Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

La belleza de una jornada: conjeturas de primera hora

Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Lo que vimos el domingo fue único, histórico y de una potencia inusitada. Queda mucho por decir, sólo me atrevo a conjeturar algunas ideas en la medida que pasan las horas, y de a poco intento volver a mirar con más serenidad la jornada vivida, a digerirla, aquilatarla, en la que para mí, quizás, ha sido la más bella y emocionante desde el plebiscito de 1988 y la recuperación de la democracia.

Me atrevo a aventurar –insisto aún queda mucho por ver- que en Chile no existe la polarización que los medios de comunicación y la elite venía anunciando como un mantra sostenido desde el 18 de octubre. En síntesis, aún no se lee bien la realidad de lo que ocurre en Chile. Es impactante, pero después de todo lo vivido y lo padecido el debate, los mensajes parecen aún capturados sin lograr conectar con una realidad que ya resulta patente.

Existen pequeños grupos radicalizados y violentos, existen partidos que se radicalizaron en el discurso. Incluso, algunos impúdicamente, hoy se suben al carro de la victoria, pero cuando todo se desmoronaba en una de las semanas más tensas desde 1990, como fue la del acuerdo del 15 de noviembre, y después al ratificar el acuerdo en el Congreso, no concurrieron esa noche ni después con sus votos para la reforma constitucional que permitió lo de este domingo. 

Por ahí uno de sus líderes, dice hoy verse “emocionado” y que “este plebiscito debió realizarse en 1990”, olvidando con la desmemoria de la “plastipolítica” (algo de moda en estos líderes)  –esa que lleva al contorcionismo de Comanecci a algunos-  su propia performance de seria crítica al proceso, cuando Chile vivía uno de sus momentos más complejos en octubre y noviembre de 2019, y olvidando, de paso también, que su partido en 1988 llamó a no votar en el plebiscito. Ejercer el liderazgo es pagar los costos, y no solo disfrutar de los triunfos. Por ahora, a otro perro con ese hueso, pero es importante recordar dicen por ahí.

Que no existe polarización, pero si grupos polarizados es un hecho. El triunfo del domingo es un triunfo contundente. Nadie en su sano juicio podría sostener que unos pocos que han contribuido a alterar el orden público, desatando la horrible represión contra la manifestación pacífica y graves violaciones a los derechos humanos, son dueños de un 78,2% de los votos. La protesta pacífica de más de 2 millones de chilenos hace exactamente un año atrás, se transformó en votos y muchos, de personas de todos los orígenes, sectores e incluso que se creían ideológicamente lejanos los unos de los otros.

Los chilenos de diversos orígenes, lugares, edades y sobre todo de las comunas donde el abuso se transformó en un constante modo de vida, salieron a votar en plena pandemia del COVID-19, a riesgo de contagiarse, por una opción de optimismo esperanzador versus una realidad inmóvil que solo auspiciaba más pesimismo. 

Los chilenos y chilenas de distintos sectores políticos, la mayoría de ellos independientes, hombres y mujeres, desde sus distintas visiones y experiencias de vida, hicieron del plebiscito un acto de esperanza y fe en un mejor futuro, apostando en un acto sanador de democracia a dar pasos para alcanzar un país distinto, un país más digno y menos desigual que entierre los fantasmas de un pasado reciente que tanto ha costado sanar. Este fue un primer acto de fe.

Como todo acto de confianza, quien quiera allegar mezquinamente agua a su molino tendrá una desilusión brutal, quien por otro lado crea que el triunfo le pertenece a un sector se equivoca aún más, un número así de aplastante es un acto político con mayúsculas que solo le pertenece al pueblo de Chile. Lo complejo, es que como todo acto de fe, puede desmoronarse –y no quiero hacer de agorero por estas horas felices- ante la amenaza de captura, intención de monopolización o lecturas antojadizas del resultado.

Chile ante esta elección –y ello no quiere decir necesariamente en otras futuras, para que nadie saque cuentas alegres, ni tristes tan rápido- es un país unido en la búsqueda y la esperanza de un país mejor. Ni más ni menos, pero como dicen por ahí tampoco menos. Lo impactante que demuestran en estas horas los resultados del domingo, son la desconexión y la brecha que existe entre quienes más tienen y el resto del país que padece o es absolutamente consciente del abuso. Ello incluye por cierto a la élite económica, política y a los medios de comunicación, que deberán repensar sus pautas, sus énfasis y el abuso en sus miradas catastrofistas que los alejan de un análisis sereno de la realidad.

