Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

La hora del liderazgo

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Que vivimos tiempos excepcionales qué duda cabe.

Un tercio de la Humanidad ha debido guardar cuarentena por más de un mes. Desde algún mercado local en China, un virus letal y grave, que mata o deja graves secuelas pulmonares, se expandió por el mundo globalizado, montado en el cuerpo de millones de viajeros que, muchas veces sin saberlo, lo llevaron sobre aviones, buses, barcos, en un mundo interdependiente regando la peste como nunca antes.

La Humanidad jamás ha estado tan cerca entre sí, incluido el propio riesgo del contagio.

Los países han debido enfrentar con distintas medidas y muchas opiniones científicas contradictorias, un virus perfecto que aprovecha una larga incubación sin síntomas y se transmite en la característica más elemental del ser humano, su imposibilidad de estar solo, su inutilidad de resolver sin colaboración de otros y con otros, los problemas y desafíos que le aquejan: Tremenda paradoja, en tiempos en que pareciera que individualidad se impone como religión.

El virus aprovecha nuestro sentido gregario, y nos recuerda de pasada, la necesidad de resolver en sociedad y comunidad nuestros problemas.

Es nuestra capacidad de compartir, conversar, darnos cariño y expresarlo, lo que aprovecha para introducirse en nuestras células y reproducirse, he ahí también otra de las miles de ecuaciones del drama humano que ha significado este ataque silencioso e invisible que nos ha obligado a millones a resguardarnos del miedo, inmovilizados en nuestras cuevas modernas: El hogar, la familia nuclear, o lo que es aún más triste, la soledad, lejos de los que queremos volver a abrazar y no sabemos si podremos hacerlo.

Por ello, conceptos como la importancia de lo público, la inversión en ciencia y tecnología, la fundamental posición del Estado, de la salud pública y su debilitamiento paulatino, ha determinado un momento excepcional de la historia.

Pero esta historia pasará, sin lugar a dudas, y veremos cuanto de la excepcionalidad que no se observaba desde el Plan Marshall o las políticas del New Deal prevalecerán en el tiempo o olvidaremos todo nuevamente hasta un virus más letal que éste.

¿Seguiremos aplaudiendo por las noches a los héroes de la medicina pública y votaremos en las próximas elecciones a aquellos que debilitan la misma en base a transferencias al sector privado? ¿Nos acordaremos más allá de nuestros aplausos emocionados a la hora de ir a votar?

¿Se revalorizará lo público? ¿Se entenderá por fin que sin lo público en momentos excepcionales no se sale adelante? ¿Se entenderá, en Chile que lo ocurrido el 18 de octubre pasado, la explosión, el estallido, el malestar llegaron a un nivel de paroxismo inédito porque en 30 años, muchos no fuimos capaces de entender los miedos y la necesidad de reforzar –pese a los muchos esfuerzos- un Estado de Bienestar que asegure condiciones mínimas ya no solo frente a la normalidad, sino a la excepcionalidad?

A veces, tiendo a pensar que no se ha entendido nada, que lo ocurrido en octubre, no fue más que una excusa más para algunos, que amparada muchas veces en una violencia sin sentido, permitió a los mismos de siempre seguir justificando que el camino que llevábamos era el correcto y lo seguirá siendo.

La pandemia nos golpea en la cara, los próximos meses serán de desesperación para vastos segmentos de la sociedad, cundirá el miedo, pero pareciera que pocos lo ven, pocos lo entienden, y lo que es peor, algunos se dedican a violentar con acciones y palabras, aún más, un ambiente que ya era polarizado para demostrar que han entendido, poco o nada, y seguir, sin el más mínimo sentido de lógica abusando de la paciencia de los desesperados, que ven que su horizonte es aún más duro en lo que viene.

Pareciera que algunos disfrutaran tensando un elástico que ya demostró fisuras que llevaron a Chile a su más grave crisis institucional, hace solo meses, desde el retorno a la democracia.

Se divisa aún una lógica economicista brutal que sigue creyendo en la dualidad entre la necesidad desesperada por una economía que se estanca y el sálvese  y quien pueda y por salvar vidas.

Un importante analista y presidente de corredora de bolsa nacional que se define paradojalmente como católico y liberal (será en lo económico únicamente), señala hoy en un diario “no podemos parar la economía, habrá que correr ciertos riesgos y eso significa que habrá gente que tendrá que morir”. Tal cual, un “que mueran lo que tienen que morir” de un escéptico Boris Johnson que en estas horas yace intubado en un hospital de Londres contagiado del virus.

La locura de Bolsonaro, la frivolidad de Piñera paseándose por una plaza en plena cuarentena, no entendiendo el rol simbólico de su cargo, la sacralidad del mismo en el orden republicano.

Es el anuncio de la subida de planes de ISAPRES en medio de una pandemia, hecho que la Corte Suprema ha declarado al menos dos millones de veces como ilegal y arbitrario y que se celebra por el Gobierno como un éxito dando beneplácito simbólico a un hecho ilegal, telefonazo por medio, (como ha sucedido tantas veces a lo largo de los Piñeratos), porque el aumento de planes se producirá en noviembre. Muchas gracias, debiésemos decir los malagradecidos pensará alguno.

Es claro, ha sido también el liderazgo el que ha sido cuestionado en esta crisis mundial, puesto en duda, la credibilidad y el peso del líder es el tasado en los momentos más difíciles que enfrenta y probablemente enfrente la humanidad en los próximos años.

He observado, quizás como muchos, tres de los discursos más notables de esta crisis. El primero, el pronunciado por Emmanuel Macron, Presidente de Francia, el segundo por la Canciller alemana, Angela Merkel y el último, el mensaje dirigido por la Reina Isabel II al Reino Unido.

Recordé en los tres las palabras del Presidente Dwight Eisenhower: “La cualidad suprema del liderazgo, es la integridad”.

En los tres discursos hay puntos comunes, tanto en la forma de pronunciarlos, como en la profundidad del mensaje.

La cadencia tranquila del líder por entender que la transmisión de calma en tiempos tumultuosos se logra sin grandilocuencia, sino más bien con silencios, con respeto, con el corazón.

En todos, la sobriedad es un elemento de dicha calma común.

No sobran los adjetivos, las palabras, los distractivos, las banderas, fotografías, los escritorios y símbolos del poder que se exhiben como medallas o juguetes inútiles. –Menos es más-, los tres confían en la capacidad de un Estado para hacerse cargo de lo público en tiempos excepcionales, los tres líderes comprenden que solo la unidad, la disciplina y sobre todo, la comprensión inequívoca que un Jefe de Estado representa en la continuidad y la conjunción de la Nación es la tarea que los convoca, que los justifica en esta hora.

La sacralidad del símbolo democrático moderno, que es la Jefatura del Estado, comparece para salvar vidas, ayudar a los que no podrán salir solos de esto, pero por sobre todo, entender el rol que les cabe como líderes en una hora definitiva, en quizás la más difícil de todas las horas.

Todo tan lejos, de un intento de Presidente que pretende conseguir un autorretrato en una hora de profunda dificultad, no midiendo lo que representa –una vez más-, pero que en ese gesto trasunta el desnudo de su psiquis más latente, su incapacidad para entender lo que Merkel, Macron e Isabel II –con los que suele decir compartir amistad- comprenden y ejercen desde el inconsciente y la seguridad: La integridad del liderazgo.

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