Morgana Rodriguez

Morgana Rodriguez

(Febrero, 1972) Fragmentada no dispersa.

La voz de Angela

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En estos meses lentos en que se nos puso pausa justo cuando comenzábamos a imaginar una nueva cohesión social; como nunca me he dedicado a escuchar. A escuchar de todo. Desde habituales programas de radio hasta bizarros canales y podcast de los más diversos temas mientras cocino. Desde colegas reunidos en torno a propuestas y a la familia que se agrupa en una video llamada. Me ha gustado escuchar. Escucho incluso lo que leo cuando en voz alta le pongo voces a los diálogos, como lo hacen los profesionales de los audiolibros. En los mensajes divertidos y a veces desesperanzados de los chat de amigos escucho sus tonos de voz, sus cadencias. A veces aquí, y no en sus palabras, es que descubro las penas más profundas o puedo ver si la risa es genuina o esconde una suave pestaña de melancolía.

Tengo la fortuna de hablar seguido por teléfono con mi padre y reconfortarme con su voz a pesar de que, como muchos, no nos vemos desde el inicio de marzo. Esta vez decidí transcribir parte de la conversación, más bien registré una pequeña historia que decidió compartir conmigo a propósito de la muerte de Ángela Jeria.

“En Enero de 1975 estuve secuestrado por la DINA durante una semana en un lugar que después, ya en el exilio, supe que era Villa Grimaldi.

Los prisioneros permanecíamos encerrados en grupos de cuatro en cubículos de un metro cuadrado desde donde escuchábamos, día y noche, retazos de los interrogatorios, las amenazas y los gritos ahogados de las torturas.

Un día corrió la voz que venía la viuda del General Bachelet, se rumoreaba que venía acompañada de su hija. Llegó de noche. En la casona se hizo el silencio por orden y amenaza: el militar a cargo había llegado. Desde nuestros encierros escuchamos a un desafiante militar, enfrentando a una mujer digna y entera que trasmitía coraje, dolor y valentía.

No he guardado sus palabras, pero sí el tono de su voz, su lucidez, su fuerza y su serenidad. Ella nunca lo supo pero para los que estábamos sin estarlo fue una luz de fuerza y esperanza en medio de la angustia. Hoy puedo contarlo, pero no mis tres compañeros que están desaparecidos. Estoy seguro que la cadencia de su tono de voz los ayudó a enfrentar lo que ya estaba resuelto.”

Después de transcribir ese relato y como sucede ante las noticias importantes, varias conversaciones giraron en torno al mismo tema. Por eso no me extrañó que un querido amigo también decidiera compartir una breve historia de Ángela Jeria, que reparaba en la misma característica, aunque desde una fuente y una mirada diferente. Transcribo aquí lo que me contó:

“Por unos años fui pareja de una mujer cuya madre estuvo un tiempo largo en Villa Grimaldi. Su recuerdo de Ángela Jeria era igualmente emocionante, pero más punk. Nos contaba que era severa con los militares ‘ustedes quiénes son como para interrogarme’, les decía. A los detenidos que escuchaban esa voz firme les daba un gran sentido de dignidad y fuerza. Se comentaba que era muy elegante y ella lo hacía notar. Como era una mujer mayor los militares rasos se apocaban, la trataban de usted y Ángela Jeria se reía de eso con sus compañeras ilegalmente detenidas. La madre de mi novia recuerda que esa seguridad en el tono y esas risas cómplices eran muy importantes para ellas, las hacía sentir fuertes y cada una quedaba con una breve sensación de tranquilidad.”

Escuchar es un acto muy completo en el cual las palabras con su significado son tan solo una parte. Es justamente en tiempos inciertos que la voz trasciende el límite de las palabras. Pienso en nuestro país confinado sin posibilidad de llorar a sus muertos, pienso en el duelo interrumpido y en la cantidad de conversaciones que se sostienen para evitar hablar de la muerte o del miedo y la pena. Cuando pienso en ello no puedo evitar recordar el tono y la cadencia de una voz, como en estas características se puede transmitir entereza, como en el aplomo de una voz se puede transmitir seguridad, como aquello que llamamos dignidad también puede ser transmitido por la voz que en su tono de respeto reconoce al otro.

Dicen que la voz humana activa selectivamente un conjunto específico de neuronas con sonidos vocales independientemente de que contengan o no información semántica. La voz humana es el sonido más importante de nuestro entorno y, posiblemente, el que más escuchemos a lo largo de nuestra vida.

Mi padre agradece a la voz de Ángela Jeria. Ni el ni sus compañeros detenidos en la misma celda la vieron, pero fue el tono en su voz lo que los sostuvo quizás igual que a esas mujeres que rieron con ella en Villa Grimaldi.

En tiempos oscuros necesitamos que la voz y las voces puedan asumir esa otra función que está más allá de las palabras. Es ahí donde podremos quizás encontrar esperanza.

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