Radomiro

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La pelota al piso

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Nos dirán amarillos como si fuese un insulto. Entreguistas, conniventes, cómplices. Pensarán que viven su propia dictadura en las ensoñaciones de no haber vivido siquiera un momento en una de verdad, esa que mata, tortura, desaparece y exilia. Usarán mucho para denostar la mesura, para tranquilizar las voces que claman el fin de todo sin pensar en mañana. Creerán que queremos ser cómplices de las gravísimas violaciones a los derechos humanos y que mantener a Piñera en La Moneda es perpetuarlas.

Por otro lado, un Gobierno incompetente y malagradecido dirá que la oposición es obstruccionista, cuando intenta, desde un sector, sostener la estantería que ellos todos los días se empecinan en patear como el matón del curso que acorralado dispara puñetazos donde caigan. Continuarán trabajando con la soberbia que los caracteriza, en la lona, intentarán convencernos como el rey desnudo que todo va bien, y luego la culpa será de quienes creemos en la resolución de los conflictos con el diálogo y sin la grandilocuencia de adjetivos vacíos que en nada contribuyen en una hora difícil. Porque si algo ocurre con el Gobierno de Piñera es la absoluta falta de competencia y la incapacidad o tentación que da el lanzar todo por la borda y pedir su cabeza, como si aquello calmase en algo las incapacidades del día siguiente, cuando su ministro del Interior deba continuar completando un período agónico y los problemas sean los mismos.

Unos pedirán acortar el período presidencial –como si fuese tan fácil y nuestro ordenamiento lo contemplara- y sin duda que ganas de sumarse no faltan.

Piñera es tal vez el Presidente chileno democráticamente electo, más incompetente, nefasto, falto de habilidad, tacto, mesura, sensatez y sobre todo humanidad que ha pasado en la historia reciente por el Palacio Presidencial.

En el siglo XX es una rara mezcla entre la inutilidad total de un Presidente como Ramón Barros Luco –que broma aparte, al menos nombre de sándwich dejó a la posteridad- y la frivolidad rayana en la miseria de Gabriel González Videla bailando mambo mientras perseguía a sus correligionarios tratando de congraciarse con la elite plutocrática del país.

A estas alturas Piñera no es más que un Presidente fantasma, que inventa pautas de prensa, que pide tiempo en la cancha haciendo como que manda y ya nadie –ni los suyos le creen-. Entonces nos preguntarán ¿Por qué seguir creyendo que no debe arrancar en un helicóptero como De la Rúa, o pedirle al Congreso que le pida la renuncia, en un país donde la posibilidad no existe en la práctica o nunca se ha producido si no es por medio de un Golpe de Estado?

La respuesta es simple y nos insultarán los cabezas caliente por ella, y el Gobierno, deslegitimado y prepotente como siempre no la valorará.

Porque lo que está en juego es más. Es nuestra historia y nuestra estabilidad, no como un dogma estúpido que se repite porque sí, sino porque hay un mañana, porque lo que está en juego no es la estabilidad, ni el riesgo país, lo que está en juego es algo más profundo y es el respeto por la democracia, por las reglas del juego que de romperse quiebran no solo la continuidad histórica, sino que dañan de manera permanente las instituciones hacia el futuro, algo en lo que parece pocos piensan en estas horas.

La respuesta no es para hoy, y quizás tampoco sea avizorada mañana. Piñera y los suyos intentaron sin contemplaciones parar cada uno de los avances sociales y culturales de los últimos 30 años, buscaron botar por la insidia y el control del poder económico y mediático a los Presidentes Aylwin, Lagos y Bachelet, lo intentaron y no es un misterio para nadie.

La pregunta que debe surgir desde la izquierda democrática es una ¿Cuánto sufrió Chile un quiebre institucional?

Porque seamos claros adelantar elecciones a través de proyectos de ley aprobados por espurias mayorías es solo una manera más sofisticada de horadar nuestra institucionalidad, es lo que criticamos en la Bolivia de Evo, en el Paraguay de Lugo, en el Brasil de Dilma o en el Perú de Vizcarra. Porque los principios democráticos no se defienden a veces, se defienden siempre y por convicción, ya que a través de ellos se constituye un precedente de la sociedad en la que queremos vivir, de las reglas del juego que no dependen de la indisponibilidad de un Gobierno, que hoy puede ser el del Piñera y mañana puede ser el de otro Presidente electo.

¿Significa aquello tolerar violaciones a los derechos humanos, la incapacidad y la lenidad de este Gobierno?

Por cierto que no, y existen mecanismos constitucionales y legales para de manera inteligente, y no atolondrada –haciendo que otro paguen el costo de las estridencias del día- buscar hacer oposición, perseguir responsabilidades de manera responsable, que sean la búsqueda de la verdad para las víctimas, y no un saludo a las cámaras, que una vez que se apaguen, abandone a aquellos que tanto han sufrido.

Actuar con unidad desde la izquierda es trabajar por mejorar las condiciones de vida de los chilenos, es afrontar con fuerza la pandemia, la recuperación económica con sentido de país, aunque a algunos no les guste, es trabajar por acuerdos, aunque el Gobierno trate de sacar mezquinas ventajas como suele hacerlo, porque lo que está en juego insistimos es la democracia, es el tipo de país que queremos construir, y por cierto es que cada vez que la inestabilidad, la incertidumbre la falta de capacidad para ponernos de acuerdo va más allá del grito o la cuña del día, los que sufren son millones de chilenos sin empleo, sin nada que llevar a sus casas para comer, y eso, no lo soluciona una renuncia, por el contrario, lo agudiza, y nos convierte en aquellos que llevan a la democracia por el camino fácil, por el atajo corto.

¿Impunidad? Jamás. ¿Mirar para el lado? Por ningún motivo. Dar la pelea con unidad por mejorar las condiciones de vida de millones dejó de depender de Piñera y su Gobierno hace mucho, creer que una renuncia o una destitución afiebrada por proyectos de ley solucionará el problema es no comprender que lo que nos jugamos en esta hora es un momento único que va más allá de Piñera y sus secuaces, es el futuro de la democracia, y por sobre todo, un momento constituyente que ante un escenario como el que se plantea se debilita, más aún con cantos de sirena que después de millones de votos intentan cambiar las reglas del juego en mitad de camino.

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