Juan Enrique Pi

Juan Enrique Pi

Abogado, 35 años, sudaca militante y entusiasta de la historia. Los fundamentalistas le dirán que soy un funcionario de la dictadura gay, pero solo quiero un país justo, donde podamos ser libres y vivir en paz.

La dirección de la violencia

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A raíz del mal llamado “boicot” a la PSU tuve varias discusiones con amigos, a los que quiero y con los que he estado muchas veces de acuerdo en diagnósticos y soluciones, respecto a la violencia. El primer punto en que –esta vez- no coincidimos fue sobre qué entendemos por ella, y si considerábamos o no que un grupo impidiera la aplicación de la PSU era una acción de esas características. Luego la discusión se centró en si definir como violencia el supuesto “boicot” era una criminalización de la protesta, lo que me parecía imposible porque no hay tipo penal que aplique, y porque no toda violencia es un delito, ya que ambas palabras no han sido sinónimos nunca.

Pero la discusión partió por una pregunta honesta que hice en Twitter, y que la sostengo (también honestamente) ahora: ¿qué va a pasar cuando otros grupos, con objetivos políticos que no compartimos, empiecen a usar la violencia como mecanismo para “boicotear” procesos, para invitar a la “reflexión” sobre determinados temas, o para, simplemente, mostrar un descontento respecto de una política pública que creen errada o innecesaria? Desde luego, en este punto me permito asumir que el mal llamado “boicot” sí fue un acto violento, como lo sostuve con mis amigos. ¿Qué vamos a decir? ¿Cuál será el argumento para rechazar acciones que se plantean con los mismos objetivos –o resultados- que hoy se celebran (denunciar una injusticia o invitar a la “reflexión”) cuando no se comparta la razón de fondo que las motivan? Porque lo que va a pasar es lo siguiente: también tendrán personas que los defiendan, también dirán que las acciones “les incomodan pero las valoran”, que “no comparten la forma, pero entienden el fondo”; sin embargo, lo harán empujando hacia una sociedad distinta a la que nosotros soñamos. ¿Qué diremos cuando eso ocurra? ¿Qué nos hace pensar que grupos de particulares no van a querer mañana invitar a tanta reflexión y denuncia usando la funa por motivos completamente contrarios a los nuestros? Nadie me respondió. Primero pensé que era ingenuidad de mis amigos, pero luego no pude evitar pensar que esa condescendencia, difusa en los límites de la legitimidad de la protesta, se debe a que comparten los objetivos políticos de fondo.

Esos objetivos yo también los comparto, pero no soporto la violencia. Me aterra, especialmente la de grupos de extrema derecha. No hablo ahora de la violencia de un golpe de Estado ni de violencia institucional, sino la de un puñado de personas que piensan que pueden recurrir a ella, sabiendo que habrá quienes los defiendan y validen, que dirán que las funas y “boicots” invitan a la reflexión. Pensé porqué a mis amigos no les aterraba. Pensé en la dirección de la violencia, especialmente de la ultraderecha, la de los grupos neonazis y de los fanáticos religiosos. La que nos apunta a nosotros, a los homosexuales, a las lesbianas, a las personas trans, a los inmigrantes, a los pueblos originarios, a los afrodescendientes. A aquellos que nuestra vida es un objetivo político para el fanatismo de derecha. Pensé en personas que no condenarían esa violencia, y por eso no me permito abrir esa puerta nunca, ni aun cuando sea funcional a razones que comparto: porque, finalmente, la dirección de la violencia del otro lado apunta directo hacia nosotros, hacia los mismos de siempre.

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