Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

La Desilusión. Nicaragua y el volcán.

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Cada vez tienden a interesarme más los procesos donde la decepción es el motor para entrar en un estado de meditación que nos permita seguir con nuestras vidas. La desilusión, por deprimente que parezca nos permite calibrar el espacio en el que nos movemos, entre las fantasías y anhelos, y la dura realidad que aterriza nuestras ficciones y obsesiones diarias. Puede sonar duro, pero la decepción nos permite entrar en un estado de lucidez para dar una mirada tardía quizás, pero inútil jamás, de aquello que nos permite seguir viviendo.

Las razones pueden ser muchas, pero en nuestra historia reciente, y por estos días en particular, la decepción se pasea y está a la vuelta de la esquina. Conviene, por tanto, darle la cara en cuanto a política se trata.

Martin Luther King, el gigante activista de los derechos humanos tenía una frase genial con la que pretendo iluminar éstos párrafos para revisitar uno de los procesos más duros de desilusión, de los tantos que ha conocido nuestra América Latina. “Debemos aceptar la desilusión finita, pero nunca perder la ilusión infinita” decía King.

Lo digo a propósito de un hecho y dos lecturas que recomiendo. Durante éstos días se cumplen 40 años de la Revolución Sandinista que derrocó a Anastasio Somoza y que logró que una izquierda plural, que en un inicio, consideraba un arco político amplio de demócratas y guerrilleros que querían reconstruir un país devastado hicieran la revolución, para al cabo de una década, terminar en el inicio de un sinfín de luchas intestinas que llevaron al FSLN de Ortega a imponer el aislamiento, el robo y la pobreza como una política de Estado de la que muchos –la gran mayoría de los originales líderes- corrieron para perderse fuera de los pasillos del poder pestilente de Ortega y su sequito.

En 1979, a las puertas de Estados Unidos un puñado de jóvenes, hombres y mujeres llenos de sueños, se impusieron la necesidad urgente de  terminar con una de las dinastías más sangrientas que había gobernado ese país a punta del terror. 40 años después, la historia de horror es paradójicamente similar. Daniel Ortega se perpetúa en el poder junto a su mujer Rosario Murillo, con adictos, delincuentes, cleptocratas y la connivencia de las llamadas 16 familias que gobiernan negocios y almas en Nicaragua.

350 muertos después de largas protestas, presos políticos, torturas, y el silencio de una América que tiene solo ojos para Venezuela. En efecto, en Nicaragua no hay más que volcanes y lagos como dijo su poeta más conocido, nuestro también, Rubén Dario en una tierra de poetas y fuertes movimientos tectónicos, pero sin petróleo.

Los problemas del “patio trasero” no dan para dos crisis simultáneas diría un burócrata del edificio de la Secretaria de Estado en la ciénaga trumpiana del Washington de estos días.

Frente a este panorama desolador hay dos lecturas que recomiendo. Dos biografías no biográficas -clasificación curiosa con que se me ocurre denominarlas-, dos testimonios profundos, dolorosos, a ratos desgarradores y nada de autocomplacientes, donde autores del proceso político y revolucionario, escritores ambos, poeta una, vicepresidente de la Revolución el otro, nos cuentan su historia desde la toma del Palacio Presidencial y terminan fundiéndose, indefectiblemente en la decepción de la historia colectiva de la revolución y de una nación.

Por una parte, el fantástico libro de Gioconda Belli (Managua, 1948) “El país bajo mi piel: Memorias de Amor y de Guerra” (2010) y el absolutamente franco y doloroso libro “Adiós Muchachos” de Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), Vicepresidente de Nicaragua entre 1985 y 1990, candidato presidencial en 1996 representando al sugerente “Movimiento Renovador Sandinista” y Premio Cervantes 2017.

Ambos libros y autores tienen un hilo conductor común. Ambos crecieron en la Nicaragua de Somoza, ambos jóvenes y llenos de ilusiones a las que jamás han renunciado adhirieron a una causa donde amigos, parientes y tantos más dejaron sus vidas para dar paso, de una historia de heroísmo, a hundirse en el marasmo de la resistencia primero, de la corrupción y de la dictadura de Ortega más tarde. Ambos se desilusionan de Ortega, de sus esbirros, de su dictadura. Ninguno de los dos se desilusiona de haber entregado sus mejores años a la lucha por una Nicaragua libre. Ninguno a los sueños que les inspiraron con la inocencia de la primera hora y que resisten intactos y con fuerza por esa misma Nicaragua que 40 años después, pareciera haber vuelto como en un círculo, a la hora en que el actual también descorazonado Comandante Cero, Edén Pastora, asalta el Palacio somocista y vence al dictador dando inicio a la revolución.

Belli nos emociona con la belleza del amor y la revolución en los locos años de la Managua post revolucionaria, del amor incondicional a un amante, a un hombre que la ama con un amor por el que ambos pierden los estribos. Él muere en combate. Solo recuerda que el día que se enteró de la muerte del amante que más había amado, Sergio Ramírez (el mismo) la pasó a buscar para darle la mala noticia y ella perdida lloró desconsoladamente una tarde entera frente a su amigo que la cobijó, la entendió y no dijo una palabra, ni interpuso una palabra incomoda que no fueran los gestos comprensivos, serenos y cómplices ante ese amor prohibido de Belli.

Sergio Ramírez, por su parte nos cautiva con los entresijos del poder y el desmembramiento del proyecto original de la Revolución. Con la incapacidad de la izquierda por dar una conducción razonable y democrática al proceso. Luego nos relata la emergencia ante la posible invasión norteamericana anunciada antes del escándalo Irán-Contras de Reagan. Pero lo más bello del relato de Ramírez, son los amigos que quedaron y dieron lo mejor de sus vidas, además de sus-propias-vidas, ante un proyecto del cual, a él y a tantos Nicaragüenses les ha tocado desilusionarse para volver a pensar, que en éstos últimos meses, se puede desde las protestas de los estudiantes en Managua, Masatepe, Estelí y tantos bellos lugares bajo esos cielos únicos, volver a pensar 40 años después, que Nicaragua puede volver a ser libre, como una historia que no tiene fin, pero que tiene esa “ilusión infinita”.

Concluyo con Ramírez a inicios de los 2000 en Arlington y la conversación que tiene con Idalia la hija de Claudia. Idalia cerca ya de los 30 recuerda a su madre muerta, de la que solo tiene una foto de su cadáver que robó de su abuelo materno que la crio y que apareció en el diario el día que fue asesinada en la combate a la Contra.

Idalia pregunta a Sergio por su madre, de la que solo tiene una voz y vagos recuerdos, en la frontera con Costa Rica donde la llevaron sus abuelos para ver una vez a su madre. Al salir del restaurante aséptico donde se reúnen, Ramírez le pregunta a la hija que no conoció a su madre, si haría lo mismo que ella.

Al llegar a su departamento, Ramírez, anota la respuesta:

“Yo hubiera hecho lo mismo – me dijo sin pensarlo dos veces, las manos en los bolsillos del abrigo de lana. Lo hizo por impulso de su corazón, por su amor sin egoísmo, y puso el bienestar de los demás por encima de su propia vida. No importan los resultados, importa su ideal –sobre todo- agregó- en este tiempo sin ideales y me sonrió muy serena alejándose a la boca del metro”. Ramírez agrega: “Yo entonces pensé: suerte que la revolución sigue siendo un niño, que se te acerca y te sonríe con la misma sonrisa de Claudia, que es la misma sonrisa de Idalia.”

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