Milena Vodanovic

Milena Vodanovic

Periodista y magíster en gestión de negocios. Hace décadas trabajó en las revistas Apsi y Solidaridad y luego en Revista Paula, medio que dirigió entre 2007 y 2015. Actualmente ejerce como profesora universitaria en la UDP y la UAH; es miembro del directorio del medio de comunicación multiplataforma Pauta y consejera de Comunidad Mujer. En los últimos años ha iniciado un nuevo camino de exploración en la creatividad. Publicó el Libro La Vida a mano (Editorial Hueders, 2016), con dibujos, bordados y estampados de su autoría, y pasa muchas horas en su taller de ceramista, construyendo piezas utilitarias y escultóricas.

La Matrix: Sobre Las Tesis, el patriarcado, la paridad y empezar las cosas bien

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Tengo 57 años. Soy parte de una generación de mujeres, como lo fue la que me antecedió y también la que me precedió, que creció convencida de que algunas situaciones eran hechos de la causa, algo que era así, sin posibilidad de arreglo, un dato dado, como que el cielo es azul. Entre otras cosas, que si te subías a una micro atestada tenías que considerar la posibilidad casi segura de un “agarrón” y que a lo más que podías aspirar era a mirar feo al perpetrador o soltarle un garabato. Nadie te iba a defender, o muy rara vez, y el ofensor no se sentiría culpable. Generalmente, si era interpelado, solo se movía un poco más allá, con ojos amenazantes. Ocurría a cada rato. Uno quedaba un poco molesta, con rabia, con la sensación de ser o de estar sucia y, a veces, sobre todo si era de noche, con miedo. Con mucho miedo.

Si en una reunión social le preguntas a un grupo de chilenas mayor de 30 años, de cualquier segmento social, si alguna vez le pegaron un agarrón en una micro, te sorprenderías. Todas, o casi todas te contestarán que sí.

Ningún hombre conoce ni conoció esa experiencia.

Pasan y pasaron cosas mucho peores, por cierto: en los campos chilenos de los 60 y 70 el incesto era cosa frecuente. A fines de los 90, cuando nadie hablaba todavía de abuso sexual, escribí un reportaje para Revista Paula. Visité una hospedería para madres adolescentes en Talca. En el 80 % el de los casos el padre del niño que llevaban en sus vientres era hijo de su padrastro, de su tío, de su abuelo, incluso de su padre. La realidad me golpeó como una bofetada.

Ahora todo eso se sabe y, mejor todavía, se considera inaceptable. Aunque sigue ocurriendo, porque el alma humana es feroz en su capacidad de abuso, daño y desprecio.

Por eso hay que auscultarla y vigilarla. Tenerla cortita.

De eso se trata el contrato social. Un consenso de lo aceptable y lo inaceptable en la convivencia colectiva. Y las leyes son su reflejo. Y cambian, según ese consenso se va modificando.

Por eso mirar hacia atrás, al silencio que existió y a la normalización de una violencia de género arrastrada a través de los siglos, ayuda a comprender el momento presente. Y a entender, por ejemplo, por qué ha sido tan masivo, global y bienvenido el fenómeno de @lastesis y por qué las mujeres del mundo, de todas las edades y condiciones sociales, se suman entusiasmadas al grito de “el violador eres tú”, deseando desesperadamente que no se nos olvide y que podamos “ver”, detrás de esa banda negra que nos bloquea la mirada,  cómo funciona el contexto patriarcal en que se desenvuelven nuestras vidas. Que lo veamos de una buena vez. Porque si no lo vemos, jamás lo podremos cambiar.

Hace algunos años, la bióloga, conservacionista y feminista Bárbara Saavedra, directora para Chile de la Wildlife Conservation Society, me explicó el concepto de “la Matrix”. Uno anda por la vida feliz convencida, como mi generación, de que las cosas “son así”, hasta que se da cuenta, como en la película La matrix, y también como esa otra más terrible aún que se llama The Truman Show, que uno no es tan libre como imagina porque sus movimientos, sus decisiones, su manera de impulsar la vida se desenvuelven en un contexto dado, un modo de comprensión, un entramado social construido por un grupo dominante que pone límites, define, moldea, establece lo correcto e incorrecto y estructura de una determinada manera. Uno vive ahí, entregando su vida al sistema, feliz, sin ver el entramado, hasta que de repente algo pasa y “despierta”: ve la Matrix.

