Pia Lombardo

Pia Lombardo

Cientista Político de la Pontifica Universidad Católica de Chile, con estudios de postgrado en Relaciones Internacionales, Seguridad Global y Derecho Internacional. Académica del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile desde el año 2002. Internacionalista, con especial foco en Análisis de Política Exterior de América Latina y Resolución de Conflictos. Desempeño en gestión de internacionalización de la educación superior. Miembro de la International Studies Association.

La revolución de las preguntas: Mejores preguntas. Mejores respuestas.

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Los errores de diagnóstico en política pública, son más comunes de lo que se reconoce. Por eso, la importancia de saber distinguir cuál es exactamente el problema a atacar es un punto crítico para la definición de las herramientas que serán empleadas. Y en el diagnóstico, el rol de la pregunta es clave para organizar las ideas.

En la actualidad, los flujos de información abierta son de tal envergadura, que muchas veces las personas acuden a los medios buscando respuestas fáciles y rápidas. El rol de los medios como intermediarios en el proceso de la comunicación es tan importante, que determina el tipo de información que el público considera como respuesta a sus preguntas. Y aquí tenemos dos problemas graves: uno, que las preguntas de la población muchas veces no están claramente planteadas, y el otro, que las preguntas de los medios muchas veces buscan satisfacer la necesidad de inmediatez más que acertar en la esencia del problema.

Por otra parte existe la política pública, como instancia formal, qua ha de cumplir con determinado proceso. En éste, el diagnóstico es clave, y es aquí donde se formulan las preguntas que determinan el curso de acción. Este punto es válido tanto en tiempos de rutina como en tiempos de crisis. La diferencia en el segundo caso, es que en tiempos de crisis, el proceso se estresa, es decir, los tiempos de respuestas han de ser veloces, y la calidad de la información muchas veces es abiertamente mala o insuficiente, y el decisor ha de jugar con la incertidumbre. Aquí, el rol de las preguntas para determinar el diagnóstico es aún más importante.

En los últimos meses, hemos visto una serie de decisiones de política pública en relación al conflicto social que podríamos llamar deficientes o simplemente erradas. Una distinción básica en la resolución de conflictos violentos, ha de ser la identificación de la causa profunda que origina la violencia. En el caso reciente en Chile, y en particular en relación al 18/0, se requiere hacer esta distinción entre la causa aparente y la causa profunda. La causa aparente, fue el alza en el valor de los pasajes del metro lo que provocó la evasión masiva en el sistema de transporte público, mientras que la causa profunda era la demanda por mayor igualdad en derechos económicos y sociales. Esta desigualdad, causada por la implementación de un modelo neo liberal con bajo ajuste social, ha provocado exclusión y deficiencias serias en materias de previsión social, salud y educación. No me extenderé sobre este punto en particular, que ya ha sido latamente tratado por [email protected] colegas, pero sí enfatizaré la diferencia entre lo que se pensó era el problema el 18/O y lo que realmente yacía bajo la superficie de la acción colectiva social de desobediencia civil.

En cuanto a la identificación de la causa del conflicto en tiempos de crisis, el rol del diagnóstico es crítico. Tanto así, que muchas veces la respuesta aborda la causa aparente y no la profunda. Si le aplicamos los factores estresantes a la toma de decisiones antes mencionada, resulta aún más difícil lograr establecer en corto tiempo, un diagnóstico pertinente. Sin embargo, y en el caso aquí abordado, diversos estudios académicos venían planteando el problema de desigualdad, la exclusión y la creciente marginalidad social existente en Chile. Básicamente, estábamos sentados en un polvorín, y no nos habíamos dado cuenta (en términos de política pública, claro está).

Entonces, la acción desde la securitización de la demanda social continua respondiendo a la causa aparente y no a la causa profunda. He ahí donde es posible explicarse muchos anuncios y titulares de prensa, que parecen no dar con la respuesta “correcta”.

La respuesta no es “correcta”, porque las preguntas no han sido de buena calidad. Y tampoco existe una sola respuesta “correcta”. En esto hablamos de aproximaciones más certeras a problemas multidimensionales, y si bien resulta complejo abordarlos, es posible encontrar soluciones parciales que sean pertinentes y que ataquen el problema neural. En resumen, el diagnóstico es errado porque no se han formulado las preguntas para aclarar la causa profunda del conflicto. He aquí la importancia de las preguntas. Porque sin buenas preguntas, no habrán buenas respuestas.

Si no se sabe hacia dónde se dirigen las preguntas, no se sabrá dónde actuar y con qué. Si se asume que el caso reciente en Chile es un conflicto social, la identificación del o los sujetos a proteger, y los medios para protegerlos pueden dar un abanico de opciones. Si la pregunta es qué protegemos y la respuesta es la infraestructura de transporte, los medios para protegerla han sido policiales. Si la pregunta era qué protegemos y la respuesta fuera el individuo, los medios para proteger abarcan la política pública en todo su espectro y no los medios militares.

Y entonces, ¿cuál es el rol que le damos al proceso de hacernos preguntas de buena calidad hoy en día? Fácil. Ninguno.

En las ciencias exactas y en las ciencias sociales, el rol de la pregunta es clave. Tanto así, que determina causalmente el resultado y su validez. Igualmente sucede en la política pública. Las preguntas para identificar el problema, son claves en el diagnóstico, y en consecuencia, claves para su resolución.

El objetivo de esta columna, es hacernos reflexionar acerca del tiempo que nos tomamos y la calidad de la información que buscamos, para comprender la causa profunda de los problemas. Si no destinamos nuestro esfuerzo a formular buenas preguntas, no esperemos buenas respuestas. Y en consecuencia, si no buscamos la causa profunda, responderemos la mayor parte de las veces, a la causa aparente.

En medio del receso por vacaciones (aplicable para [email protected] y no para [email protected]), quizás encontremos tiempo para reflexionar acerca de nuestras preguntas. A ser inquisitivos, a cuestionar nuestras propias creencias, a desafiar nuestros valores, a ponerse en la vereda del frente y tratar de discutirnos. No seamos complacientes en esto, porque solo conduce a refugiarse en el propio sistema de creencias, a defenderse desde un rincón, y a la parcialidad en el diagnóstico del problema. Eso es lo que sucede en los totalitarismos extremos. Estamos en democracia, y nos corresponde darle el espacio que se merece al proceso de las preguntas, abriendo la mente y debatiendo.

Por eso, el rol de las universidades y los medios es tan importante en la socialización de un sistema de buenas preguntas. Tendemos a generar respuestas rápidas como cápsulas de salvación, en vez de fortalecer la estructura del sistema de preguntas. Y en eso nos estamos equivocando. En nuestro país, miramos en menos a las personas que plantean preguntas, tal como descalificamos a los niños cuando desde su proceso de comprender el mundo, hacen preguntas que nos parecen absurdas. Y no es así. Muchas veces las preguntas más simples o aquellas que parecen “tontas”, son las que dejan entrever la esencia de los problemas.

[email protected] lector(a), esta columna es una invitación para que se sume a la revolución de las preguntas. Exijamos, con buenas preguntas, mejores respuestas. Seamos parte de una cadena virtuosa, donde la academia, los medios, los privados y el Estado sean instancias reflexivas pertinentes para dar respuestas al Chile de hoy. Sin duda, un éxito en este plano conducirá en el largo plazo a un mejor país.

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