Pablo Morris

Pablo Morris

De profesión sociólogo. Me apasiona la investigación social, las políticas públicas y los temas laborales. Padre de una linda concertista de violín. También músico, escritor, maratonista y aprendiz de cocinero y jardinero. Soy chileno, migrante interno y externo. Optimista, quiero un país más justo igualitario y solidario, donde las personas puedan cumplir libremente sus sueños. Fui jefe del departamento de estudios de la Dirección del Trabajo y antes trabajé en SENCE, Asesorías para el Desarrollo, Fundación Chile y Fundación Chile 21.

La porfía de la dignidad

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¿De dónde surgió el estallido social de octubre del 2019? ¿Cómo es que Chile cambió de manera tan radical en un año? ¿Cuál es la explicación de que nuestro oasis haya sido asolado por una tormenta ciudadana aparentemente imprevisible e imprevista? ¿Qué fue lo que abrió camino a la elaboración colectiva de una nueva Constitución?

Hipótesis, explicaciones y debates públicos hay y seguirá habiendo muchos circulando. Desde el ámbito laboral en esta ocasión quisiera aportar con evidencia relativamente antigua, pero que muestra que mucho de lo que la gente exigió y exige, ya estaba hace tiempo presente como reclamo en distintas áreas de la sociedad.

Hace 18 años se publicó un documento con los resultados de un estudio cualitativo realizado para la Dirección del Trabajo sobre la ciudadanía laboral desde la perspectiva sindical. El objetivo del estudio era indagar en las transformaciones que estaban ocurriendo en el imaginario de los dirigentes sindicales con respecto a los derechos y deberes laborales considerados por ellos como los más importantes y que definían el campo de lo que consideraban entonces como legítimo e ilegítimo, válido e inválido, deseable y rechazable, orientando sus estrategias concretas de acción.

Uno de los principales hallazgos fue que, junto con el derecho a un salario justo y oportuno (reivindicación histórica que de hecho da origen a la existencia de los sindicatos), se mencionaba fuertemente como demanda el derecho de las y los trabajadores a recibir un trato digno. Esto resultaba interesante, porque no se trataba de una reivindicación económica inmediata, sino de una llamada de atención sobre el anhelo de nuevas formas de convivencia más equilibradas al interior de las empresas.

“Que me miren como una persona humana”. “A veces pasan por tu lado y es cómo si no te vieran, al trabajador lo tratan como cualquier cosa”. “Debieran tratarnos como personas, si somos todos iguales no esclavos obligados a quedarnos de ocho a ocho”. Esas son algunas de las opiniones literales que las personas entrevistadas manifestaban.

Traigo a colación esta investigación, a propósito de la palabra que hace un año se convirtió en concepto emblemático del estallido social: Dignidad. Si bien como causas estructurales de la movilización masiva estuvieron la desigualdad social y la desconfianza en las instituciones políticas, no es casual que la demanda central no se haya resumido como Libertad o Igualdad.

El resultado del plebiscito del 25 de octubre que dio inicio oficial al proceso constituyente con respaldo ciudadano abrumador, es una expresión en las urnas de la misma energía social que se expresó el año pasado en las calles del país. Pero lo cierto es que dicha energía y sus causas no eran nuevas y estaban circulando de manera dispersa por muchos intersticios de nuestra vida social cotidiana. Es de esperar que la nueva Constitución refleje esta demanda central, tal vez subjetiva, intangible o difícil de medir, pero que es eje central de lo que la ciudadanía está demandando.

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