Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

La derecha chilena y la llamada “miseria ideológica”

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Imagen del fotógrafo chileno Luis Poirot.

He seguido con particular atención el debate generado por Hugo Herrera en diferentes medios y formatos, en torno a lo que él denomina “La miseria ideológica de la derecha”.

Herrera –uno de los mejores analistas del sector – da cuenta de qué hace tan particular y poco comparable en el mundo a nuestra derecha local.

A juicio de Herrera, el gran problema de la desconexión de este sector político con la capacidad de comprensión de lo que ocurre a su alrededor –simplificando los brillantes argumentos- es su incapacidad de leer la realidad de una forma distinta que la mirada economicista.

La derecha -condenada por la imposición de un modelo en un momento de excepción- aún no entiende, cuarenta años después, la liberalización de la sociedad, más allá del mercado. Todavía, no es capaz de comprender que el verdadero problema que la aqueja, no es de la falta de un espacio de marketing –que vaya que los tienen- o de fuerza para la transmisión de sus ideas. Se trata, por el contrario, de la imposibilidad, como dirigencia, de conectar con  el país y su pueblo, sin tropezar –como siempre- con la mirada economicista.

La tensión de la derecha, radica en leer permanentemente la realidad desde la economía, lo que le impide tener una correcta lectura social y política de lo que ocurre a su alrededor.

Lo que otras derechas en otros lugares del mundo leyeron rápidamente –porque probablemente no era parte de su esencia programática- la chilena simplemente no lo ha logrado ver, salvo excepciones más ligadas al mundo académico que al político. Le ha costado años, incluso décadas, poder comprender -en medio de la globalización y de la apertura de la sociedad postmoderna- las libertades y la comprensión de la democracia como un espacio central del Estado de Derecho moderno.

En ello, gran parte de la derecha chilena, sigue encontrándose al alero –confesos o no- de la matriz ideológica que la dictadura de Pinochet adoptó a fines de los setentas. Por mucho que pase el tiempo, y permítaseme el simplismo como ejemplo, al final del día en sus círculos cerrados, la mayoría del sector, se siente más cómodo con Marcela Cubillos y Kast, que con Desbordes. Lo anterior, a mí juicio, más allá de los personajes constituye una tragedia para la democracia chilena. Contar con una derecha moderna es necesario para generar un nuevo pacto social que interprete el Chile del futuro en atención a sus cambios.

La derecha chilena se atrinchera, aún en la tierra; en la propiedad en sus casos más monolíticos; o en acciones y en miradas de la sociedad superadas. Sigue aspirando de un mérito del que no goza y de una riqueza heredada, más que del rigor, en la mayoría de los casos. Se atrinchera en su tradición endogámica, cerrada, que desconfía del mundo, de lo distinto y no se encuentra abierta a entender lo que hay más allá, salvo que se trate de la economía y el vaivén de los mercados. Sólo ahí, y por conveniencia, es donde está dispuesta a hacerse “liberal” con cierta mueca de comodidad, llamándose a sí misma “tolerante”, más no inclusiva, ni acreedora del mérito y dejando entrar a nuevos actores que sirven al modelo.

La libertad económica, incluso, hasta la caída de sus líderes espirituales en el horror de la pederastia (que, como tantos abusos ellos no vieron), estaba incluso justificada moralmente en la doctrina apoyada desde El Vaticano de Juan Pablo II, contra la “Teoría de la Liberación”, abriendo camino al desparpajo de una nueva riqueza cuya ostentación no era ya pecado mostrar y de la que muchos vieron en ella un intento de ascenso social por la vía de la creencia ciega en la política del sector.

Cuenta la historia, que a Von Hayek, uno de los padres de la derecha económica chilena –y por ende de la derecha política-, no le gustó jamás que le llamasen “liberal”, por la carga ideológica que significaba el término en materia política en Estados Unidos. Entendió, con la claridad conceptual que lo caracterizaba, lo que la derecha chilena no comprende. Esto es que la liberalización de los mercados, no significa necesariamente la capacidad de una sociedad de abrirse a la libertad política y social, ni menos la capacidad de entenderla, cuando el mercado no es capaz de llegar ahí donde el mercado no regula.

Para la derecha chilena es incomprensible lo que ocurre hoy a su alrededor, en la demanda legitima de sectores que se sienten excluidos y dejados de lado, solo puede intentar una torpe excusa sobre la ilegitimidad de la fuerza y la ocurrencia de la violencia, por ende, más allá de un argumento, que en boca de quienes lo justificaron todo (en materia de violencia particularmente), lo que ocurre solo es posible explicarlo, con la frialdad de cifras y ecuaciones, pero sin la capacidad que tienen las ciencias sociales en explicar los fenómenos complejos. La frase de un líder empresarial o de un ex ministro denostando a las sociedades que cultivan la literatura y la filosofía como elementos de ocio que no “permitirían” el progreso son demostración palpable de aquello.

La derecha chilena en este sentido es premoderna, confía en la tradición, en la fuerza endogámica de una sociedad, pero sobre todo, en la confianza en un mercado que, les enseñaron, se autorregula y distribuye con eficiencia. Con la misma eficiencia que en definitiva, funciona en razón de sus intereses y sobre todo de un sentido de clase que siempre la retroalimenta y la recoge sobre sí misma, protegiéndola, asignándole a la igualdad ante la ley y la norma un espacio de control social para los “otros” los distintos, no para sí mismos. La derecha chilena no apuesta a liderar con el ejemplo, ni menos cree con fuerza en ese elemento central de una democracia, cual es que todos los ciudadanos somos y respondemos de igual forma ante la justicia y el derecho.

