Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

La pelea incómoda

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Se han generado varias discusiones en torno a Greta Thunberg y puede que se nos esté olvidando la que es más importante. Algunos no han encontrado nada mejor que salir a criticarla a ella o, pero aún, a ironizar con su personaje, como lo hizo Donald Trump. Le han echado en cara que sus papás la manipulan, que la izquierda la usa, que es muy rubia, muy sueca, que es histérica. Rebatir esas opiniones es una reacción natural, pero debiéramos ser conscientes de que trenzarse a polemizar con los detractores de Greta es demasiado cómodo, y puede ser una forma indolora y glamorosa de eludir lo que realmente necesitamos discutir, que implica cambiar el tipo de desarrollo que hemos adoptado, el estilo de vida que llevamos y el perfil de los políticos que apoyamos.

Lo que la joven sueca está intentando poner en la agenda es un desafío mayor que no se enfrenta con pura buena voluntad. Habrá peleas que dar. Enfrentar en serio el cambio climático no depende solamente de que existan gobernantes decididos y corajudos, como Greta está exigiendo. Ese requisito es fundamental y ojalá sus palabras certeras, enojadas e impacientes le muevan el piso a muchos que le sacan el bulto a este tema. Greta ha elegido ese blanco y hace bien al poner allí su tiro, puesto que en sociedades democráticas nadie tiene más responsabilidad respecto al cambio climático que quienes han sido electos para asumir un rol de representación y liderazgo. Por eso ella se va a sentar viernes a viernes frente a parlamento sueco, no frente a la Volvo o la Shell. Sin embargo, asumir que la mayor responsabilidad está ahí no es lo mismo que suponer que ese es el mayor obstáculo. De hecho, es muy discutible que lo sea. El mayor obstáculo, me atrevo a sugerir, es la dificultad que tiene el ámbito político para construir una decisión amplia, profunda y de largo plazo sobre una agenda ambiciosa en materia de cambio climático. En Chile y en casi cualquier país del mundo, incluso si hubiera gobernantes decididos y corajudos, hábiles y decentes, alinear voluntades detrás de decisiones que requieren sacrificios, que implican cambios culturales, que dan frutos en el mediano plazo y costos en el corto, es una tarea titánica, tanto en materia climática como en cualquier otro tema. Ese tipo de desafíos han sido difíciles de enfrentar en todo tiempo, como lo demuestran tantos transes históricos en la incapacidad política de aunar voluntades impidió aprovecharon oportunidades o impedir calamidades. Hoy, con sistemas políticos cuestionados, que han perdido poder y que tienen al frente sociedades fragmentadas y exigentes, es aún más cuesta arriba.  

Si nos proponemos realmente enfrentar el cambio climático con la urgencia que está poniendo Greta, asumiendo que nuestra casa se está incendiando, necesitamos remangarnos y sacar músculo para enfrentar un trabajo arduo, que consiste en ponernos de acuerdo en decisiones que imponen cargas y sacrificios. La agenda que puede permitirnos reducir drásticamente las emisiones existe y es posible de llevar a cabo, pero implica esfuerzos de todos. Suponer que una política activa en materia de cambio climático tendrá como únicos interpelados a otros, que son más ricos, grandes y contaminantes, es engañarnos. Ciertamente, ellos tendrán la primera responsabilidad. Los países más ricos, que emitieron todo lo que quisieron para desarrollarse, deberán hacer un doble esfuerzo: bajar sus emisiones y aportar para que los que son más pobres, como Nigeria o Paraguay, puedan bajar las suyas sin sacrificar sus legítimas expectativas de progreso. Los países que son productores de energías fósiles tendrán los desafíos más apremiantes, y muchos de ellos no son especialmente ricos, como Ecuador, México o Brasil. Las empresas de los sectores de mayores emisiones deberán cambiar radicalmente sus modos de producción, no sólo las que producen energías sucias como las termoeléctricas sino también las que consumen mucha agua, las que degradan suelos, las que generan residuos contaminantes, las que promueven consumos pocos sostenibles: la minería, la agricultura, el sector forestal, la industria automotriz, la ganadería, las sanitarias, las inmobiliarias. Podemos suponer que esos cambios no nos afectarán porque no vivimos en un país rico, ni grande, ni petrolero, y porque no somos grandes empresarios. Sin embargo, para que todos esos cambios sucedan tenemos que cambiar nosotros también, no sólo en nuestros hábitos y consumos sino también en nuestros juicios políticos.

Lo que Greta está pidiendo es que los líderes del mundo se pongan de acuerdo para tomar las decisiones que hay que tomar. Si no lo hacen nos espera la catástrofe, pero si lo hacen nos espera un cambio profundo en nuestra forma de vivir. Seamos sinceros: no está para nada claro que los ciudadanos del mundo estén ávidos de tener esos líderes, listos para elegirlos y apoyarlos. Hay una Greta sentada frente el parlamento sueco, pero hay otra que está frente a nuestras casas y que no queremos ver. Lo que nos dice no es solamente que nos duchemos más corto y hagamos menos asado para el 18, lo que nos dice es que nos preparemos para darle apoyo a líderes que propongan decisiones difíciles: destinar recursos a investigación e innovación por sobre otras áreas que nos parecen más urgentes, priorizar el transporte público sobre el automóvil particular en las ciudades, subir las exigencias a la industria ganadera aunque ello implique encarecer la carne, sacar de circulación con medidas duras la leña de mala calidad, hacer parques sin pasto, encarecer las tarifas del agua, terminar con los vehículos diésel. Más allá de bajar emisiones, esa agenda puede traer innumerables ventajas, desde transportarnos más barato, valorizar la basura y alimentaremos mejor hasta tener un nuevo impulso al crecimiento de la mano de sectores como la energía solar o las baterías de litio, pero esas ventajas sólo se alcanzarán si nos decidimos a hacer cambios que sería más cómodo eludir. Los líderes que quieren subirse al carro de la victoria de la acción climática porque piensan que los espera un camino lleno de aplausos y selfies no aportarán mucho, pero tampoco lo harán los ciudadanos que creen que puede emocionarse con Greta y seguir votando a políticos que le hacen el quite a los debates difíciles, que nunca cuentan la firme, y que sólo tienen palabras para adular al público o plegarse a sus deseos. La política del cambio climático se parece a la que se hace antes de la guerra: los que se juegan por evitarla no agarran estatua, pero son mucho más importantes que los que se dejan llevar por el fragor de los odios que las encienden. En democracia no basta con tener líderes como los primeros, también se necesitan ciudadanos que los sepan identificar.  

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