Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

La Conjura de los Necios

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La mañana de ayer, Donald Trump, el excéntrico y peligroso, presidente número 45, salió de la Casa Blanca en el célebre Marine One directo a la Base Andrews en Washington D.C para abordar el avión presidencial y viajar a su club de golf en Florida, sin antes insistir en su tesis de fraude electoral y evitar con ello estar en la toma de posesión de su sucesor. Con lo anterior, borra una tradición inalterable de traspaso de mando –solo en caso de muerte algún presidente- desde que el presidente número 19, Rutheford Hayes prestase juramento ante su antecesor Ulysses S. Grant en marzo de 1877 y así sucesivamente hasta hoy.

Con esta ruptura de una tradición más de las liturgias republicanas, Donald Trump deja atrás un período de cuatro años en que se dedicó con persistencia a entregar un país dividido –a riesgo de decir quebrado- en lo social, sanitariamente ante una emergencia que ha cobrado 400.000 muertos, y como corolario, con la anuencia de gran parte del Partido Republicano –el otrora G.O.P Grand Old Party de Abraham Lincoln- haciendo oídos sordos a lo que terminó en una inédita turba con visos de sedición el día 6 de enero en el Capitolio, cuando una tropa de fanáticos seguidores del multimillonario intentaron detener la certificación de las Cámaras del triunfo de Joe Biden. Algo que Trump, ya había intentado por la vía judicial, en todos los estados posibles, ante todo tipo de Tribunales, ensayando más de 80 demandas, todas fracasadas y que luego continúo alentando la violencia en los días previos e instando a manifestantes a marchar sobre el Capitolio –hecho y personajes de les que se desentendió tan rápido como los expulsados de su otrora programa de televisión-.

El intento de destrucción de la democracia no se inició hoy. 

Recordemos que el mediático multimillonario ya durante la presidencia de Obama era invitado a programas de televisión, en esta aventura política que había emprendido, incluso cuestionando la nacionalidad de Obama entre otro cúmulo de mentiras. Como en Brasil, con Bolsonaro, varios periodistas varios años después, recordaban haberlo invitado porque marcaba un buen “rating” e infundía la risa y el morbo necesarios para tenerlo de invitado. 

Los medios de comunicación en Estados Unidos, las plataformas de redes sociales y el mundo tendrán que sacar una lección sobre sus pautas periodísticas, y saber que no confrontar personajes como estos, tomándolos a la ligera puede derivar en el desastre al que hemos asistido en estos años. 

Payasos habrá siempre, no confrontarlos y ponerlos en aprietos con una prensa obsecuente es un deber que el periodismo no ha cumplido o al menos se encuentra al debe, salvo honrosas excepciones. Silencio de la prensa ante hechos de la historia han llevado a horrores. Baste solo pensar que uno de los sectores que jamás ha hecho un verdadero mea culpa de mucha información oficial difundida por la censura de la época, llegó a miles de chilenos en envase oficial y parte de la prensa la reprodujo sin ambages. Hasta hoy la prensa tradicional chilena jamás ha hecho un verdadero mea culpa de su rol durante la dictadura de Pinochet.

Por otro lado, hay una responsabilidad en la política. Esta es tal vez la más seria de todas. 

La política es el arte de lo posible, no es el maximalismo religioso que algunos exhiben, ni menos la solución fácil a problemas complejos (recordemos que Trump llamaba a secar el pantano de la “elite de Washington). 

Caer en ese simplismo es un problema de nuestra era, y la política, y en especial los políticos serios que buscan soluciones múltiples a  problemas complejos son reemplazados por el abrazo a la galería, la palabra y las acciones que valen el presente, pero olvidan la evidencia y los efectos del futuro. Hoy todos ellos son amarillos a juicio de los afiebrados de siempre, son dubitativos y no se les puede exigir –a juicio de los mismos- más que respuestas binarias de lealtad o rechazo.

Un político tiene el deber de la seriedad al tomar decisiones, necesita decir que no cuando las cosas técnica y políticamente comprometen el futuro. El populismo y el caudillismo, palabras que por estos días muchos repelen y otros repiten, radica en la capacidad de la respuesta fácil, sin evidencia técnica, que compromete y daña el futuro y sobre todo que cuestiona, tergiversa, destruye la institucionalidad. Siempre la respuesta fácil ha dañado en la historia y no precisamente al caudillo o a los populistas que le avivan el baile.

La gravedad de esto no solo se extiende al populista y el caudillo, sino a quienes –como en el caso del Partido Republicano-  prestaron ayuda y asistencia a un presidente que se dedicó a demoler la convivencia de una democracia civilizada y respetada en el mundo. 

Solo ayer, Mitch McConnel el líder republicano en el Senado, que en los últimos cuatro años, se comportó como portaestandarte de todas y cada una de las iniciativas y diatribas del presidente, se presentó ante el Senado ensayando un tardío y cínico “yo acuso”, que habrá que ver si se suma a un juicio político, junto a lo menos 17 senadores de su partido, lo que a estas alturas resulta imprescindible, ello incluso, pese a las consecuencia que pueda acarrear para que Estados Unidos de una expresión inequívoca de absoluta claridad frente a lo inaceptable.

Chile enfrenta en 2021 una gran cantidad de elecciones. 

Sólo en abril elegiremos alcaldes, concejales, consejeros regionales, gobernadores (por primera vez) y por cierto, convencionales constituyentes. En este último caso la campaña se ha desatado, pero más allá de discusiones, por nombres más o menos, la cuestión sobre contendidos y elementos del debate constitucional han brillado por una paupérrima existencia. 

No es posible, que a tres meses de elegir personas que llevaran adelante un proceso único, el debate no se centre en contenidos, sino, en nombres, rostros. Las ideas son elementales, cuando muere la palabra y se convierte en insulto perece en parte la democracia, cuando las ideas se reemplazan por las bravatas, las caras o los apellidos, el debate constitucional palidece, se torna peligroso, inestable, poco confiable. Es tiempo de contribuir a ese debate y hacerlo en serio. No se trata de un debate solo de especialistas –que por cierto han sido quienes más han opinado- es necesario que los constituyentes se pronuncien por temas relevantes, 

¿Estarán a favor de mantener un principio total de subsidiareidad del Estado, abrirán una discusión sobre el agua y su propiedad, serán capaces de plantear un nuevo equilibrio o sostener el que existe entre el Congreso y el Ejecutivo, mantendrán la autonomía del Banco Central, la Fiscalía o la Contraloría, de hacerlo que modificaciones están dispuestos a emprender en esta y otras materias? 

Lo anterior, solo por señalar algunos temas. Los chilenos y chilenas tenemos que estar informados, y nuestro deber mínimo, después de haber votado en un alto porcentaje por iniciar un proceso constituyente, es exigir definiciones.

Cuando las definiciones no existen, y la democracia se centra en la popularidad ramplona, simplista y sin evidencia técnica, asistir al momento que vive Estados Unidos, y que a ratos –más seguido de lo que uno quisiera- se pasea por nuestro jardín, impone un momento único, en que o nos decidimos a dar un salto para un proceso histórico ejemplar, o la mediocridad y la seducción del populismo se impondrán tristemente, no permitiendo que los chilenos canalicemos un momento único de nuestra historia. De todos nosotros depende.

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