Sobre comparaciones -donde la derecha chilena siempre busca un reflejo oportunista en el cual mirarse en el mundo, en un espejo que no encuentra- el caso español resulta paradigmático y con ello, la figura de Adolfo Suárez. El líder entendió desde temprano, so riesgo de haber perdido su fuerza y capital político, que la democratización de la derecha hispánica consideraba necesariamente abandonar al franquismo, la tradición y la premodernidad, por ello su liderazgo es reconocido como el padre de la España moderna y el gran constructor de los consensos políticos, que permitieron junto a otros actores promulgar la moderna Constitución de 1978. Pacto político de alto alcance y reconocimiento ciudadano, que en sus cuarenta años de historia, con altos y bajos, ha llevado a España a transitar desde un país pobre y fuera de Europa, a uno integrado y líder en las decisiones de la Unión.

Este ejercicio que fue duro para Suárez, lo ha sido para muchos líderes de la derecha mundial. Lo fue para Chirac en Francia; Aznar o Rajoy en España; para Fox y Calderón en México o para Macri en Argentina, por solo nombrar a algunos.

Esta semana, algunos exponentes de esa derecha chilena “dura” incluso trataron de compararse con la derecha del centenario Partido Nacional uruguayo, demostrando no sólo una completa y brutal incapacidad para observar, sino para comprender el mundo. El Partido Nacional uruguayo fue uno de los elementos más potentes, contra todo lo que ellos creyeron y siguen creyendo: La dictadura, el combate contra las violaciones a los derechos humanos. No por nada el Presidente Luis Lacalle Pou (cuyos padres casi murieron asesinados por la dictadura), hijo, nieto y bisnieto de líderes del partido ha señalado sobre el mismo; “Nuestro partido (el Nacional) tiene como centro la libertad individual” –eso era lo que celebraban Cubillos y Kast a rabear, olvidando la otra parte de la oración- “eso no significa individualismo, sino liberalismo solidario, creemos que desde el Estado se debe empoderar al ciudadano”.

A buen entendedor pocas palabras.

La derecha política chilena, por falta de comprensión de su entorno, sigue estando más cerca del militarismo cristiano y mesiánico de Bolsonaro, de la ramplonería y ordinariez estética de Trump y de la debilidad total de principios de Vox en España. Lo más curioso, otra vez, es que esto que uno anuncia, a muchos de ellos los continua enorgulleciendo.

Aunque cada tanto, en la derecha chilena despunta un líder que permite observar una derecha moderna que intenta apartarse de su raigambre originaria, inmediatamente, ésta  se auto defiende, se atrinchera y tiende a fagocitarse –más si el líder no corresponde a su clase, a sus círculos-, enciende sus alarmas de emergencia y se esconde detrás de la miseria ideológica para comprender su alrededor.

Por cada líder como Mario Desbordes, Cristián Monckeberg, Manuel José Ossandón, o en su tiempo –por cierto no ahora- Andrés Allamand, la derecha se atrinchera. Así, no deja paso a la renuncia de su tradición, ni menos en dejar entrar el viento fresco, convirtiéndola en un pedazo de pieza de museo, que treinta años después de la caída del muro de Berlín, continua observando el mundo desde la bipolaridad, atrincherándose en sus parientes y amigos para gobernar, y por cierto, confiando ciegamente en el mercado que todo lo puede, mientras todo se derrumba a su alrededor con aires versallescos que soplan arremolinados fuera del Palacio.

Meter en línea es la consigna, y Desbordes en esta hora, Allamand hace décadas, lo comprenden. El primero dando una lucha por la modernización de esa derecha con amplitud en el acuerdo y el dialogo en momentos de cruciales, el segundo en la mansedumbre de haber comprendido que sin rendirse frente a ello, su cuota de poder no estaba reservada, sino perdida. Por cierto, renunció a ello.

Veremos en los próximos meses como entre Carlos Larraín (el gran cultor de esa derecha) y con la unión política de un Allamand dócil y particularmente beligerante ante todo lo que supuestamente creyó antes, harán frente a Desbordes intentado resignificar el atrincheramiento. Probablemente en el empeño participe algún joven diputado con ideas muy antiguas como un espanta pájaros, con el gentil auspicio de los ya señalados y de algún líder empresarial asiduo a las luces.

Finalmente, el gran problema de comprensión de la realidad que ha demostrado el gobierno de Piñera en esta segunda y desastrosa versión –que será recordada por décadas- es precisamente, la de un gobierno que se explica y atrinchera a sí mismo, entre parientes, amigos y un Presidente que no logra salir de la lógica de la explicación del maniqueísmo numérico a la vez de la torpeza infinita de sus acciones. Cada vez que Piñera –quien fuera en algún momento el líder de esa derecha nueva- avanzaba terminó por sucumbir, ya en su primera presidencia, al poder de aquellos que en su sector no intentan explicarse más allá de los números la compleja realidad que los rodea.

El Presidente no logra disectar que la política no es campo regulado por el mercado, del que muchos hoy se sienten fuera de las lógicas de la oferta y la demanda, es un mecanismo de poder y de poder político. Por cierto, el Mandatario -con su educación, su formación social, política y económica- no es capaz de escudriñar, ni desentrañar la realidad, y lo que es más patente y evidente, y sin duda triste, considera una traición del pueblo lo ocurrido, por haberse cansado de la maqueta macroeconómica que no explica haber quedado al costado del camino y se rebeló con fuerza contra aquello que él observaba como un “oasis” solo días antes de la caída del mundo que se empeñó en construir desde los negocios y la política.

Por eso, en palabras de Herrera: “La autocrítica no va más allá de cuestiones tácticas: “empatizar”, “comunicar”, “defender las ideas”. No se entiende que ideas tan cerriles no solo están condenadas al fracaso, en una situación donde no se trata ya simplemente de economía individualista, sino de recuperar la legitimidad del sistema político en su conjunto”.

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