Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

La Frontera de Posibilidades de la Historia

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Una de las primeras cosas que me enseñaron en los cursos de economía que hice en la universidad fue la Frontera de Posibilidades de Producción (FPP). La FPP es una representación que muestra las cantidades máximas de bienes y servicios que una economía es capaz de producir en un determinado período de tiempo a partir de los recursos y capacidades tecnológicas con las que se cuenta en ese momento.

Me acordé de la FPP cuando leí el debate entre Daniel Mansuy y Ricardo Lagos Escobar hace unos días en los medios. Mansuy en su columna “Mitterrand, Lagos y Nosotros” (El Mercurio, 19.01.20) se sorprendía de que Lagos, cuando promulgó las reformas constitucionales de 2005, dijera en su discurso que “por fin tenemos una Constitución democrática, acorde con el espíritu, con el alma de Chile” y que hoy el mismo Lagos señalara que esas reformas son insuficientes y que el país requiere de una nueva Constitución.

Esta discusión cabe en el marco de un fenómeno mayor: el anacronismo, que se ha venido convirtiendo en un deporte nacional. Los griegos tenían dos palabras para referirse al tiempo. El cronos, que es el tiempo que transcurre; y el Kairós, que es el tiempo propicio. Anacronismo quiere decir que algo está fuera de su tiempo. Buena parte de la crisis que se ha venido manifestando en el estallido y antes de él tiene un componente anacrónico. No en el fenómeno en si mismo, sino el juicio sobre los últimos treinta años de nuestra historia. Nos hemos vuelto campeones del anacronismo. Porque abundan los juicios sobre aspectos de nuestra historia a partir de categorías y de condiciones actuales.

Así como sería algo injusto -y un despropósito, por cierto- juzgar la capacidad de producción de una economía de hace 20 años a partir de los avances tecnológicos y del capital con los que contamos hoy, también es injusto juzgar la política y las políticas públicas de hace 20 o 30 años a partir de las condiciones actuales. Así como la FPP se puede desplazar hacia una mayor producción cuando se cuenta con mejoras tecnológicas, más capital y más o mejores trabajadores, también la política se puede desplazar hacia fronteras insospechadas cuando las condiciones de posibilidad se transforman.

El 2005 Lagos celebró las reformas a la Constitución porque estaba consciente, bien consciente, de que esas reformas constituían el límite de lo posible en ese momento. Era el límite que la negociación política con una derecha reaccionaria permitía. Si bien ya llevábamos 15 años desde el retorno a la democracia, la inamovilidad de los comandantes en jefe de las FFAA, los senadores designados, las atribuciones del COSENA, el sistema binominal, los quórums de aprobación y tantos otros resabios de la dictadura habían estado haciendo las veces de una camisa de fuerza.

Hay procesos que requieren tiempo, madurez, diálogo, negociación y pelea. Por eso que el problema no está, como sugiere Mansuy, en un conflicto en la inconsistencia entre las palabras y las acciones políticas, sino que el conflicto está en la frontera de las posibilidades históricas.

Si hoy miramos Quilicura, San Bernardo, La Pintana y Puente Alto es muy probable que nos resulte muy difícil entender por qué durante los ochenta, los noventa y parte de los dos mil se construyeran viviendas sociales con tan bajos estándares, tan lejos de las fuentes laborales y en barrios tan escasamente equipados. Si hoy el déficit habitacional bordea las 450 mil viviendas, hay que imaginarse lo que habrá sido el año noventa. Es probable que el problema habitacional tenga una fuerte raigambre ideológica -el precio de mercado del suelo-, pero es también entendible que el déficit habitacional era tan gigantesco que la meta era construir viviendas para descomprimir allegados y erradicar campamentos.  Ayudaría preguntarse qué habría hecho cada no si le hubiese tocado estar en el lugar de los que diseñaban las políticas, las ejecutaban y de quiénes tomaban las decisiones.

El Crédito con Aval del Estado (CAE) que hoy es un hijo del demonio -y con harta razón- en su momento permitió a muchas personas acceder a la universidad. Es probable que ese haya sido el único camino posible para muchas persones en ese contexto, que visto a la luz de las capacidades y avances actuales nos parece incomprensible.

Si hoy podemos proponer y discutir el matrimonio homosexual es porque ya se ganó la pelea a la derecha en la eliminación de la distinción entre hijos legítimos, ilegítimos y naturales, la eliminación del delito de sodomía, la ley de divorcio y el aborto en tres causales. Todos cambios que iban a llevar a Chile al despeñadero moral y a la destrucción de la familia.

Han debido pasar muchos años y muchas reformas para que hoy estén las condiciones para una nueva Constitución. Los cambios políticos son lentos, mucho más lentos de lo que quisiéramos, pero son los que, para bien y para mal, permite la frontera de posibilidades de la historia.  Es probable que, aunque lo haya deseado, Lagos jamás se habría imaginado el 2005 que estaríamos quince años después tan cerca de una asamblea constituyente.  Capaz que pensara que esas reformas eran lo posible. Y lo mejor que se podía alcanzar. ¿Se equivocó? La respuesta depende de cuán anacrónica es nuestra lectura de la historia.

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