Guillermo Moreno

Guillermo Moreno

Administrador Público de la Universidad Central. Asesor parlamentario de la bancada liberal. Coordinando voluntades para el Apruebo y la Convención Constitucional. 

“La izquierda radical”: el reclamo deshonesto de la derecha

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Hace unas semanas Ernesto Silva (UDI), en entrevista a El Mercurio, afirmó que “los liderazgos que creen en una socialdemocracia tendrán que salir del amedrentamiento”, lo propio hizo Gonzalo Müller en el programa Estado Nacional, al sostener que “se extraña la cultura socialdemócrata”. Ambas opiniones se enmarcan en la típica dialéctica que apela a una supuesta subordinación de lo que la derecha considera la “izquierda moderada” hacia una “izquierda extrema”.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Es genuina esta súbita preocupación de la derecha chilena por la presunta ausencia de un proyecto socialdemócrata?

La socialdemocracia, con sus diversas formas y variantes, se fundamenta en la promoción de un Estado garante de derechos sociales universales, en el marco de una forma distinta de administrar el capitalismo. Así, la evolución del concepto de ciudadanía, desde el reconocimiento de los derechos civiles y posteriormente de los derechos políticos, se consolida con la incorporación de derechos sociales que dieron forma al Estado de Bienestar.

Aquello generó un consenso que fue capaz de convocar a diferentes sectores de acuerdo a las condiciones políticas y económicas, desde programas keynesianos en el marco de la gran depresión, hasta proyectos que compatibilizaron los derechos sociales a economías que experimentaban el auge del mercado y el sector financiero.

La socialdemocracia moderna asume la importancia de la libertad económica y el rol de los agentes privados en ella. Pero al mismo tiempo aboga por mantener determinadas áreas de la vida al margen de la competencia y la lógica individual del progreso, construyendo fuertes sistemas de servicios públicos universales, a la luz de principios de seguridad social. Actualmente, esta combinación de derechos sociales, democracia y mercado, además de comprender la igualdad social como fundamento de la libertad, representa la base de un proyecto socialdemócrata del siglo XXI.

Por tanto, la socialdemocracia consiste en una tesis que entra en abierta contradicción con la matriz neoliberal de la derecha chilena que invoca permanentemente la doctrina del Estado mínimo y la máxima de “soluciones privadas para problemas públicos”. Este fanatismo fue llevado a la práctica instalando las dinámicas del mercado en la provisión de servicios públicos como la educación, el sistema de salud y las pensiones. Incluso, en una coyuntura tan excepcional como la pandemia, la derecha persiste en reivindicar dicho dogmatismo mediante políticas focalizadas de rescate a las familias. “No queremos que la gente dependa del Estado” aseguraba una diputada oficialista.

Si resulta incomprensible que desde la UDI declaren la necesidad de un proyecto socialdemócrata, es aún más ilógico el alegato de una oposición supuestamente radical. El discurso no es nuevo, ya recurrieron a éste durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, para oponerse a una batería de reformas orientadas al fortalecimiento de lo público y a mayores garantías sociales. Es decir, ya se opusieron a un gobierno moderado y de tendencia socialdemócrata, y con las mismas consignas y profecías del terror que difunden hoy.

¿No será que cierta derecha recurrirá siempre al mismo relato? Quizás es momento de que abran un debate más honesto, porque pareciera que la radicalidad está en aquellos sectores que niegan a ultranza cualquier transformación al modelo vigente.

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Así las cosas, la versión socialdemócrata de Joaquín Lavín está lejos de ser simplemente una apertura programática o una impúdica maniobra electoral, sino que es la patente renuncia a defender en la esfera pública el proyecto político de la derecha. Es el agotamiento de una visión de sociedad sometida a un nivel de impugnación y deslegitimación que la hace insostenible.

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