Sergio Espejo

Sergio Espejo

Abogado Universidad de Chile y Master en Políticas Públicas de la Universidad de Harvard. Ha sido Diputado, Ministro de Transportes y Telecomunicaciones y Superintendente de Electricidad y Combustibles. Enseña políticas públicas en la U. de Chile, integra el consejo académico asesor del programa de medio ambiente de la facultad de Derecho UC y es decano de Ciencias Jurídicas y Sociales de USEK. Abogado socio de Aylwin y Compañía y consultor internacional.

La vida no para, no espera, no avisa

Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

“Quien no lo sepa ya lo aprenderá de prisa, la vida no para, no espera, no avisa… Tantos planes, tantos planes, vueltos espuma… tu, por ejemplo, tan a tiempo y tan, inoportuna”. Así comienza una de mis canciones favoritas: “Inoportuna”, de Jorge Drexler.

Descontando el romance, qué buena manera de describir lo que ha ocurrido con el gobierno en primer lugar, pero con todo el sistema político sin duda. Cuando todo parecía cantado, cuando la pregunta más importante era cómo evitar que los candidatos presidenciales de Renovación Nacional echaran a perder la fiesta de Joaquín Lavín, y mientras la oposición seguía perdiendo el tiempo casi ya como una vocación, el país se encuentra con un movimiento social y político que simplemente desestructura los planes mejor construidos.

Cada uno tendrá una explicación sobre las causas de este movimiento. A mí me hacen sentido tres cosas. La primera, como señalara hace pocos días un viejo analista político, resulta evidente que Chile será mejor o peor pero ya no será igual. Hasta el presidente Piñera acaba de reconocerlo (le costó un poco). Yo estoy convencido que será mejor.

La segunda cuestión que me hace sentido es que, independientemente de la enorme cantidad de causas del malestar que hoy afloran, las que van desde el precio de los medicamentos a los cobros del Pato de Banco Estado, pasando por el monto de las pensiones y el valor del transporte, un amplio acuerdo se ha construido en la gran mayoría de los chilenos: Nuestro éxito ya no puede ser medido en unidades de producto interno bruto, sino que ha de incorporar sin tardanza unidades de bienestar, de justicia y de oportunidades distribuidas equitativamente.

La tercera, pero no por eso menos importante, es que este movimiento está lejos de ser una versión “tectónica” de la Teletón. Una cosa “como social”, neutra. Como bien ha señalado un socio de “entrepiso”, Gabriel Alemparte, estamos frente a un movimiento profundamente político. Un movimiento que aspira a modificar las reglas sobre las cuales se basa hoy nuestra convivencia, a alterar la forma en que distribuimos las oportunidades y las recompensas que finalmente provienen de recursos que nos son comunes, a barajar nuevamente el peso que otorgamos a la solidaridad, la justicia y la solidaridad en nuestro marco constitucional.

Así las cosas, el terreno se llenó de generales después de la batalla. No importa. “Tantos planes, tantos planes, vueltos espuma”. Lo importante ahora es iniciar este nuevo camino. Y con sinceridad, ¿podría alguien indicarnos con total claridad el camino?

Por mientras, sólo sugerencias que no aspiran más que a integrarse al diálogo colectivo.

Primero, el presidente debiera despedirse de la ilusión de creer que alguna vez ha constituido una mayoría efectiva. No olvidemos que (como Bachelet antes), su mayoría es sólo respecto de la pequeña porción de ciudadanos que decidieron votar. Atrás debe quedar su objetivo de cumplir el programa. Chile necesita, y la supervivencia del propio gobierno lo demanda, la capacidad de conectarse con una etapa completamente nueva.

La gran paradoja es que, si tiene alguna pretensión de proyectar a la derecha en el gobierno, el presidente no puede actuar dentro de los parámetros propios de la derecha.

Segundo, los próximos meses debieran dar vida a un escenario de diálogo social y político como no hemos vivido antes. Para eso el presidente necesita nuevo equipo y un ministro del interior con la capacidad de conducir ese diálogo. No hay vuelta. Una nueva constitución se vislumbra al final del camino. Nos dirán, por supuesto, que no está entre las prioridades ciudadanas que registran las encuestas. ¿Pero dónde más pueden plasmarse las reglas de convivencia que los chilenos parecen demandar si no es en la constitución?

Tercero, en el corto plazo la mesa debe ser servida de otra manera. Con todas las limitaciones que inevitablemente enfrentaremos, el gobierno y el parlamento deberán dar vida a medidas concretas de alivio para la población. Desde mi punto de vista ese mínimo está dado por las pensiones, el costo del transporte y el precio de los medicamentos. Habrán otras y diversas combinaciones. Pero no hay largo plazo si en el corto plazo no se actúa.

Cuarto, ¿y la oposición? Prefiero limitarme a señalar que el juicio de la historia será implacable con quienes no entiendan hoy su responsabilidad. La movilización de este viernes 25, completamente al margen de los liderazgos políticos, debiera dar una señal clara del poco espacio que la oposición tiene para demorar el convertirse en parte de la solución.

Mientras tanto, como termina Drexler “¿quién sabe cuándo, cuándo es el momento de decir: ahora? Si todo alrededor, te está gritando: ¡sin demora, sin demora!

Más del autor

Los Herejes

Quizás la futura constitución debiera ser eso: Un proyecto herético que, al margen de dogmas, frases hechas y vociferaciones enajenantes, rescata como proyecto común el valor profundo de cada existencia.

Con la brújula perdida

En vez de orientar las energías, siempre escasas, a la pedagogía constitucional y el esfuerzo de primer orden que requiere construir una nueva constitución, nuestros líderes optan por un ejercicio que tiene más de narcicismo que de política.

Terra Alta

Dice Melchor Marín, aprendizaje de su atormentada juventud, que una buena novela la hacen en partes iguales el autor y el lector. Pienso que es así. Terra Alta no es “Los Miserables” y Melchor Marín está lejos todavía de Salvo Montalbano y Kurt Wallander, por pensar en dos “grandes”, pero la historia es entretenida, está bien escrita y deja al lector con las ganas de encontrarse nuevamente con el protagonista.

Más para leer

La porfía de la dignidad

Uno de los principales hallazgos fue que, junto con el derecho a un salario justo y oportuno (reivindicación histórica que de hecho da origen a la existencia de los sindicatos), se mencionaba fuertemente como demanda el derecho de las y los trabajadores a recibir un trato digno.

Quién sabe, hay que preguntarle a Radomiro

Suscríbete a nuestro Newsletter

¡Mantente al día con las novedades de Entrepiso y suscríbete para que la información llegue directamente a tu correo electrónico!