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La urgencia de un nuevo pacto social

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Imagen: Eduardo Vilches, pintor chileno

La pandemia ha dejado expuesta un conjunto de vulnerabilidades en nuestra sociedad, dejando a la vista la debilidad de nuestro Estado para enfrentar las crecientes demandas que se presentan, y los más tradicionales problemas como son la pobreza y la miseria, las cuales están más presentes que nunca. 

Las medidas de confinamiento han debido hacerse cargo de la precariedad del empleo, los problemas de acceso a los sistemas de salud, el hacinamiento en la manera en que viven miles de personas, la desigualdad en el acceso a la educación y las restricciones para acceder a la ayuda del Estado para quienes han decidido emprender. Tal asunto no es majadería, porque no es lo mismo la manera en que las autoridades, desde su perspectiva ideológica y política, responden a estos desafíos. Por estos días hemos visto como la autoridad ha propuesto una serie de iniciativas cuyo costo lo pagarán más temprano que tarde, finalmente, los trabajadores y los ciudadanos, con sus propios ingresos, ahorros o capacidades. Todo ello desafía, en muchos casos, el respeto a derechos fundamentales. Lo que queda en evidencia detrás del experimento antes mencionado es un Estado, que frente a una catástrofe no se hace cargo de sus ciudadanos por medio ayudas directas.

Es este el límite del modelo que quedó de manifiesto en octubre de 2019.  Lo que parecían intuiciones, transformadas en malestar y estallido, se han transformado en meses en la más palpable realidad del “sálvese quien pueda” de una sociedad individualista exacerbada por un modelo que poco le importa ir en rescate del más necesitado.

Chile se encuentra lejos de un Estado de Bienestar de corte socialdemócrata, y está muy lejos de poder ser capaz de asumir las demandas de una sociedad que requiere su presencia, especialmente en un momento único. 

Un Estado moderno de Bienestar no acude a medidas de caridad de corte asistencialista, que tanto gustan a la derecha política y económica, en la distribución, por ejemplo, de más de 2,5 millones de cajas de mercadería. No sólo se trata de una medida para lo cual, como ha quedado demostrado, no había suficiente logística, por ende, lo suficientemente ineficiente (sin contar con la serie de irregularidades que se investigan en la compra de los alimentos), cuyo efecto es realmente limitado, si consideramos, que es probable que nos encontremos meses en esta situación de emergencia sanitaria. 

En el otro lado de la moneda, tras una negociación muy difícil, frente a la ortodoxia neoliberal persistente del gobierno, se logró aprobar un marco fiscal de US$12 mil millones para poder instalar un plan de emergencia, ante la insistencia de parte importante de la oposición y pese a que, desplegando toda su mirada ideológica, varios actores de la derecha rechazaron, considerando que lo que no querían, tal como lo expresó una diputada del sector era “que la gente dependa del Estado” (curioso para alguien que recibe su dieta parlamentaria de esa fuente hace más de diez años).

Más que nunca ha quedado demostrado que no da lo mismo quien gobierne, y menos, la visión ideológica que se imponga en el curso de acción de las políticas públicas, porque ello determina, al final del día, quien pagará la cuenta de esta tragedia. Por ahora, es claro que serán los ciudadanos, los pobres, la clase media de profesionales golpeados por ésta crisis, sin ayudas directas en ausencia  de un Estado robusto y capaz de asistir a sus ciudadanos. 

Apuntar a construir un nuevo pacto social implica ponernos de acuerdo en una cuestión básica: las múltiples desigualdades que fueron denunciadas en el estallido social de octubre del año pasado, requieren como respuesta no sólo un conjunto de políticas públicas, sino que una redefinición del modelo de sociedad que queremos construir, porque de lo que se trata es generar un sistema que permita generar un piso de certeza para enfrentar no sólo las demandas propias de la vida, sino que proveer a los ciudadanos de un piso que les permita saber que en todo el ciclo de su vida, las personas contarán con un sistema de protección social que les permitirá, sin discriminación de ningún tipo, desarrollar sus capacidades y sus proyectos de vida, insertos en una comunidad política que les acoge con compromiso y corresponsabilidad. Este es el objetivo de un modelo de socialdemocracia que apuesta por la libertad del individuo, pero al mismo ofrece un Estado del Bienestar que es capaz de acoger, sostener y no dejar a la deriva a las personas frente a un momento de dificultad y crisis como el que vivimos hoy.

Después que todo esto pase, enfrentaremos uno de los mayores desafíos de nuestra historia, ser capaces de construir un nuevo pacto social, es de esperar que para esas alturas no tengamos duda que lo que estará al centro de construir un mejor modelo de sociedad, será resignificar el modelo de Estado y de democracia que queremos, porque de eso dependerá en bienestar de los ciudadanos en el sistema que juntos debemos construir en el futuro.

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