Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

La Nueva Moral(ina)

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Hace un par de semanas me invitaron a una comida. El dueño de casa que hizo la invitación nos dijo que no era necesario aportar con nada. En la comida había una mujer joven feminista y animalista. Crítica del sistema y la cultura patriarcal, crítica del modelo. Tenía un discurso moral y político duro, sin ambages, claro, un poco omnipotente. Separaba el mundo entre buenos y malos. Los malos eran las personas vinculadas a las instituciones. Los buenos eran los que estaban en la calle, los jóvenes, los que están en la “primera línea”, los que ven los que otros no ven y hacen lo que otros no hacen.

Una cosa me sorprendió. Aunque no era necesario aportar con nada para la comida, una persona de cuarentaitantos llevó unos tragos para compartir y que todos disfrutamos. A la joven, en cambio, me la encontré en la cocina. Llevaba una bolsita. De ella sacó unos ingredientes y se preparó una michelada individual y se incorporó al grupo. Se la tomó sola. Luego repitió el rito un par de veces más. No la compartió con nadie. Mientras tanto, en la conversación, seguía criticando el neoliberalismo, el mercado, las instituciones, a los parlamentarios, a los que comíamos carne y al machismo. Al terminar la comida, varios ayudaron a levantar la mesa, ordenar y lavar los platos. La joven se tuvo que ir. Sus botellas y las cáscaras de los limones que había exprimido quedaron regadas por la cocina.

Mientras la escuchaba hablar me acordaba de la iglesia católica. De los tiempos en que muchas de sus autoridades predicaban su moral sexual mientras los chilenos la escuchábamos. Me acordé de obispos criticando la nueva ley de filiación, la ley de divorcio, la ley de aborto en tres causales. Me acordé de la condena permanente al ejercicio de la homosexualidad como algo contrario a la naturaleza humana. Me acordé de toda esa moralina. De toda esa hipocresía. De ese deseo de controlar la vida de otros mientras apenas se puede con las contradicciones de la propia.

Y pensé en cómo el lugar que dejó vacío la iglesia en el escrutinio de las vidas privadas ajenas -mientras la propia estaba podrida- ha sido ocupado por nuevos predicadores. Por nuevas moralinas. Por nuevos padres Gatica.  Me acordé de Manes, heredero de los gnósticos dualistas, que en el siglo III fundó esa doctrina religiosa neoplatónica que conocemos como maniqueísmo. Esos iluminados célibes y vegetarianos que creían que el mundo era una lucha eterna entre dos principios opuestos: el bien y el mal. Sin grises, sin matices, sin entremedios, sin amarillos.

Me di cuenta también que no era fácil estar en desacuerdo con ella. Que hay ciertas cosas con las que no se puede disentir. Que no se pueden desafiar. Hay en el ecosistema hipermoderno una sensación o sentimiento no elaborado, acrítico, no discernido, pero que todos habitamos. Algo así como lo que viene de la calle es bueno y lo que viene de las instituciones es malo. Algo así como que la crítica juvenil al establishment es buena y los que están sosteniendo las instituciones democráticas que nos permiten convivir sin matarnos son los malos.

Es el peligro de las revoluciones. Que sustituyen un régimen autoritario por otro igual o peor. Dominado por la verdad. Es el peligro que representan esas personas amenazando con una guillotina de utilería a parlamentarios que habían votado de una manera que no esperaban, ni toleraban y que por eso se merecían una funa.

Aunque a veces he pensado -y de eso escribí hace unas semanas- que el movimiento social está trayendo de vuelta la comunidad, también pienso que lo que vemos en la calle no es comunitario sino una suma de individualidades. Donde lo colectivo es una emoción. La de no estar solo. La de que hay algo que sobrepasa al individuo.  A veces pienso que es la suma de luchas individuales, fragmentadas, dispersas. Luchas arraigadas y fundadas en las heridas que cada uno tiene. Las heridas que ha dejado la vida, la exclusión, la soledad, la pobreza o la violencia.

Vemos una nueva ética que quiere emerger. La ética del reconocimiento, la ética de la libertad igualitaria, la ética de la autenticidad. Una ética deseable. Una ética de la justicia y la reparación. La más bella expresión de esa ética ha sido una que se ha vuelto universal. La acabo de ver en un video resumen que muestra mujeres performando Lastesis en portugués de Brasil y de Mozambique, en árabe, francés, italiano, suajili, inglés keniata, español y en varios otros idiomas.

Pero también asistimos a otra moral. Una autoritaria, no representativa, antidemocracia, agresiva e intolerante. Una ética indeseable. Una de sus expresiones la vimos el miércoles en ese puñado de personas que ingresó a la fuerza al hemiciclo de la Cámara mientras se discutía la reforma a la Constitución. Una expresión antidemocrática que para muchos no tiene nada de reprochable. No hubo ahí ningún arrebato, ningún abuso, ningún atropello de las instituciones.

Hay una definición bonita de cinismo. No la que se refiere a una actitud de una persona que miente o que es deshonesta, tampoco la de no creer en la sinceridad o la bondad humana, sino la de ser consciente de la fragilidad de las propias convicciones. Es el cinismo del que duda, anda a tientas, sabe que no sabe, se mueve con humildad y condena poco.

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