La brecha es brutal, como sorprendente ha sido la votación en sectores populares y zonas de sacrificio medioambiental, donde el apruebo obtiene cifras cercanas al 90%, en la clase media, ese concepto laxo y extendido que tiene tantos matices y que llevó, sin dudas, a la contundencia inequívoca del triunfo. Por otra parte, impactante es como en pocas comunas, donde se concentra el poder económico del país y la influencia, la respuesta por el cambio no ha sido procesada, entendida, quedando reducida a un rosario de adecuaciones e interpretaciones de la violencia, que van desde la ridiculez de la intervención extranjera y alienígena a grupos anarquistas, sin querer entender, porque a estas alturas, esa es la única explicación posible, ante la ceguera, como el avestruz que esconde la cabeza, las razones del malestar y también de la violencia.

Por otra parte, el acto de esperanza al que concurrimos tiene un solo dueño y es el pueblo. La desconfianza total en el Gobierno de Piñera, los partidos políticos y las instituciones han hecho a los chilenos plantearse la idea de hacer renacer un nuevo pacto, una nueva manera de entender el poder, de distribuirlo y de combatir el abuso y la desigualdad de un país que ya no resistía más ante la resistencia inmóvil y total de una institucionalidad que las personas sienten dejó de servirlos. Por lo mismo, leer bien esto será clave para lo que viene. 

Si algún partido, grupo o persona pretende arroparse de un triunfo de esta magnitud y lo monopoliza o intenta llevarlo y pastorearlo, corremos el riesgo que el último pacto civilizatorio, esto es, el encauzamiento de la violencia y la protesta convertido en carne, no solo de una ley, sino de un nuevo pacto de convivencia, se puede quebrar definitivamente, siendo imposible volver a hacer creer o dar confianza en lo poco que nos queda. El cuidado de las lecturas, y sobre todo de los errores cometidos, hoy es más delicado que nunca, aquí se juega la última posibilidad de encauzar institucionalmente y en medio de un escenario turbulento, un proceso por la vía del derecho y la paz. 

Si este pacto que ha propuesto Chile, dando un paso basado en la confianza con los otros, los ciudadanos, y en base a estos, no se produce y las listas de partidos se llenan de “los mismos de siempre” o bien el proceso se monopoliza por élites desconectadas de la realidad que no pretenden escuchar, el riesgo que se corre es inmenso. De lo contrario, si se actúa con generosidad, si lee lo que la gente ha pedido con un grito sereno pero contundente de un 78,2% de los votos, y se entiende que el pacto requiere de representación, legitimidad y dotarlo de sentido de realidad y escucha participativa, la posibilidad de construir el futuro es posible. El camino está ahí, la fragilidad de todo proceso dependerá de robustecerlo, pero también de que cada uno de los que ayer votamos y de que quienes no lo hicieron nos hagamos cargo de lo que viene que recién comienza.

Más del autor

Sacar las castañas con la mano del gato

El proyecto de ley presentado por varias diputadas tratando de cambiar las normas del quórum de la Convención Constituyente, demuestra un desprecio y arrogancia brutales, que pretenden eregirse como intérpretes de una mayoría. Llegó el tiempo de detener este desvarío.

La santidad de los independientes

Una Constitución es un pacto social, que para que goce de la legitimidad que nos ha sido tan esquiva, requiere, necesariamente, que todas y todos nos sintamos parte y por cierto iguales, ningún ciudadano o ciudadana tiene más o menos derecho que otro en participar, nadie es distinto frente a la posibilidad de ser parte del proceso, y nadie se sentará en la Convención Constituyente por “generación espontánea”.

“Caras Nuevas”

En este orden de cosas, nuevos actores políticos en el multipartidismo que genera el sistema representativo, hacen pensar en la existencia de una tensión permanente por la unidad de la centroizquierda basada en el “patrón cultural binominal”, cuando el mismo ya no se encuentra vigente. Por ende, parecería razonable asumir, de una buena vez, que en Chile, hoy, existen dos izquierdas.

Más para leer

Quién sabe, hay que preguntarle a Radomiro

Suscríbete a nuestro Newsletter

¡Mantente al día con las novedades de Entrepiso y suscríbete para que la información llegue directamente a tu correo electrónico!