Alejandra Jorquera

Alejandra Jorquera

Muy malcriada y muy fóbica. Sobrina no reconocida de Radomiro

La (falsa) paz

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Me gustan los ritos. No tengo claro a qué edad me convertí en una ritualista, pero algo me dice que fue  al cumplir los treinta. Antes me parecían necesarios porque tenía la convicción de que ordenaban la vida, ahora ya no tengo esa certeza; no sé si efectivamente sirven para demarcar hitos sociales o si son uno más de mis propios inventos para vivir la vida mejor.

Hay un rito, sin embargo, que dejó de gustarme hace años y que rehúyo con un poco de vergüenza porque me da miedo ser descubierta y lanzada como un bulto al infierno. Hablo del momento en que en la misa llega la hora de darse la paz. La paz de los católicos o de los que más de alguna vez nos hemos definido cobardemente en esa nebulosa rara llamada cristianos. O sea no somos, pero somos; creemos pero a nuestra manera y no vamos a misa salvo para los funerales, mientras le rezamos a todo lo que se mueve más allá de nosotros por si acaso.

Darse la paz debe ser la parte más generosa de la ceremonia religiosa, pero para una oportunista de la fe como yo, para una fóbica que decidió hace rato querer a los que quiere y no hacer méritos para ganarse el cariño  ajeno, ese momento puede llegar a ser un calvario. ¿Por qué tengo que abrazar a quien no conozco y desearle una paz que no va a obtener por más entusiasmo que le ponga a mi ofrenda? Y no es que no crea en la paz, es  que sé que con besos y apretones de manos no se consigue.

Como también sé que con estrategias publicitarias pro paz como la que el gobierno de Piñera pretende implementar, solo se le abultarán los bolsillos a la agencia que la llevará a cabo y punto. “Campaña por la paz” dicen que se llamará esta arremetida que parece intentar inocularnos la docilidad a punta de mensajes de buena crianza. La paz que buscará promover un gobierno que desde el 18 de octubre no ha dejado de violar los derechos humanos como no se había visto desde el retorno a la democracia. La falsa paz de Sebastián Piñera, el hombre que no aprendió que cuando se está en un hoyo lo que no hay que hacer es seguir cavando.

El remezón de estos dos últimos meses traspasó la calle y para mucha gente se convirtió en una suma de puntos de inflexión y de re-significar  desde qué lugar uno está dispuesto a pararse en la vida. Algunos han sentido la necesidad de volver a sus puntos de partida,  regresar a sus viejos barrios de siempre,  sentarse en la vereda sintiéndose protegidos por su propia historia, aunque en ella haya lamentos pasados y pocas certezas futuras. El retorno a lo primigenio, a ese útero imaginario que nos dice que todo va a estar bien a pesar de que sepamos que es mentira. A los viejos sitios donde se amó la vida, como cantaba Chavela Vargas.

Muchos lo hemos hecho desde la rabia, la pena o el estupor. Pero hemos vuelto sobre nuestras propias pisadas pidiéndole al asombro que no nos suelte  la mano nunca. Y en este recorrido personal y colectivo ha existido más honestidad que en cualquier discurso grandilocuente o retórica moralista. Mucha más verdad que en los análisis de analistas, porque aquí no se les da permiso a los que miden las variables y cuantifican costo versus beneficio,  ni mucho menos a los que se miran a sí mismos como los enviados de un mesías que solo les habla a ellos.

De este  proceso Piñera y su gobierno tampoco ha escapado y no reconocerlo sería seguir haciéndole guiños a la hipocresía social. Ellos también volvieron a sus instintos, a lo que siempre han sido: la casta frívola e indolente que se hace amiga de la mentira hasta construirla en su única verdad, el reino de la impunidad cobarde que mandó a hacerse trajes de demócratas y que no asume que afuera de sus guaridas hay gente que hace rato dejó de creerles sus Padresnuestros  y sus Ave Marías. Menos su perorata de paz cuando siguen creyendo en la guerra.

La paz se contigo, dice el cura, y con tu espíritu, responden los feligreses antes de abrazarse, mientras yo me escondo pensando en que la paz está entre los míos, en el silencio, en mis ritos pagano-cristianos, en mi perro que me persigue mientras camino por mi casa, en el marcador que dejo puesto en las páginas de un libro y en el cigarro que prendo cuando pienso en todo aquellas cosas de las cuales me estoy despidiendo.

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