura que tiene nuestra sociedad. Todo dependerá de nuestra capacidad de decidir, en conjunto, de qué se trata el real desafío de esta nueva Constitución. Si estamos hablando de lo mismo, por más distinto que pensemos, podremos establecer una conversación. Llegaremos a acuerdo en algunas cosas, en otras no, pero estaremos hablando. ¿Hablando de qué? De la fractura de Chile, de la necesidad de superarla y de las instituciones que nos pueden ayudar a hacerlo. Las más relevantes son de dos tipos. Primero, una arquitectura del poder de nuevo tipo, que reparta mejor las decisiones no sólo entre el ejecutivo y el legislativo, sino también entre el gobierno central y los territorios, entre las instituciones y la participación de la ciudadanía, entre los hombres y las mujeres, entre los indígenas y el resto de los chilenos y chilenas. Segundo, una formulación más exigente de nuestros derechos y deberes, en que nos propongamos que la educación y la salud sean igual de buenas y accesibles para todos, que la vejez traiga asegurada una pensión digna, que la vivienda sea un derecho que vaya más allá del techo e incluya el acceso equitativo a los bienes de la ciudad, que la propiedad se proteja y se reconozca que tenerla implica también obligaciones hacia el resto, que el voto pase a ser un deber, que no sólo se establezca la igualdad de género sino que se reconozca la desigualdad y el deber del Estado de enfrentarla, que los pueblos originarios sean reconocidos y también el carácter plurinacional de nuestra sociedad, validando su cultura, sus tradiciones y sus instituciones, que se profundice nuestro derecho a un medio ambiente sano y equilibrado y también el deber del Estado de proteger los fundamentos naturales de la vida y los animales, como dice la Constitución de Alemania. Así de exótica es esta gente. 

Cada uno de estos temas, y varios más, será objeto de discusión, habrá distintas formulaciones y propuestas, y aunque nos cueste ponernos de acuerdo y muchas veces no lo logremos, si la conversación está centrada en la necesidad de resolver la escisión de la sociedad chilena que hoy duele e irrita, nos irá bien. Como lo hizo Claudia Pizarro esta semana, en uno de los gestos políticos más relevantes e inadvertidos del último tiempo. 

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