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La Derecha tramposa

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El escritor y poeta uruguayo, Mario Benedetti escribió en una oportunidad una frase que resuena por estos días: “El que hace trampa, es porque no tiene coraje para ser honesto”.

La frase no puede ser más decidora para la actitud adoptada por cierta derecha ante el plebiscito constitucional y el proceso que éste implicará.

Quedan 70 días, y la derecha, sobre todo la que se ha negado a entender, persistentemente la realidad que ocurre a su alrededor, sigue intentando parar el plebiscito del 25 de octubre próximo.

Recordemos que el proceso constitucional nació en un momento de altísima tensión, en que la ciudadanía salió a reclamar masivamente producto del profundo malestar que venía arrastrando la precariedad, el sobre endeudamiento, la necesidad de tener un nivel de protección en materias
como salud y educación y por cierto los niveles lacerantes de desigualdad que registra nuestra sociedad. La noche del 15 de noviembre, en la horas más tensas y complejas desde el retorno a la democracia, las fuerzas políticas en un acto de generosidad, y porque no destacarlo, de buena
política, se sentaron con buena voluntad y capacidad para acordar un itinerario constitucional que ya la derecha había frenado hacia el final del Gobierno de la Presidenta Bachelet.

Frente a los hechos, y en un momento denominado por algunos como “constituyente” las fuerzas políticas y una nueva generación –que no estuvo en los acuerdos de principios de los 80 como actores relevantes- de todos los sectores políticos sometieron a la buena fe de la conversación un itinerario, cuando Chile literalmente estaba en llamas. La buena voluntad, el acuerdo, la racionalidad y la mesura fueron celebrados. Luego, vino un largo proceso por cristalizar e incluso mejorar el acuerdo de noviembre, y en diciembre ello se plasmó en un nuevo Capítulo XV de la Constitución actual, que remarcó el itinerario, las formas y sobre todos los límites y la profundidad
del cambio constitucional que Chile reclamaba.

Mucho ha pasado desde entonces. La pandemia declarada en marzo, obligó a las fuerzas políticas, nuevamente y de buena fe, a cerrar filas y proteger el acuerdo, con el fin de cuidar a los chilenos, cautelar el proceso, y por sobre todo la salud de quienes participarían en el mismo. Es por ello, que se acordó el último domingo de octubre como el momento para iniciar el camino hacia una nueva Constitución con un plebiscito de entrada que permitiese dar paso a la elección de delegados constituyentes en abril, e iniciar el trabajo de redacción de una Constitución partiendo de una hoja en blanco signada por la tradición constitucional chilena, pero sobre todo por los Tratados Internacionales celebrados por Chile y los derechos que ellos contemplan.

Choca por tanto observar como un sector de la derecha, minoritario, ahora proponga eliminar el plebiscito, entregarle el poder constituyente al próximo Congreso y eliminar lo que los chilenos exigieron en las calles.

No sólo se trata de una porfía inútil de un grupo minoritario de la derecha, que sabe no tiene la fuerza política para realizar el cambio que requeriría 2/3 del Congreso, sino es el gesto, el simbolismo de quienes por vía de secretaria se niegan aún a lo evidente, a lo necesario y se arrinconan sin capacidad de entender el momento histórico, el cambio de época ante el cual se encuentran. En la majadería de mantener a un electorado anquilosado en los fantasmas del pasado, no son capaces de comprender que la necesidad de echar a andar un proceso constituyente es una necesidad imperiosa para generar un Nuevo Pacto Social.

Resulta lamentable la hipocresía, los argumentos que se utilizan, la malicia que se ocupa sin pudor para borrar con el codo lo que se escribió de buena fe con la mano. La política, la buena política requiere de gestos, de onfianza, de amistad cívica, pero sobre todo de la capacidad de cumplir la
palabra empeñada y los acuerdos, y no en buscar carambolas argumentativas para dar vuelta, torcer o simplemente desconocer los mismos. Eso daña la confianza en la democracia, en la capacidad de llegar a buenos acuerdos y sobre todo la fe pública. Recurrir a artimañas, condicionar la legitimidad, y argumentar contra ella es sencillamente vergonzoso.

Lo hemos visto en los últimos días. La UDI plantea eliminar la Convención Constituyente otorgándole al próximo Congreso dicha función.

Si bien se sabe que esto no ocurrirá es un error político mayúsculo de las fuerzas que siempre han estado del lado contrario del avance histórico intentar evadir lo ya acordado.

Un hecho es votar por el rechazo, asunto plenamente válido en democracia, otra es intentar cambiar las reglas del juego con los más pueriles argumentos. Ello daña la credibilidad de la democracia, daña la institucionalidad, pero lo que es más grave socava los acuerdos que
requeriremos con más fuerza que nunca para enfrentar el desafío de lo que viene, y que, contra toda torpeza avanza porque Chile así lo quiere.

Pretender lo contrario es negar la historia, el presente y por sobre todo darle la espalda a los chilenos y chilenas que pretenden votar con entusiasmo para dirimir el futuro y cerrar en parte las heridas de un pasado reciente.

Imagen: Obra del pintor peruano Fernando De Szyszlo

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Aislar la violencia, exigir respeto por el diálogo y los derechos humanos

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