Felipe Vasquez

Felipe Vasquez

Penquista instalado en Santiago hace más de 15 años. Periodista de la U. de Concepción y Magister en Ciencia Política de la U. de Chile. Me he movido por el servicio público, como consultor estratégico, en el sector privado y el mundo de las ONG. Tuve la oportunidad de colaborar en la entonces Secocu del Gobierno del Presidente Lagos -que de hecho fue mi primer trabajo- y en la Secom de las dos administraciones de la Presidenta Bachelet. Además, como asesor de contenidos en el Ministerio del Interior, en el inicio del segundo mandato de la Mandataria. Cuando el Campanil gana, el ‘pan francés’ es más crujiente. Todo parte con Los Beatles.

La fábula del especulador

Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Érase una vez un hombre -hijo de un destacado servidor público falangista- que, al igual que sus cinco hermanos, recibió al nacer un don que lo hacía distinto. El mayor de los hombres, por ejemplo, recibió la virtud de la arrogancia; en tanto, al menor de los ‘machos’ se le concedió -algunos dicen- la de la música. A él –de profesión ingeniero comercial- le tocó el don de la especulación.

Desde muy joven hizo gala de sus dotes y empezó a usar su don de manera virtuosa y –digámoslo- exitosa. Las primeras aplicaciones las hizo en el mundo de los negocios. Rápidamente y de manera muy perspicaz, entre la década del 80 y del 90 principalmente, comenzó a amasar de manera directa la que se terminaría transformando en una de las mayores fortunas del país. No eligió particularmente el camino del emprendimiento y el de la creación de valor, para qué, si era poseedor de una virtud que pocos tenían. Así, optó por el de la especulación bursátil y empresarial, comprando y vendiendo papeles con singular éxito. Una de las transacciones que más rédito le dio –y por la que pasó más de un susto en Estados Unidos- fue la de una línea aérea que otrora había sido del Estado.

Siguiendo los caminos de su padre, también quiso incursionar en el mundo de servicio público y la política. Pero cuando vio que en el partido que su progenitor había ayudado a fundar no tenía espacio, pues había otros liderazgos de mayor peso, recordó su don. Apostó por un pequeño partido de derecha que estaba partiendo, heredero del Partido Nacional, y que apoyaba ciegamente la dictadura de Pinochet. Rápidamente se transformó en uno de los líderes juveniles de esta agrupación política, llegando a ser incluso su presidente. Su olfato le seguía dando buenos dividendos.

Es en este marco que realiza una de sus mayores apuestas en materia política. Cuando nadie en su sector, lógicamente, ´compraba acciones del No’ el ‘88, él –como buen especulador- apostó por esta opción, anotándose un notable triunfo personal, colocándolo hasta hoy en una estatura moral distinta del sector político que decidió abrazar oportunamente en los ’80. Aprovechándose de este sitial, llamó a sus correligionarios, a quienes les sigue pidiendo el voto, ‘cómplices pasivos’ de la dictadura de Pinochet. 

Los años pasaron y siguió cultivando el don de la especulación en materia política. Cuando para la presidencial de 2005 todos apostaban por Lavín para transformarse en el candidato de unidad de la derecha, que compitiera contra el creciente fenómeno Bachelet, de manera silenciosa levantó su candidatura, pasando a segunda vuelta –donde pierde- pero queda en la pole position del proceso 2010.     

Como Presidente de la República, en su primer mandato, apeló nuevamente a su don. Con la frialdad de un hombre que ha invertido millones de dólares en la bolsa, puso todo su capital político para rescatar a los mineros que estaban atrapados en San José. En una operación innegablemente exitosa, rescató con vida a los 33 mineros. El especulador volvía a hacerlo.

Ahora, no siempre se ha rodeado del éxito. El riesgo en la toma de decisiones a veces también trae fracasos y desaciertos, sobre todo cuando se juega al límite de lo ético y lo legal. Los casos del Banco de Talca, el mismo LAN con el regulador en EE.UU., la polémica de la Radio Kioto, son algunos ejemplos donde la decisión que ha tomado no ha sido la mejor. Fiel a su don, siempre ha tomado una opción, pero ha fallado, sin obtener los beneficios esperados. Caso emblemático es del Barrancones. Cuando creyó que al parar el proyecto con una simple llamada, usando sus influencias, se iba a llenar de gloria. El resultado fue muy distinto.

Pero algo pasó en este segundo gobierno. Quizás el don empezó a gastarse y la aversión al riesgo comenzó a crecer y crecer, al punto de transformarse en un inversor temeroso, inseguro e –incluso- inmóvil. Acostumbrados a ver un gobernante inquieto -a veces torpe incluso- en la toma apurada de decisiones, desde el Estallido Social que ese especulador ha ido desapareciendo. 

Me quiero detener entonces en el Plebiscito del 25 de octubre. Teniendo una segunda oportunidad histórica para nuevamente haber hecho gala de su don, el de la especulación, casi repitiéndose el mismo escenario en su sector que el del ’88, no ha sido capaz de tomar ninguna decisión. No estoy diciendo que opte por el Apruebo –como se hubiese esperado de alguien que se hace llamar demócrata-, me refiero a que tome una opción. La que sea. Que la defienda, la haga propia y explique por qué su administración cree que es el mejor camino para el país. Como se esperaría de cualquier estadista. En una decisión tan importante para el país, un jefe de Estado no puede ser neutral.

Pareciera ser que este especulador se congeló –o aterró- con las experiencias de Juan Manuel Santos, en Colombia y el Acuerdo por la Paz, y de James Cameron, con el Brexit, quienes terminaron perdiendo frente a la opción que tomaron en cada uno de esos referendos. Sin embargo, podría asegurar que los dos –si se viesen enfrentado a la misma decisión- tomarían la misma. Porque de eso se trata la política, de jugársela por convicciones y no solamente de comprar barato y vender caro.     

Más del autor

La hora de las regiones (o Santiago no es Chile)

Esta última semana quedó demostrado que a los actuales inquilinos de La Moneda les sigue acomodando más tomar las decisiones desde Santiago y aferrarse el mayor tiempo posible a concentrar al poder (como buenos herederos de la Constitución del 80, era que no.

No pisar el palito

Existen momentos en política en que los gustitos personales y partidistas deben dejarse de lado en pos de un bien superior. Hoy es uno de esos y la centroizquierda e izquierda lo saben.

Una elección no inclusiva

Escribo esta columna desde el total involucramiento con este tema. Acabo de iniciar –por segunda vez- un tratamiento médico de largo aliento que me ve a tener hospitalizado entre tres y cuatro meses. Es un hecho que no voy a poder ir a marcar Apruebo y Convención Constitucional el próximo 25 de octubre. En este momento, mi condición como ciudadano es la misma que la de una persona que ha sido condenada a una pena aflictiva.

Más para leer

Quién sabe, hay que preguntarle a Radomiro

Suscríbete a nuestro Newsletter

¡Mantente al día con las novedades de Entrepiso y suscríbete para que la información llegue directamente a tu correo electrónico!