Bárbara se refería, en concreto, la Matrix patriarcal. Esa que ha relegado a las mujeres a un segundo plano en la esfera social desde que las huestes guerreras arias invadieron a las sociedades agrarias europeas hace una infinidad de años, imponiendo su sistema de creencias y sustituyendo los principios de colaboración por los de dominación y un largo etcétera con el que no voy a dar la lata acá. Una matrix que solo se ha sofisticado y perfeccionado a lo largo de los siglos de existencia de esta cultura occidental -y también ocurre en la oriental- amén.

Una matrix que entonces, en 2016, pese a haber dirigido por años una revista de mujeres, pese a considerarme una liberal, pese a ser la cuarta generación de mujeres trabajadoras en mi linaje materno -o quizás por eso mismo-  yo todavía no veía con claridad.

No es cómodo para nadie darse cuenta de que pertenece a una clase oprimida. Quizás ahí está una de las razones, y no solo producto del sometimiento adquirido y aprendido, por la que a  las mujeres, y sobre todo a aquellas con formación y privilegios, les ha costado tanto subirse al carro de sus reivindicaciones.

Entonces agucé la mirada. Y la vi: La Matrix patriarcal. Poco después tuve a mi cargo la edición del imprescindible libro #lasniñaspueden de Comunidad Mujer (2018), y el conjunto de cifras indesmentibles de exclusión y discriminación con que tuve que vémelas sólo me lo confirmó.

Y leí: a Mary Beard, a Chimanda Ngozi Adichie, a Virginie Despentes. Tengo pendiente a Angela Davis, a Rita Sagato, a Judith Butler, a… ¡Es tanta literatura y somos demasiadas las mujeres formadas y con posgrado, como yo, que apenas nos hemos asomado a ella! Dejo acá el mea culpa y lanzo a quien le calce el guante del duelo pendiente.

El hecho es que desde entonces, sin ambages, sin “peros”, sin “explicaciones” me declaro feminista. Es decir, una persona consciente de la Matrix y que quiere modificarla a favor de una justicia para las mujeres y para los hombres, porque la Matrix patriarcal es un sistema de dominación y de violencia que nos hace daño a todos por igual. Y que se une, claro, a otras matrix que también he aprendido a ver: la Católica, la Capitalista, la Extractivista, la de la Industria de la Carne… uff.

Vivimos en “verdades” que son apenas construcciones.

Cuando se ven las matrix lo primero que aparece es la angustia, porque nos damos cuenta de que estamos dentro de unas cajas, encerrados, sin horizontes; que nuestro “ser”, nuestra “identidad”, es el mero resultado del modo de comprender el mundo de la etapa histórica que nos tocó, como tan ciertamente señala la teoría del framing, cuyo exponente más conocido, desde la lingüística cognitiva, es George Lakoff, y que de algún modo ha recogido Yuval Noah Harari en alguno de sus best sellers, ya no me acuerdo en cuál. Pensamos como pensamos porque el encuadre nos lo dicta así; tal como algunos apoyaron la esclavitud porque en su época aquello era “normal” o discutieron apasionadamente, sin siquiera atisbar lo aberrante del debate, si los indios tenían alma, o no.

Pero cuando vemos las matrix también se abre la puerta de la libertad y el cambio porque, como ya dijo Platón hace una eternidad, pegarse el alcachofazo de que lo que pispamos en la caverna es solo una sombra y no la realidad, debiera constituir un principio para la toma de conciencia y la transformación.

Se ha dicho de @las tesis que su discurso es violento, que son excluyentes porque no participan hombres, que interpelan solo al Estado y no al mundo privado. Se han dicho muchas cosas para ningunear su coreografía anti-ninguneo.

Y deben resultar muy inquietantes, si la intelectualidad conservadora, bajo la pluma de Daniel Mansuy, entre otros, salió tan rápidamente a descalificarlas, poniendo el énfasis en el peligro de victimización que encerraría esta performance, más que en su fuerza visibilizadora y su llamado al “basta ya”. 

Yo rescato de @las tesis su capacidad lúcida de dar vuelta la comprensión de las cosas, de quitar de en medio la venda que normaliza lo violento, de gritar que hay un segmento de la población, la mitad más uno, sin ir más lejos, el 51 por ciento, que vive, crece y se desarrolla en un contexto de desventaja y pata encima.

Viene la #nueva constitución. No hay ninguna razón que justifique, ahora que nos estamos quitando esta venda de los ojos, que no sea paritaria. Partamos bien. #paridad ahora. O no habremos  entendido nada de nada. Y, ay,  lloraremos las consecuencias.

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